¿Desnudos o desvestidos?

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Carta de Esmógico City

Mirando las imágenes que los diarios y las televisoras del país han pródigamente dedicado a los dieciocho mil mexicanos de los dos sexos (y no de todas las edades: al parecer no había niños) que el domingo 6 de mayo de 2007, S. XXI, en la plaza mayor de Esmógico City, se desvistieron para la ambiciosa, famosa e imperiosa cámara fotográfica de Spencer Tunick, dándole así a Esmógico City el Campeonato Mundial de Nudismo, he advertido un detalle que, aun siendo muy contrastante dentro de la sobreentendida alegría del momento, habría escapado a los cronistas y comentaristas que he leído u oído. Y es que, aunque casi todos los participantes en el acto han declarado haberse sentido liberados, contentos, dichosos, felices, desacomplejados, a toda madre, chido, supersuper… y aunque decían haber vivido un momento mágico, en el que se rompieron las cadenas del pudor y la mojigatería, la verdad es que no encontré en esa multitud alineada al modo militar un número considerable de rostros sonrientes. Más bien se les ve a casi todos muy serios, y a muchos con el ceño fruncido, como cumpliendo con un deber cívico de los que obligan a desmañanarse, a formar en filas, a ponerse en actitud de firmes y aun a hacer gestos solemnes, por ejemplo el de la mano llevada horizontalmente al pecho en gesto de homenaje a algo altamente simbólico (¿al asta de la bandera… sin bandera?). Aquello, la verdad sea dicha desde mi condición de anarquista disimulado (esto es: de anarquista que paga los impuestos y respeta los semáforos), me pareció menos una fiesta que un acto cívico.

¿Por qué aquello no me daba la impresión de ser tan alegre y relajado como hubiera sido de esperar? Aventuro una hipótesis: no es lo mismo estar desvestido que estar desnudo. De hecho sólo en una ocasión de nuestra vida estuvimos desnudos: cuando nos parieron. Después, sólo alternamos el estado vestimentario, el de todas las horas del día, y el estado desvestimentario, el del mero instante del baño mañanero (pues en la noche dormimos vistiendo piyama). De modo que aunque suene absurdo, el estar desvestido ya no sería cosa básicamente natural ni muy deseable para los seres humanos. Y lo dicho: la memorable mañana del 6 de mayo de 2007 fue un show cívico como tantos que se dan en el Zócalo. No fue una moveable feast, que diría Hemingway.


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