Del diario de un campanero

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En mi duermevela oigo repicar los campanarios de una catedral sumergida. ¿Celebrarán estas esquilas fraternales la boda de una campana con el mar? No lo sé. En todo caso, esa brisa de resurrección trae a mi oído de artillero un redondo amanecer de ires y venires consagrados a las hechiceras ordenanzas del beso.

Decir cómo llegué a esta algarabía de bronces me corta la respiración, me pone a reír en compañía de mis muertos. Tal vez fue en Cholula, el reino de mi exilio musical, donde aprendí la lengua shabda de los sacristanes. Desde entonces, llevando a cuestas el badajo de la hermana mayor, las nupcias marinas me proveen el sésamo capital para ir al encuentro del aire pagano, allá, en las tierras altas. ~

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