De vidas y biografías

Una buena biografía exige documentación novedosa, pero también un esfuerzo de selección e interpretación. Pese a sus muchos méritos, la reciente biografía de Juan Marsé no alcanza ese equilibrio. 
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La insatisfacción frustrante y la adicción irreprimible de la lectura están en el origen de este comentario a la obra de Josep Maria Cuenca sobre Juan Marsé, Mientras llega la felicidad. Vaya por delante que creo que es una biografía fallida y es a la vez una biografía insustituible, y ese es el origen de mi desazón como biógrafo pero también como historiador cultural, crítico literario y sobre todo como lector sin más. Demasiadas decisiones estructurales y de formato hacen encallar al libro por ausencia de un criterio selectivo y jerárquico de la información. Incluso da la sensación de que la apabullante bibliografía final tiene más función de blindaje compacto que de auténtico registro de fuentes secundarias para la elaboración de un relato que abarca múltiples momentos de la historia cultural reciente y numerosas instituciones literarias, revistas, editoriales o autores que comparecen sin colchón crítico, sin contexto comprensivo y aun sin extraer de cada uno de esos elementos el significado que pudieron tener en la vida de Marsé (y en la hechura de sus novelas).

Y sin embargo sigue siendo este libro larguísimo un libro necesario porque, pese a que el lector siente que no está acabado, que necesita una reescritura integral, contiene sobradamente los ingredientes para serlo. Pero lo que no ha hecho el autor a duras penas lo puede hacer el lector por su cuenta. En los últimos treinta o cuarenta años hemos empezado a disponer de modelos dispares de biografías porque ha crecido sustancialmente su número y calidad. La proliferación de buenas biografías ha instalado la conciencia tácita de una ley invariable, y esa ley consiste en que no hay ley alguna para escribir biografías, incluso buenas biografías. Para saberlo basta con reunir algunas decenas de ellas –sobre todo obra de historiadores y filólogos profesionales– y comprobar que las razones de su valor son muy dispares. A veces lo son por la rara calidad del biógrafo y menos por la relevancia del biografiado, y a veces lo son paradójicamente a pesar del biógrafo. En alguna medida, además, la escritura secundaria, el ensayo ceñido a la historia, la crítica cultural y la biografía, ha vivido a su propia escala una forma de libertad literaria emparentable con la que asignamos espontáneamente al narrador, al poeta, al dramaturgo o al ensayista (que a su vez, y con frecuencia, son libérrimos biógrafos). Las letras españolas (y catalanas) en la larguísima democracia han exhibido esa nueva única ley sin reservas y con una expresividad desacomplejada. No hay modelo unívoco porque hay muchos modelos posibles nacionales y extranjeros y no hay requisitos prefijados al margen de los que determina el propio biógrafo: su modo de biografiar es a menudo el autorretrato del biógrafo o cuando menos de su concepción de la biografía como modalidad ensayística. Pero, vistas a la distancia, quizá puede extraerse alguna propuesta general. Las mejores basculan entre dos polos: unas propenden a someterse a la documentación inédita y erudita y otras, en cambio, subsumen e integran la documentación en la urdimbre de un relato interpretativo, del retrato cambiante y en marcha de un personaje que vive su vida y vive las de los demás.

Por eso empieza a ser fácil identificar poéticas de la biografía en marcha que no siempre cuajan en buenas biografías y sin embargo logran engrosar de modo fundamental la información disponible sobre el biografiado y a menudo, y muy fundamentalmente, sobre su época y su entorno. Es el caso de la biografía de Josep Maria Cuenca en torno a Juan Marsé. A pesar de ser insatisfactoria es también insustituible, decía antes, y no únicamente en lo que atañe a la vida de Juan Marsé sino en torno al mundo que Marsé ha habitado. Su mayor virtud en este sentido es la alergia a cualquier forma de mitificación o de sacralización del oficio de la escritura de novelas y de la vida de los poetas y novelistas. Incluida la del propio Juan Marsé. El caso de Cuenca, sin embargo, es inequívocamente extremo en su opción por la biografía como archivo documental, como repositorio de documentos necesarios para comprender y valorar los tramos y las incidencias de una vida, sin que llegue a figurar en ella la síntesis madurada y compleja del personaje, tensada por las continuidades y pautada por las rupturas o inflexiones interiores y exteriores.

Quizá por emplazarse en uno de los extremos de esa basculación, tanto sus lecturas de las novelas de Marsé como gran parte de sus apuntes u observaciones sobre su vida como articulista y colaborador de equipos en cine y en el entorno editorial carecen de la intención o el comentario que permita elevar el texto más allá del registro de una presencia, de un contacto o de una opinión. Las novelas aparecen antes resumidas que interpretadas y muchas de las revistas, editoriales o autores mencionados lo son solo como figurantes sin grosor, sin intención o calado. Las fuentes de las que se ha nutrido Josep Maria Cuenca son vitales e indispensables: conversaciones muy ampliamente transcritas con Marsé y con muchos de los testigos de su biografía, familiares y profesionales, y sobre todo documentación privada en forma de cartas, de agendas, de diarios, infinidad de ellos inéditos y por tanto irreemplazables para el historiador o para el crítico cultural. Pero flota una y otra vez la ausencia de criterio para decisiones importantes e incluso para la contextualización suficiente de cada cosa y cada paso.

