Disciplinas olímpicas: Boxeo

¿Qué tan grande es el abismo que separa al boxeo olímpico del profesional?
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Cada año, la Federación Cubana de Boxeo envía una discreta delegación conformada por no más de seis integrantes al Chemistry Cup de Halle, en Sajonia, el torneo amateur con mayor prestigio de Europa y uno de los semilleros más lucrativos para los promotores en busca de prospectos saturados de comunismo. Fue en 1995 cuando, tras quedar eliminado en la primera ronda de la competencia a manos deThomas Ulrich –futuro medallista de bronce en Atlanta 1996–, Juan Carlos Gómez, crucero, zurdo, aún sin el mote de “La Pantera Negra” a cuestas, decidió permanecer en Alemania para convertirse en profesional. Sólo dos meses más tarde, Gómez ya encaraba en Hamburgo su primer pleito rentable. Aunque él mismo ha negado su autenticidad, a Gómez se le atribuye una declaración que caló hondo en el sentimiento nacionalista cubano: “Yo no elegí el boxeo. Lo eligieron para mí, en Cuba. Yo quería ser beisbolista. Ése era mi sueño, pero ya sabes, en Cuba no siempre tiene uno la posibilidad de elegir”.

Genuina o no, la cita describe en gran medida esa eficaz maquinaria sobre la que se asienta el boxeo de la isla. De las 67 preseas de oro que cuelgan del medallero olímpico cubano, casi la mitad se debe a la adopción que el régimen ha hecho de la dulce ciencia como insignia indiscutible del temple revolucionario: pelear por el orgullo, nunca por dinero. Fue Teófilo Stevenson, prócer del pugilismo amateur y tres veces campeón olímpico, quien luego de resistir las insinuaciones millonarias de Don King para convertirse al profesionalismo, grabó su nombre para la eternidad al rechazar una pelea contra Muhammad Ali, porque, como él mismo preguntó en su momento ¿qué significa exactamente el dinero frente al cariño de ocho millones de cubanos? 

En 2009 Andrew Lang estrenó Sons of Cuba, documental que retrata el modo de vida ascético y marcial que practican los internos en la academia de la Habana, niños cuya meta existencial consiste en derrotar a los rivales matanceros durante los juegos nacionales para estar así un paso más cerca de representar a Cuba en alguna justa olímpica futura y llenar de orgullo a su líder, Fidel Castro.“Es el campeón de campeones”, dice uno de los instructores cuando la cámara enfoca un retrato del comandante en el que porta guantes de boxeo. En una de las escenas cumbre de la cinta, Yosvani Bonachea, entrenador del combinado infantil habanero, larga un discurso sobre la patria y la traición mientras sus pupilos no quitan la vista de los espacios en blanco que afean aún más la pared del gimnasio donde a diario se adiestran los mayores. Entre la galería fotográfica que representa la historia del boxeo cubano, tres imágenes han sido retiradas por orden expresa de la federación. Corresponden a Yuriorkis Gamboa, Odlanier Solís, y Yan Bartelemí, desertores del equipo nacional que entrenaba en Venezuela para los Juegos Panamericanos de Río.

De la magnífica camada que conquistó cinco medallas de oro en Atenas, sólo Marco Kindelán permanece en el amateurismo. Guillermo Rigondeaux, quizá el más brillante boxeador de su generación, esperó a llegar a Brasil para ahorcar su visa, agotar las opciones, y reunirse sin culpas con Gamboa y el resto de los fugitivos en Miami. Castro le revocó el permiso para boxear en territorio cubano y mandó decomisar el auto con que había premiado su podio en 2004.  En la odisea, “El Chacal” se hizo acompañar por Erislandy Lara, quien hace un año perdió la oportunidad de hacerse con el fajín superwelter al caer frente a Paul Williams.

Es la historia más común entre los asombrosos peleadores cubanos, de quienes se espera, casi siempre en vano, mantengan el nivel mostrado durante su época amateur. Aunque el modelo a seguir más referido es Joel Casamayor, la realidad es que muy pocos logran acostumbrarse a las exigencias del boxeo profesional e intentan prolongar su condición de promesa hasta donde es posible. Es otro deporte, sobre todo desde que el boxeo olímpico privilegia un estéril sistema de puntaje por encima de las cualidades técnicas y la potencia, componentes fundamentales del pugilismo sin careta. Hay que mencionar también el factor edad: mientras que en el resto de países donde el boxeo profesional está permitido la media de edad de los atletas apenas roza los veinte años, en Cuba han existido verdaderos tiburones atemporales como Félix Savón, quien junto a Stevenson tiene el honor de ser el único boxeador cubano que ha conseguido tres oros consecutivos en Juegos Olímpicos. Durante catorce años sin interrupción, no hubo quien le disputara la hegemonía del torneo nacional. Al volverse profesionales, los peleadores cubanos se enfrentan a una realidad distinta: rivales de su edad acostumbrados a administrarse durante diez rounds, mandíbulas curtidas, excesos, noche, jueces, amaños, bolsas. Todo aquello que en la isla existía como mero rumor aparece de pronto y sin apenas avisar en la vida de un boxeador que también tiene la exigencia del tiempo en contra: quedan menos años para hacer dinero. Aquí la gloria y el honor serán importantes hasta donde el dinero lo permita. Otro deporte, en definitiva, uno del cual ha sido relegado durante el tiempo suficiente como para hacernos sospechar que tras el fracaso de Beijing, el boxeo de la isla tiene bajo la manga otro contingente de atletas leales a la Revolución en cuyos guantes puede cifrarse, años más tarde, la invasión de profesionales que cimbrará el escalafón libra por libra como nunca antes se ha visto.

 

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