El escritor y su portarrelatos

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Entrevista de Praxedis Gilberto Razo con José de la Colina

La divagación es mejor que el argumento, nos dijo en un momento de la entrevista el maestro José de la Colina, secuestrado por una gripe que lo tiene recluso en su casa, y quien aceptó hablar de su nueva publicación, un libro de cuentos titulado Portarrelatos publicado por la editorial Ficticia. En la portada del libro asoma dos veces un grillo, a decir de su editor Marcial Fernández, o una cucaracha, a decir de muchos.

—¿Cómo llegó usted a Ficticia?

—O, mejor dicho: cómo Ficticia llegó a mí. Marcial Fernández ya me tenía publicado en el espacio de Ficticia en Internet. Y un espacio para los cuentos, aun si es etéreo, está bien porque el cuento hoy es muy menospreciado. Hoy llegas a las editoriales con un libro de cuentos y te ponen mala cara, te piden novela, porque, dicen, la novela vende más. Pero no por ello el cuento es un género menor. Es simplemente otro género, como el grabado es, respecto al cuadro al óleo, otro género de la pintura.

—¿Cuánto tiempo tardó en formar el libro?

—Tardé una noche de desvelo. Hice el libro usando anécdotas o asuntos que tenía en mis artículos periodísticos, cosas anotadas de libros de otros y que podían volverse cuentos. Por ejemplo, el cuento del enredo telefónico en realidad es un artículo sobre algo vivido: eso de descolgar el teléfono y oír una babel de líneas entrecruzadas. E improvisé un nuevo libro porque yo había entendido que Marcial quería una antología de mis libros de cuentos anteriores, pero cuando la hice y se la envié, él se asustó. Vio que la mayoría de las piezas estaba en mi libro del Fondo de Cultura Económica (Traer a cuento) que es realmente una antología, y se asustó: “¡No, no, me van a reclamar, dirán que es piratería! Tendríamos que pagar al Fondo, o tardaremos mucho en conseguir el permiso”. Y decidí hacer otro libro juntando cuentos inéditos, o digamos cuentizando apuntes, dando una nueva estructura narrativa a meras anotaciones. El título, Portarrelatos, era lo único que le había prometido hasta entonces y es de lo que estoy realmente orgulloso. Creo que a nadie se le ha ocurrido antes.

—Háblenos un poco de su primer libro, Ven, caballo gris, en contraste con éste.

—En realidad yo en 1955, en la colección Los Presentes, de Juan José Arreola, publiqué un librito de cuentos del que no revelaré el título ni bajo tortura. En la portada había un bonito dibujo de Gironella y tuvo buena crítica de Carballo y de Carlos Valdés, pero pocos días después de publicado, ya en manos de amigos y exhibido en la librería de Andrés Zaplana, lo leí y me dije que era malísimo, era un libro ingenuo y torpe, y comencé a recogerlo de las bibliotecas de mis amigos, en ocasiones lo robé, pues no querían soltarlo (quizá para chantajearme), y logré que Zaplana me devolviera los que no se habían vendido… que eran casi todos. Los destruí y me quedé con un solo ejemplar, porque uno necesita siempre tener la constancia de su crimen. Eso sí, había el orgullo de haber sido editado por Arreola. Por cierto que he tenido la suerte de ser editado por escritores: Arreola en Los Presentes, Sergio Galindo en la Universidad Veracruzana, Eduardo Lizalde cuando dirigió la colección Lecturas Mexicanas, y ahora Marcial Fernández. En fin: considero que mi primer libro es Ven, caballo gris, publicado en 1959 en la Universidad Veracruzana, o digamos la Univeracruzana, que es palabra portemanteau. Un portemanteau, en francés, es entre otras cosas una valija o maleta en que caben varias cosas, y una palabra-portemanteau (inventada, creo, por Lewis Carroll) es una palabra que contiene dos o más palabras. Y así se puede decir Univeracruzana en lugar de Universidad Veracruzana. Esta editorial de la Univeracruzana, gracias a Sergio Galindo, fue una de las pocas en atreverse a publicar a autores nuevos. En esos años, finales de los cincuenta, estaban las editoriales viejas —Botas, Porrúa, alguna otra— que no solían publicar cosas de literatura y poco se arriesgaban con los jóvenes, quienes siempre tenían que comenzar haciendo ediciones de autor, o sea pagándolas ellos mismos. Incluso Francisco Tario, un autor hoy tan importante, ahí había comenzado con ediciones de autor. Gracias a Galindo la Univeracruzana comienza haciendo ediciones de dos mil ejemplares en lugar de los acostumbrados 500 o cuando mucho mil ejemplares. Y ahí aparecen autores importantes, y no sólo yo (que en mis sueños soy el más importante). Ahí se publica Diario de Lecumberri, de Álvaro Mutis; Los funerales de Mamá Grande, de Gabriel García Márquez (que es sobre todo un gran cuentista), y publican por primera vez, o casi, autores como Juan Vicente Melo, como Blanca Varela y otros hoy bien conocidos, y “reviven” a José Revueltas.

