Lyndon B. Johnson: un aire de familia

Johnson fue un presidente muy solidario con México. No obstante, la historia de su simpatía con nuestro país y de su compromiso con la comunidad mexicoamericana ha quedado en el olvido.
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En 1949, el senador Lyndon B. Johnson recibió, desde Corpus Christi, Texas, un telegrama de la organización hispana G. I. Forum, informándole que el director del panteón de Three Rivers, Texas, se había negado a recibir los restos del soldado Felix Longoria porque “no les gustaría a los blancos”. Longoria había muerto en combate en la Segunda Guerra Mundial en Filipinas y fue enterrado en Corpus Christi, pero sus familiares deseaban enterrarlo en Three Rivers, de donde eran originarios. Johnson decidió entonces sepultarlo en el cementerio de Arlington, Washington, D. C., con todos los honores militares, en presencia de sus familiares, una comisión del Congreso, un representante personal del presidente Truman y el embajador de México.

El autor del telegrama, el doctor Héctor García, fundador del entonces recién creado G. I. Forum, dijo que cuando la familia Longoria le estaba contando su humillación en Three Rivers, alguien propuso: “Llamen al senador Johnson, él los ayudará, es un hombre justo y simpatiza con la gente mexicana.” García envió telegramas a todos los representantes de Texas en el Congreso y solo Johnson le respondió.

García ocupó luego varios cargos nacionales e internacionales como representante del presidente Johnson, entre ellos delegado con rango de embajador en Naciones Unidas en 1967. En esa calidad acompañó al vicepresidente Hubert Humphrey a la firma del Tratado de Tlatelolco en la Ciudad de México en 1968. García cuenta que estando en Palacio Nacional se enteraron de que Johnson no buscaría la reelección y que la tristeza invadió a todos los presentes, el presidente de México, su familia y colaboradores. Al retirarse, Humphrey tenía lágrimas en los ojos y le comentó a García: “Es que hay mucha contaminación.” Al día siguiente, García salió a caminar por las calles del centro de la ciudad y dijo haber visto a mucha gente leyendo la noticia en los diarios. Se acercó a preguntar a algunos sobre lo que leían y le respondieron que estaban decepcionados porque Johnson no iría por la reelección. “Cuando la historia de nuestro tiempo sea escrita […] Johnson emergerá en todo lo alto”, dijo.

Pese a las muchas biografías, tesis doctorales y artículos sobre Johnson, esa historia –la de su simpatía, solidaridad y enorme apoyo a los mexicoamericanos y México– ha quedado sepultada por la guerra de Vietnam (“Esta puta guerra”, como Johnson solía decir), las guerras culturales y la radicalización política de los afroamericanos y las nuevas generaciones de mexicoamericanos, sobre todo los de California. “Un sueño deshecho por la guerra”, sentenció Kent Germany.

La importancia del voto mexicoamericano en la trayectoria política de Johnson no podría faltar en ninguna biografía suya, pero aparece envuelta en la corrupción política y la imagen denigrante del mexicano. En este enfoque, Johnson aparece como el gran manipulador de una masa de mexicanos hambrientos e ignorantes, como si la compra de votos en Texas hubiera sido la excepción en la impoluta democracia americana.

La verdad es lo opuesto: la institución informal del city boss y su maquinaria electoral fraudulenta fue la regla a lo largo del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial en toda la Unión Americana, empezando por Tammany Hall de Nueva York. No podía ser de otro modo en un país de inmigrantes pobres e iletrados.

((Alexander B. Callow, The city boss in America. An interpretive reader, Oxford University Press, 1976.))

Si este rasgo histórico de la política electoral de Estados Unidos está claro, queda por describir su modalidad en el suroeste de Texas, donde Lyndon Johnson empezó a forjar su ambición de ser presidente de su país y el sueño de “La Gran Sociedad”. Según su propio relato, su experiencia decisiva fue su función como maestro y director de una escuela primaria segregada para mexicanos en Cotulla, Texas, entre 1928 y 1930. Cuando explicó el origen de la Ley de Derechos Electorales de 1965, hizo publicar una foto con su grupo de alumnos mexicanos, a quienes consideraba “los autores” de la ley.

Al presentar la iniciativa de ley en sesión conjunta del Congreso, transmitida por televisión a todo el país, dijo que esos estudiantes “conocían el dolor del prejuicio [y] parecían no comprender por qué la gente no los quería, pero sabían que así era […] Lo vi en sus ojos”. Luego de firmar la Ley de Educación Superior de 1965 en el Southwest Texas State College, dijo: “Nunca olvidaré los rostros de los chicos y chicas en esa pequeña escuela mexicana […] Aún recuerdo la pena de comprender entonces que ese colegio estaba prácticamente cerrado para casi todos los niños porque eran muy pobres. Creo que fue entonces cuando empecé a pensar que esta nación no podría descansar mientras las puertas del conocimiento estuvieran cerradas para cualquier americano.”

