El danés errante: Grandiosas, las persecuciones

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Georg Brandes, el danés errante (4 de 9)

En la correspondencia que seguirá al encuentro en Dresde, a Brandes le tocará el papel del incitador que trata de sacar al maestro de su marasmo individualista y afiliarlo a cierto clima de indignación moral. H.L. Mencken, que admiraba por igual a Brandes y a Ibsen, dijo que el primero nos había enseñado a juzgar al segundo como un genio del sentido común antes que como un loco o un depravado desfilando al frente de los ibsenistas. Ibsen, en fin, consecuentaba a Brandes y le respondía que la historia humana era la chamba de la cual un jovenzuelo debe escaparse para buscar héroes y heroínas en el teatro. Las masas, dirá Ibsen para desencanto de quienes por algún tiempo lo contaron entre los anarquistas, nunca entienden lo que está pasando y el proletariado es una larva incapacitada para resultar mariposa.

Brandes estableció el lugar de Ibsen en la literatura moderna, pese a que para nadie era un secreto que sabía poco de teatro ni su escaso esfuerzo por ser un crítico dramático. El proceso fue titubeante y desenfocado, y puede seguirse en tres actos y un epílogo en Henryk Ibsen (1899). A Brandes para empezar, no le gustó Peer Gynt como tampoco les gustó a otros célebres escandinavos como Edvard Grieg, Hans Christian Andersen o Clemens Petersen, el viejo crítico danés.

A Peer Gynt la encontraba Brandes como la metamorfosis fantástica de un fanfarrón, una hazaña poética llevada a cabo de manera un tanto frívola por un misántropo y cuando la comparaba con el Fausto hacía, a la obra de Ibsen, tan irrepresentable como la de Goethe. Y pocas famas tan equívocas como la de Ibsen. Pascale Casanova, en su mapa histórico de la literatura mundial, pone al noruego como ejemplo de la diferente recepción que un autor venido de la periferia puede recibir en una metrópoli o en otra. Gracias a George Bernard Shaw, en Inglaterra, Ibsen era tenido por “un autor realista que aborda problemas sociales concretos de una forma inédita” mientras los franceses lo leían “como un autor simbólico, portador de símbolos poéticos universales.”(1)

Brandes reconocía esa ambigüedad en el mensaje de Ibsen, como puede verse en la decisión del crítico de ofrecer, en Henryk Ibsen, no una recapitulación final sino el itinerario cambiante de su pensamiento. Ibsen mismo, feliz por el reconocimiento en París, aceptó la “distorsión” simbolista de su mensaje pero cuando la compañía teatral de Aurélien Lugné–Poe hizo una gira triunfal por los países escandinavos. En 1894, Brandes hubo de protestar por la “versión fantástica”, a lo Maurice Maeterlinck, que de La dama del mar se ofrecía en escena.

Tendía a privilegiar Brandes y ésa es una de reservas que la posteridad le ha impuesto, una idea de la literatura cuya última instancia estaba en ser un programa político y filosófico. Junto a los populistas rusos y sus evangelios, Brandes, sin duda, era un esteta que había leído a Sainte–Beuve, a Taine y a Swinburne (no sé si a Wilde). Su influjo en la constitución de la fama ibseniana puede constatarse en Ángel Ganivet y en Miguel de Unamuno, sus lectores españoles, que conocieron al noruego (y con él, a Kierkegaard) a través de un crítico a quien llamaban, respetuosamente, “el doctor Brandes”.

Menos reticente era la actitud, en los primeros años de complicidad, de Ibsen ante Brandes. Además de simpatizar con Dinamarca que, abandonada sistemáticamente por Suecia y Noruega a la hora de los atropellos alemanes, encarnaba el escandinavismo ibseniano, el dramaturgo respaldó a Brandes en sus querellas con la gazmoñería luterana y, sobre todo, cuando el consejo académico de la Universidad de Copenhague le negó su nombramiento como catedrático permanente en sustitución de Carsten Hauch en 1873. Viejo lobo, Ibsen advirtió a Brandes de que no se arrojase a los brazos de los liberales cuya hipocresía, según el noruego, era peor que cualquier otra, pues los liberales viven tiranizados por la opinión pública y su moral. “Las que siempre tienen razón son las minorías”, decía Ibsen con frecuencia y no pocas veces, en sus cartas, se lo repetía a su amigo.

En 1872, ante el primer tomo de Las grandes corrientes…, Ibsen le escribió: “Su libro no es historia literaria en el aceptado sentido del término ni es tampoco historia cultural. No alcanzo a figurarme qué es exactamente. Pero ha sido para mí como los yacimientos de oro de California, un lugar donde el hombre o se hace millonario, o se arruina.”(2)

Brandes admiraba en Ibsen al luchador, al vagabundo, al eterno huésped, a quien no tiene mayor posesión que algunas pinturas colgadas en la pared de su pensión o de la casa alquilada por poco tiempo y así es feliz porque disfruta la errancia, esa bebida amarga y tonificante que le han hecho beber los noruegos. El hombre más fuerte es el que está sólo, decía Ibsen, dándole una tonalidad distinta a un dicho de Schiller. Ese orgullo le fascinaba a Brandes lo mismo en Ibsen que en Nietzsche. Desconcertaban al crítico, en cambio, las salidas de tono de Ibsen, quien como los villanos tradicionales del teatro burgués que él mismo había desmontado, se complacía en hacer mucho ruido al salir de escena. Es el caso, por ejemplo, de un diálogo entre ambos sobre el absolutismo en Rusia, contado por Brandes:

“–País hermoso –dijo Ibsen sonriendo y además, agregó– ¡las persecuciones, qué grandiosas!

–¿Grandiosas las persecuciones? ¿Cómo es esto posible?, le interrumpí.

–Sí, seguramente. Piense tan sólo usted en el profundo amor a la libertad que crean […]

–Si todas estas cosas buenas son resultado de las persecuciones –observé yo– entonces hemos de estar agradecidos a las persecuciones y debemos amar al látigo. ¿Le agrada eso? Pero suponga por un momento que usted es ruso y que a su hijo pequeño (que estaba ahí con él) le dieran de latigazos. ¿Le gustaría?

–Que se los dieran, de ningún modo –contestó Ibsen– pero que los diera él me parecería perfectamente. ”(3)

En la época en que se escribía sobre Brandes y se le traducía era común escuchar o leer una frase hecha que actualmente suena extravagante. Son dos, se decía, los grandes hombres que Dinamarca le ha dado al mundo: Hamlet y Brandes. Quizá sea más mesurado citar a Ibsen, que cuando Brandes le preguntó si había leído su libro sobre Shakespeare (1895–1896), le respondió: “No sólo lo he leído: quiero que me entierren con él”.

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(1)Pascale Casanova, La república mundial de las letras, Anagrama, Barcelona, 2001, p. 210.

(2)M. Mayer, op.cit., p. 357.

(3)Georg Brandes, Henryk Ibsen con un apéndice especial que contiene un estudio especial sobre Ibsen, poeta, por Ch. de Bigault de Casanova, traducción y prólogo de José Lieberman, Tor, Buenos Aires, 1928, p. 78.

(Una versión anterior de esta serie se ha venido publicando en el suplemento El Ángel de Reforma a partir de febrero de 2008)

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