—¿Y ese segundo libro, que en realidad sería el tercero?

—Es La lucha con la pantera, de 1962, que junto a Ven, caballo gris se convertiría en una edición posterior, también de la Univeracruzana, en La tumba india, que es título del cuento que escribí un poco “inspirado” en un episodio de una película de Fritz Lang hecha en dos partes —El tigre de Bengala y La tumba india—. El cuento lo hice al modo de un cuadro cubista, con su asunto presentado en diferentes planos: acción exterior, monólogo interior y un falso cuentito “oriental”.

—Al interior de este reciente Portarrelatos hay una especie de proyecto lineal, que es el del inicio de La metamorfosis de Kafka reescrito por usted en varios breves relatos y en diferentes voces de autores, “imitadas” por usted.

—Yo tenía publicada en un periódico una serie de pequeños pastiches a propósito de La metamorfosis. Y cuando estaba armando en esa noche alucinante el librito que el gran minicuentista y editor tirano Marcial me obligó a rehacer, me di cuenta de que tenía que haber una especie de leitmotiv, un tema que se repitiera y que fuese como el hilo que ensartase las cuentas, es decir los cuentos. Y entretejí la serie en el libro.

—¿Y esas distintas voces provienen de sus grandes autores, de sus grandes lecturas: la Biblia, Hamlet, Carroll, Cervantes, Beckett?

—No soy un gran escritor, soy quizá un buen escritor, pero lo que sí soy en grande es lector, porque tengo gran capacidad y velocidad de lectura, puedo leer dos o tres líneas de un solo golpe de vista. No llego a lo que se decía de Marcelino Menéndez Pelayo: que abarcaba una página de un solo vistazo. Soy un lector devorador. Me pasa una cosa terrible; nunca puedo dejar de leer todo lo que haya alrededor. Voy por la calle y ya voy captando todos los letreros, todos los papeles tirados en el suelo. Es una cosa casi mecánica e involuntaria, no necesariamente signo de inteligencia. Es lectura totalitariamente indiscriminada.

—Háblenos ahora de su libro reciente.

—Es un libro en el que sí están implícitas mis lecturas de otros. Yo últimamente me he aficionado a escribir mis cuentos partiendo de otros textos, que pueden, o no, ser cuentos.

No para plagiarlos, sino para dar la otra versión posible de esos textos: ver la otra cara de la luna. Es algo que me ha fascinado desde que de niño leía en el colegio el libro tradicional de Historia Mundial, de Seignobos: me gustaba imaginar otros cursos de las historias. No soy el primero en esto, Borges ha hecho genialmente cosas así. Yo lo he hecho repetidamente en los últimos años, y así se formó el libro anterior, Tren de historias, de 1998, en el que hay versiones de los casos de, por ejemplo, Ulises y las sirenas, de Teseo y el Minotauro, de don Quijote y Sancho, a los que veo más como actores que como los ilusos caballero andante y rústico escudero. Según yo, los dos personajes estaban haciendo teatro, viviendo una aventura más allá de la monotonía de la vida vulgar… y riéndose de los listos que creían burlarse de ellos.

