Dice el “Niño de Vallecas”

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Este que aquí veis soy yo, Francisco o sea Paco o Paquito, decidme como queráis, con confianza, no andéis conmigo con remilgos e hipocresías, pues si como personaje de una obra de arte, como figura pintada, soy magnífico, en cambio, como hombre de carne y hueso y un pedazo de pescuezo y de gran cabezota y de naricita corta, vaya, como Francisco Lezcano, enano y bobo de la Corte, soy poca cosa y además tengo apariencia de rapaz de doce años, eso dicen, aunque también dicen que mentalmente soy un bebé de pocos meses, pero resulta según y cómo, pues en realidad no tengo edad ninguna, soy sin edad, como todos los Inmortales y como acaso lo podeis ver por mi retrato… Aunque bueno, en fin, en lo que se refiere al cuerpo, os diré que tan chico de cuerpo no soy, lo que pasa es que estoy sentado. Y ¿por qué está este tío sentado? os preguntaréis, bueno, pues os lo voy a contar, será un modo de entretener mi aburrimiento de siglos en el Museo del Prado al que habéis venido a visitarme, a admirarme, quizá a reiros o espantaros de mí.

Lo que pasó es que yo, un día de no recuerdo qué mes de 1644, estaba así, con mi ropa verde de gala, de acompañante del séquito de cacería de mi señor príncipe don Baltasar Carlos, y me distraje, se olvidaron de mí y no salí del palacio con el Rey y los caballeros y los monteros y los galgos a perseguir a la liebre o al ciervo o al jabalí, y entonces vino el pintor áulico don Diego Rodriguez de Silva y Velázquez, que era y es un gran retratista de gente de todos los tamaños y categorías , sean mendigos o cocineros o hilanderas o aristócratas o príncipes o principesas, o aun si son dioses del Cielo católico o del Olimpo clásico… Y don Diego, de quien con justicia se dice que era y es el más grande y sutil pintor de los pintores de todo el mundo y todos los siglos (hasta el punto, dicen, de saber pintar el puro espacio, el puro aire de una habitación, como hizo en ese gran cuadro que pueden ustedes contemplar aquí junto: el de Las Meninas), me vio al pasar y tomándome por el cogote me llevó a su taller y agarró los pinceles y me dijo “siéntate ahí y estate quieto como un Don Tancredo (aunque sentado), que te voy a hacer un retrato”, y, aunque a mí me dio repeluzno por lo de Don Tancredo, que así llaman a una suerte de la torería, aunque pensé que de algún pasillo oscuro saldría algún enorme y negro toro de cuernos asesinos, y que me embestiría como una desenfrenada locomotora (sí, ya sé que todavía no se inventaban esas cosas, pero estoy hablando desde la inmortalidá, que es como quien dice un futuro para siempre, ¿no?), hice de tripas corazón, me senté y don Diego me pinceleó el retrato este que debeis admirar, no porque yo sea admirable, ya se ve que no soy guapo ni de lejos ni mirándome entrecerrando los ojos, y que no soy inteligente o siquiera avispado, pero sí lo es mi retrato, que es nada más y nada menos que una obrísima de Arte y… ¿Por dónde iba yo?, ay, ya no me acuerdo, disculpad, de repente como que me dan unas ausencias y me pasmo con la mirada en la nada, en fin, me quedo traspuesto, como el cretino que dicen que soy, ¡sí, sí, como no!, ¿así que cretino, eh?, pero, en fin: cretino si queréis, pero aquí estoy, don Francisco Lezcano, eterno en la eternidá del arte, y los que me han llamado cretino ya no son más que polvo y si los vi ya ni me acuerdo… Y ocurrió, pues, que, estando sentado ante la mirada atenta y yo diría que metafísica y casi cariñosa de don Diego, me dio una de mis “ausencias”, me quedé yo así con la mirada vacía pero fija en quién sabe qué horizonte, con la testa echada para atrás e inclinadita, que así es como suelo pasmarme, y con una baraja en las manos, con la cual había estado entreteniendo mi forzado ocio, que es negocio beocio (perdón por el mal juego de palabras, uno tiene que bufonear un poco para ganarse el pan)… Y así fue como me retrató don Diego, que siempre quiso pintar los seres y las cosas como son: al mero ras de la realidad pero poniendo todo lo que de espíritu hay en una mirada de artista… Esto no lo digo yo, que no soy connaisseur ni mucho menos, sino que lo han dicho los que de estas cosas han entendido y sabido escribir tan sabia como brillantemente, entre otros los señores Elie Faure y Ortega y Gasset y Jean Cocteau y Aldous Huxley y Octavio Paz y …

De modo que aquí estoy, no como dijo en 1819 el catálogo del museo: que soy el “Retrato de una muchacha boba”, ¡hacedme el favor!, sino como el catálogo de 1828 ya corregido dice definitivamente con las líneas “Retrato llamado El Niño de Vallecas, pintado con toque firme y pastoso y buen efecto de claroscuro“. Y aquí estoy, eterno…. Vedme, a mi manera, que es la de la obra de arte, soy bello, pues don Diego lo mismo pintaba bellamente a una señora en pelota y con sublime nalgatorio (o sea la “Venus del Espejo”) que a un enano monstruoso y cretino que dicen que soy… Y mientras el Futuro a destruir al Arte no se atreva, yo duraré y prevaleceré, causando admiración, fascinación… y tal vez… tal vez causando algo de espanto por lo que de mí pueda haber en cada uno de vosotros, que eso también permanece, como bien lo dijo el poeta don León Felipe imaginándome, ¿por qué?, con la cabeza rota:

De aquí no se va nadie.

Mientras esta cabeza rota

del Niño de Vallecas exista,

de aquí no se va nadie. Nadie.

Ni el místico ni el suicida.

(Publicado previamente en Milenio Diario)