El danés errante: Brandes y Francia

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Georg Brandes, el danés errante (6 de 9)

Gracias al desinhibido empeño de encontrarse con Taine y con Mill, el joven Brandes aplacó el furor alemán y se convirtió en un personaje intelectual más ligero, menos filosófico y más mundano, capaz de hacerse escuchar como una voz europea, cosmopolita. Y de sus primeras visitas a París, durante los años finales del Segundo Imperio y los primeros de la Tercera República, quedaron en Brandes, como es obvio, recuerdos imborrables: son viajes que hizo con su emancipada amante (Caroline David) y en los que fue al teatro a ver a la Bernhardt y en los que trató no sólo a los maestros franceses sino a personajes tremendos, como el ultracatólico Ernest Hello, sombra que pasa fugazmente por las páginas de Los raros, de Darío. Taine recomendó a Brandes con Ernest Renan (1823–1892). Y pese a que el crítico acabaría por ser una figura más parecida a Renan que a Taine (un combativo idealista antes que un teórico), leyendo Recollections of my Chilhood and Youth, no parece que el biógrafo de Jesucristo lo haya impresionado mucho. Indiferencia calculada o superficial, pues al fin de su vida Brandes no resistió a la tentación de Cristo y escribió Jesus. A Myth (1925), como si las tres metas de un decimonónico descreído hubieran sido tener un hijo, plantar un árbol y escribir una vida de Jesús.

La relación de Brandes con Francia no fue un amor no muy bien correspondido. Es improbable que Francia esté a la altura de las ilusiones de los afrancesados. Una década después de la gentil recepción que le dispensó Taine, el nombre de Brandes no estaba todavía tan establecido como para impedirle el bochorno de tener que presentarse detalladamente, por carta, con Edmond de Goncourt, justificando así las preguntas críticas y biográficas que le hacía.

Brandes recibió de Edmond una respuesta cordial e incluso, en su calidad del Goncourt sobreviviente, le regaló una de esas falsas joyas con las que entretenía a los visitantes distinguidos, aclarándole que no eran cierta la anécdota propalada por Théophile Gautier de que él había encanecido por completo durante el par de horas que duró la misa de difuntos de su hermano Jules en 1870.

Al fin, Brandes alcanzó a ser lo suficientemente famoso como para entrar y salir como Pedro por su casa en el Diario de los Goncourt. El domingo 20 de octubre de 1889, el crítico ocupa en solitario toda la entrada del Diario, ganándose una descripción halagüeña en que se le compara con una cabeza de Velázquez. Poco después, en 1890, Brandes penetra al círculo de los verdaderos elegidos pues se consigna que Jeanne Lacroy, hermana de la ex nuera de Victor Hugo, duerme con él, infidencia a la que seguirán otras de menor calado, como el resumen de sus aventuras, en 1896, con la princesa rusa Anna Tenicheff. Etcétera.

A los ojos sedentarios de Goncourt, provinciano de París, la agitada vida de Brandes, conferencista internacional que va y viene por Italia, Rusia, Inglaterra, debió ser un espectáculo cosmopolita digno de admirarse, pleno en aventuras eróticas y encuentros políticos. Edmond lo retrata como un notable conversador, en batalla triunfante con la lengua francesa y con el sexo de sus palabras, dueño de un nerviosismo a lo Polichinela, bosquejo que viniendo del viejo es a todas luces un elogio.(1)

La vida parisina de Brandes, época en que pasa por París más de una vez al año, ocupa la última década del XIX y la primera del XX y está ligada a dos figuras públicas, la del político Georges Clemenceau y la de Madame Armand de Caillavet, que fueron dos de los relaciones sociales más útiles que tuvo. Léontine Lippmann (1847–1910), que llevaba el nombre completo de su marido, Armand de Caillavet, un rico armador, fue la amante de Anatole France. Pero decir amante es decir poco: si lo de France era algo más que un salón y era una empresa editorial, un foco de opiniones políticas, quien lo regía y lo dominaba, la gerente de la firma, fue Léontine. En 1922, Jean–Jacques Brousson, el antiguo secretario de France reveló que Léontine era la verdadera autora de la obra del maestro. No era cierto a ese grado escandaloso. Se puede conceder, en cambio, que Léontine, su Egeria, le ayudaba con sus artículos (la de las opiniones interesantes era ella) y lo ponía a trabajar en sus novelas.

La correspondencia se extendió entre 1902 y 1910, el año de la muerte de ella. Si el propósito de Brandes había sido acercarse a France a través de su patrona, no lo logró del todo. Aunque France lo alababa en público y llegó a identificar al “fenómeno Brandes” con la literatura misma, el delgado libro que éste le había dedicado en 1908 se quedó corto en las expectativas del novelista. Es probable que Brandes y France compitieran no sólo por las atenciones de madame (no me queda claro si hubo entre Léontine y Georg algo más que amistad) sino por la jefatura internacional del público librepensador, radical y republicano, que compartían. La relación entre Brandes (dos años mayor) y France terminó mal. Recién muerta Léontine, el novelista sedujo a una de sus novias, Talita Schütte, entonces su habitual compañera de viaje. El asunto apareció insinuado en la prensa y Brandes, quien tenía fama, en el norte, de ser un depredador de mujeres, pasó en París como víctima de la traición de un amigo a quien lo unía una devoción común.

No hubo verdadera compilicidad entre Brandes y Léontine; el tráfico entre el danés y su protectora francesa es aburrido, convencional, estirado y se sostiene por la admiración que Léontine sentía por los apóstoles y los sembradores, entre los que incluye a Brandes, opinión que compartían esta dama de sociedad y Nietzsche, lo cual quiere decir que, probablemente, tenían la razón. Esas cartas se cruzaron, además, durante los años retratados en En busca del tiempo perdido, pero el mundo del danés y su amiga francesa es lo menos proustiano que se pueda imaginar: sociedad de elogios calculados, de admiraciones protocolarias, de sentimientos enfáticos. Con frecuencia, Brandes le explica a Léontine su visión del mundo, como quien habla ante un espejo y así nos enteramos de sus arduas relaciones con la izquierda danesa a la luz del triunfo de los liberales en 1901. Brandes, ya influido por su amistad con Kropotkin, el príncipe anarquista ruso, temía la burocratización del mundo que podía traer el socialismo. Madame de Caillavet y Brandes tenían otras preocupaciones, dignas de notarse, como la causa del pueblo armenio, cuyo sacrificio en 1915, alcanzó a estremecerlo. Ambos amigos compartieron, a su vez, el azoro ante la Revolución Rusa de 1905, que a ella le hizo más ilusión que a él, quien tenía a los rusos de todos los partidos como unos carniceros.

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(1)Edmond et Jules de Goncourt, Journal. Mémoires de la vie littéraireX, III. 1887–1896, Laffont, París, 1989, pp. 336, 393, 1297 y 1302.

(Una versión anterior de esta serie se ha venido publicando en el suplemento El Ángel de Reforma a partir de febrero de 2008)

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