—Otra de las precedencias del libro: la ciudad. Hable un poco de la ciudad de La lucha con la pantera, en contraste con esta que nos presenta ahora en cuentos como “El peatón”.

—Yo tengo la idea de que cualquier relato, cuando lo vuelves a leer, no es una relectura, sino una lectura nueva, una lectura transformada, puesto que ya tienes otra experiencia cuando relees: en el tiempo transcurrido te has hecho otro, y el libro también cambia porque tu modo de lectura ha cambiado. Esto es como una paráfrasis de aquello de Heráclito:

nadie se baña dos veces en el mismo río. Cuando ves de nuevo una película ya no es para ti la misma película, e igualmente pasa con una calle, con una ciudad: no sólo porque con el tiempo se transforman, sino sobre todo porque el caminante ya es otro, con otra visión,

con otro sentir las cosas. Yo fui del exilio republicano español… ni modo, ustedes saben que soy español, pero me mexicanicé, no sé si para bien o para mal mío, o de México. Para mí hay una ciudad de México habitada por los refugiados españoles y otra deshabitada

por ellos, y una ciudad de los amigos mexicanos con los que conviví y otra en la que sólo convivo con los fantasmas de los españoles y mexicanos que murieron, y otra con amigos nuevos. Recuerdo, por ejemplo, una ciudad de los exiliados españoles que impusieron

el hábito de la tertulia cafetera, y en los cafés volvieron a fundar una republiquita. Ahora como antes, en México, y salvo excepciones, las tertulias de mexicanos se hacen en los bares, pero en los cuarenta, en los cincuenta, todavía en los sesenta, los españoles exiliados formaron su republiquita de cafés en el centro. Y aquella era otra ciudad para mí, distinta de las de tiempos posteriores y de esta de ahora. Yo no pertenecía a la elite de refugiados, viví en el corazón popular y populachero de La Merced, en República del Salvador, casi esquina con Jesús María. Mi padre era obrero tipógrafo. Y yo vivía en otra ciudad que la ciudad clasemediera de los refugiados que vivían en, por ejemplo, Paseo de la Reforma. Así que una sola ciudad es ciudades distintas según los cristales con que se la mira. Y uno “lee” su ciudad y las de los otros. Nadie camina dos veces por la misma ciudad. Cambian la ciudad y el que la camina.

—Para para terminar, ¿podría hablar de “La caza de la ballena según José Revueltas”, uno de los cuentos finales de esta colección de Portarrelatos?

—Es una anécdota que muchos le escuchamos a Revueltas, un hombre a quien admiré y quise, un perpetuo comunista disidente de todos los grupúsculos derivados del Partido Comunista y un escritor muy desigual en sus novelas pero con unos cuantos relatos extraordinarios. Cuando Pepe Revueltas, en las reuniones de amigos, bebía del compañerito Tequila —todos eran compañeritos para él, hasta decía el “Compañerito Dios”—, se convertía en Sherezada, contaba mil y una cosas… Era además un grande y feliz mentiroso, porque reinventaba las cosas vividas o vivía sus cosas inventadas. Entonces, cuando en una reunión, alguien le decía: “Cuenta lo de la ballena de Chapultepec” (¡imagínense, una ballena en el laguito artificial de Chapultepec!), contaba haber visto a un señor herido, que se subió al tranvía allá por Chapultepec, y que secretamente era la ballena herida y perseguida. Y al contarlo no explicaba nada de nada, no decía si era una ballena disfrazada de hombre, o un hombre que en otro plano de la realidad fuese una ballena: admitía la total ambigüedad. Contaba el cuento sin explicarlo, y eso era mejor. Muchos tienen distintas versiones de esa famosa historia de la ballena escapada de Chapultepec, y, sí: es posible que el mismo Pepe haya contado diferentes versiones según la reunión en que estuviera tomando inspiración del compañerito Tequila. Así que no descarto que un día nos cuente otra versión más a través de la tabla ouija.

Fuente: Diario Monitor / MÉXICO

Lunes, 23 de julio de 2007

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