Del niño nacido en Belentlán

La historia de Melchor, Gaspar y Baltasar, amigos y bebedores. 
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La historia la contó uno de los tres amigos, y ahora no recuerdo si Melchor Pérez, de Titinzán de Abajo, vendedor viajero por las cercanías, o Gaspar García, de Oxotlán de Vueltarriba, fotógrafo interpueblerino de fiestas familiares, o Baltasar Fernández, de Guayabanén de la Costa, bailarín y maraquero en bares, cantinas, bodas, bautizos y hasta velorios, pues los hay jacarandosos pese al luto.

Los tres bebían en la cantina de don Remigio, en Xurunzán de los Cerros, cuando la radio interrumpió un bolero ranchero estilo rock y notició que en un establo del cercano pueblito de Belentlán del Arroyo había nacido un chamaco con un halo en torno a su cabecita: un resplandor más luminoso que el de los focos comunes.

Discutieron la noticia, Gaspar dijo que tres noches atrás había soñado algo similar, pues a veces lo rafaguean “sueños profeticos”, y  al calor de las copas acordaron echarse un viajecito a Belentlán del Arroyo, a ver si la cosa era de veras o puro blablablá de peluquería.

Y los tres salieron a la carretera y caminaron en medio del frío y la niebla, y también iban muchas gentes en la misma dirección, cantando aquello de que beben y beben y dejan de beber los peces en el río por ver a Dios nacer.

Estaban los tres mareados por el mezcal y por sus mismos gritos salidos del mero corazón, y, a medida que se disipaban el frío y la niebla, atravesaban desiertos y pueblos que no eran como los de siempre. Y, tras quién sabe cuántos días o años o siglos que  pasaron en una sola tarde, llegaron a Belentlán del Arroyo, donde hallaron una muchedumbre de gente de todas las partes del mundo, y periodistas y fotógrafos y gente de la televisión, todos alrededor de un establo y cantando lo de los peces del río en quién sabe cuántas lenguas. Y dentro del establo estaban el Niño, con su sonriente cabeza rodeada de resplandor, y estaban los papás y unos pastores y unos plácidos animales domésticos y buti regalos depositados por tanta y tan varia gente. Y escucharon a un locutor que, entrevistando para la televisión a un cura joven, le había preguntado qué opinaba del milagro, y el joven cura (que se veía medio intelectual, porque tenía un habitual gesto de descreído) respondió que allí no había ningún milagro, que en estos tiempos la Iglesia Católica y Apostólica y Romana no aceptaba así como así cualquier milagrito y todo aquello era un show montado por los medios de masas  para vender cosas a la gente, pero entonces un cura viejo y por supuesto venerable lo interpeló y dijo que aquello era un auténtico milagro, como lo acababa ya de certificar un distinguido evangelista, el doctor Mateo Uriarte, y que, si otra prueba faltase, allí estan los tres Reyes Magos, los tales Melchor, Gaspar y Baltasar con sus respectivos halos de luz, y los susodichos se miraron entre ellos y vieron que, en efecto, tenían un resplandorcito sobre cada cabeza, y todos se volvían a verlos, los vitoreaban y aplaudían y les pedían autógrafos, y el cura intelectual dijo que esos halos no eran sino el mero vapor del mucho alcohol ingerido  por el trío de cuates, por lo cual las gentes estuvieron a punto de darle una madriza al joven cura (y, de paso, al entrevistador). Y…

Y de pronto los tres amigos se encontraron bebiendo en la cantina como si no hubieran salido de allí en toda la tarde, que ya se anochecía. Y vieron que don Remigio venía a presentarles la cuenta de los muchos mezcales, porque ya iba a cerrar el establecimiento, y Melchor (que, lo que sea de cada quien, tiene su culturita) amablemente le dijo:

—Mire, don Remigio, si usted conociera la ley del Ciclo del Eterno Retorno de Todas las Cosas sabría que dentro de cien años estaremos los tres otra vez aquí, bebiendo tal como orita, y le prometemos que entonces le pagaremos todas las rondas de beberecua… Y ándele, sírvanos otra tanda de este mezcalito que, la mera verdá, está a toda mecha.

Y entonces don Remigio los apuntó con un súbito pistolón y les dijo:

—Muy bien,señores, pero por lo pronto tengan a bien pagarme lo que, de acuerdo a esa tal ley del Eterno Retorno, han estado ustedes ingiriendo aquí cada noche de sábado desde hace cien años… o aténganse a las consecuencias que la autoridá en tales casos dictamina.

(Publicado previamente en el diario Milenio)


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