La infancia y adolescencia de Lyndon Johnson en Stonewall, Gillespie County, Texas, transcurrieron en un ambiente político. Su padre, Sam Ealy Johnson Jr., fue diputado local tres periodos por el Partido del Pueblo (los “populistas”) y el Partido Demócrata entre 1892 y 1923; alcanzó reputación de honestidad y compromiso con las causas progresistas; por su iniciativa los trabajadores ferrocarrileros de Texas lograron la jornada de ocho horas, luchó por poner impuestos proporcionales a las grandes corporaciones –sobre todo a las petroleras– y apoyó el impuesto que propuso el presidente mexicano Francisco I. Madero. “Para los Johnson, la justicia social, el servicio público y la creación de comunidad eran valores incuestionables”, escribió Randall Bennett Woods.

((Randall Bennett Woods, LBJ. Architect of American ambition, Harvard University Press, 2006.))

Los Johnson eran de clase media venida a menos después del derrumbe de los negocios inmobiliarios del padre. Lyndon creció en una casa sin electricidad ni agua corriente y sufrió neumonía al menos cuatro veces por el polvo que respiraba. Cuando ingresó como maestro a la escuela de Cotulla, el estado de Texas estaba casi totalmente dominado por el Partido Demócrata. En 1930 renunció a la escuela para unirse a la campaña electoral de Welly Hopkins al Senado estatal. Debido a su desempeño como organizador, fue recomendado por Hopkins y su propio padre para servir como ayudante del representante Richard Kleberg en Washington. En 1935 fue designado director de la Texas National Youth Administration por el presidente Franklin Roosevelt. En 1937 fue electo representante de su distrito en el Congreso de Estados Unidos. En ese periodo gestionó la introducción de la electricidad en el suroeste de Texas.

La trayectoria política de Lyndon Johnson es muy rica, larga, compleja y fascinante. No nos detendremos en ella salvo para decir que siempre –como maestro, organizador, diputado, administrador del New Deal, senador y presidente– mantuvo en alto su compromiso con los mexicoamericanos; lo dijo en ocasiones solemnes y lo demostró con hechos. En su presidencia, la pobreza de los mexicoamericanos, los afroamericanos y los asiáticos disminuyó más del 50% y se les abrieron las puertas al empleo, la salud, la educación, la vivienda y el ejercicio pleno de sus derechos políticos.

Johnson extendió su simpatía por los mexicoamericanos a México. En 1958, siendo senador y con la candidatura a la presidencia en la mira, viajó a nuestro país para entrevistarse con el recién electo presidente Adolfo López Mateos y su equipo. Johnson intentó convencer a López Mateos de que se hiciera una campaña de promoción de México en Estados Unidos para atraer turistas e inversionistas y llevar mexicanos para que establecieran vínculos con los mexicoamericanos.

Al regresar a Washington declaró que no había conocido a políticos cuya trayectoria fuera tan parecida a la suya. Cultivó una estrecha amistad con Antonio Carrillo Flores, a quien conoció como embajador de México en Washington en 1959. “Tony” –como lo llamaban los Johnson– era el interlocutor favorito de Lyndon. Lady Bird, esposa de Johnson, dice que Tony le daba “roce” a su marido, famoso por su trato un tanto brusco en los corredores de Washington y objeto de burlas por los pretenciosos egresados de Harvard, especialmente los Kennedy. Viene al caso lo siguiente: cuando Franklin Roosevelt lo conoció, le dijo a un ayudante suyo: “[Johnson] es el tipo de joven arrojado que yo hubiera querido ser […] si no hubiera ido a Harvard. Él podría ser el primer presidente sureño de Estados Unidos.”

Como continuador del progresismo texano potenciado por el New Deal, promesa de los viejos progresistas del suroeste de Texas e hijo de un progresista incuestionable, Johnson debió sentir afinidad con la Revolución mexicana. François-Xavier Guerra subraya la similitud de las condiciones económicas, geográficas y políticas de la América árida, desde Omaha, Nebraska, hasta Aguascalientes y otros focos de modernización en el porfiriato. Esta gran región fue sacudida por la introducción del ferrocarril y la llegada de grandes empresas petroleras, mineras, agrícolas, ganaderas y madereras, cuyas prácticas de explotación económica provocaron respuestas políticas similares en ambos países.

((François-Xavier Guerra, México: del Antiguo Régimen a la Revolución, FCE, 1988.))

Esta similitud podría ser el telón de fondo de la afinidad que Lyndon Johnson manifestó con los políticos mexicanos de su tiempo, quienes sin ser revolucionarios se autoproclamaban herederos de una Revolución, pero eran políticos modernos en el sentido que Johnson lo fue para Texas. Él pensaba que los líderes mexicanos podían contribuir mucho a mejorar el liderato y el sentido de pertenencia cultural de los mexicoamericanos. No pensaba en los grandes intelectuales mexicanos, a quienes consideraba adversos a Estados Unidos, sino en ídolos populares como su admirado Cantinflas, quien, a petición de Johnson, acompañó a Henry B. González en su victoriosa campaña electoral para representante en el Capitolio por el distrito de San Antonio en 1961. ~


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