Si se dedica un amplio espacio a Por favor, justificadamente, parece necesario al menos dedicar uno mínimo a contar qué significa aparecer reseñado en Acento cultural, o que Rafael Conte elogie una novela, o que en El ciervo se preste atención a Marsé o qué es Ínsula para que sea tan importante publicar en ella, más allá del dato factual. Si Vázquez Montalbán entrevista al autor en 1960 para Solidaridad Nacional cabría esperar alguna cita explícita, como hace tantísimas veces con otras reseñas o entrevistas que reproduce fatigosamente en forma íntegra, sin editar, por decirlo así, y obviando a menudo muchas otras igual o más relevantes. Y lo mismo sucede con algunas cartas que vienen cortadas, aunque otras vienen íntegras, sin saber la razón de lo uno y de lo otro, y desde luego desactivando sin remedio la tensión del relato biográfico porque el a menudo extensísimo documento irrumpe e interrumpe durante mucho espacio la continuidad narrativa del texto. Y a la vez agradecemos leer en directo las cartas de la mili del joven Marsé en Ceuta, pero sin duda las agradeceríamos más integradas en el texto y vinculadas a un retrato en la continuidad cambiante del protagonista.

¿Por qué tantas reseñas reproducidas sobre una novela menor como El amante bilingüe (pero apenas de otras novelas, o incluso a veces evocando solo alguna muy marginal) y por qué la irritación contra el artículo de Vargas Llosa en torno a Últimas tardes con Teresa al no ser suficientemente elogioso? ¿Por qué la apología de Víctor Erice? A ratos da la sensación de que el libro cede al ajuste de cuentas sin venir a cuento o incluso desequilibrando en exceso una obra cuyas afortunadamente pocas afirmaciones rotundas aparecen a menudo dictadas por necesidades ajenas a la biografía: ¿es lógico discutir con Francisco Rico sobre si hay o no hay dos ediciones distintas de Si te dicen que caí cuando apenas se ha discutido con nadie sobre esta o aquella novela, cuando apenas comparece la bibliografía censada al final, invisible e inaudible en el desarrollo del libro? ¿Tiene sentido acudir a un largo párrafo de James Wood para defender la vigencia del realismo? ¿Tiene sentido dejar para el océano de notas la frase crucial de Francisco Umbral en torno a Marsé como “El Novelista”, cuando una y otra vez se evoca la acritud que usó Marsé contra la prosa sonajero? Cuando relata que una frase habitual del padre de Marsé era “hombres de hierro, forjados en tantas batallas…”, tan importante para las novelas de Marsé, ¿es lógico que vaya metida en una nota de la página 665, que es la misma página en la que nos enteramos del origen del capitán Blay en la transcripción fonética del capitán Bligh de Rebelión a bordo, de Frank Lloyd? A cambio, aprendemos conmovidos en la página contraria de ese apartado de notas que a José María Valverde se le rompía la voz cada vez que intentaba recitar el poema que dedicó a Gabriel Ferrater tras su muerte.

Que esta sea una biografía autorizada no la invalida en absoluto. Solo la predispone para algunas limitaciones que no tienen por qué afectar a lo central: el relato de la vida de un novelista, de quien hoy tenemos una gran cantidad de información gracias a las pesquisas incansables de Cuenca. Sin embargo, no tenemos su incardinación ni en la obra ni en la vida misma del escritor, pese a saber tantísimos detalles nuevos sobre él, sobre sus arrebatos de euforia, sobre sus fobias, sobre la administración del catalán y el castellano en una familia bilingüe, sobre el lento y tardío desvelamiento de su adopción o sobre otras de sus firmes decisiones: abandonar el jurado del Planeta, rehusar el ingreso en la rae, repudiar algo engatillado a Baltasar Porcel como icono del trepa, desconfiar de la televisión como escaparate, desestimar con franqueza las adaptaciones al cine de sus novelas (y soñar todavía con la nonata de Víctor Erice) y muchas otras cosas más, incluida la complacencia con la adaptación televisiva de Un día volveré que muchos descubrimos de madrugada, junto con un hipnotizante joven actor entonces, Achero Mañas.

Sin documentación novedosa no hay buena biografía de un autor contemporáneo. Pero si la documentación sepulta la biografía, asfixia la interpretación y renuncia a integrar los datos en la continuidad del relato, tampoco hay buena biografía, como no hay buen libro de historia cuando la aportación documental anula o desplaza la capacidad interpretativa del autor. Ese equilibrio impredecible entre lo uno y lo otro pudiera ser, quizá, su auténtica ley secreta a pesar de que yo mismo haya sostenido que no hay ley alguna para escribirlas. ~

Josep María Cuenca

Mientras llega la felicidad

Barcelona, Anagrama, 2015, 752 pp.

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