El futuro republicano

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Pocas cosas llegan más rápido que las recriminaciones después de un fracaso. El martes por la noche, en Phoenix, los simpatizantes de John McCain tardaron no más de dos minutos en desalojar el lujoso salón de fiestas del Hotel Biltmore –donde habían estado esperando un milagro– para dirigirse al jardín, inmenso, donde la campaña había preparado un escenario para que el candidato hablara al final de la jornada. La molestia era palpable. “Después de que votaron por el niño bonito socialista, mejor vámonos a tomar un trago”, le alcancé a escuchar a un hombre de espalda ancha y paciencia corta. Un rato después, apareció el candidato. John McCain demostró, en su discurso, por qué ha sido y es una de las figuras más notables de la política estadounidense de los últimos treinta años. Reconoció su derrota, fue generoso con Obama y pidió a sus seguidores que respaldaran ahora el proyecto del nuevo presidente electo. McCain dejó claro que es en la derrota donde se reconoce a los verdaderos demócratas, una lección que, de haberse entendido en México, habría salvado al país de incomodidades ya incontables.

Pero McCain no fue generoso con todos. A su derecha, con el rostro endurecido, estaba Sarah Palin. Cuando McCain la mencionó, en una referencia casi tangencial, buena parte del público abucheó. Al final, cuando las dos familias se despedían en el templete, McCain apenas y tocó a su compañera de fórmula. Para entonces, el candidato seguramente se había dado cuenta del error que, para muchos, había resultado la señora Palin. Sobre todo después de la crisis financiera, que le exigió a la gobernadora de Alaska una dimensión de conocimiento que simplemente no tiene, Palin no dio pie con bola. Es posible que, sin el desplome bancario, Palin hubiese sido más un activo que un dolor de cabeza para su partido. Después de todo, hasta antes de la quiebra de Lehman Brothers, las encuestas colocaban a McCain por encima de Obama en Ohio y otros estados. Pero después del diluvio, Palin quedó al descubierto. La apuesta de McCain por conquistar a los conservadores, los obreros y las mujeres indecisas se volvió el hazmerreír de propios y extraños. Tropiezos como el célebre “puedo ver Rusia desde mi casa” o la ya legendaria broma radiofónica en la que Palin creyó ser entrevistada por Nicolás Sarkozy están ya en la historia. Apenas un día después de la derrota, algunos asesores de McCain aseguraron que Palin ni siquiera sabía que África era un continente ni cuáles países forman el TLCAN.

En el círculo íntimo de McCain no parece caber ninguna duda: es Palin quien debe cargar con la derrota. Pero se equivocan. La responsabilidad del descalabro no es de la gobernadora de Alaska sino de la dependencia del partido republicano con lo que ella representa. Después del once de septiembre del 2001, los estrategas del partido delinearon un camino para alcanzar, en menos de una década, una mayoría inquebrantable en Washington: consolidarían la importancia del voto ultra-conservador y luego se abocarían a seducir de manera definitiva al voto hispano, también conservador –calculaban– en asuntos sociales y culturales. En su conjetura genial, los republicanos jamás contaron con la voracidad de la agenda conservadora. Obligados a ceder en cualquier asunto importante para los evangélicos, los republicanos le dieron la espalda a la ciencia, al medio ambiente, al control de armamento personal, a la sensatez fiscal, al matrimonio entre homosexuales y a una larga lista frente a la cual la mayoría de los electores estadounidenses mantiene posiciones más moderadas. Así, de manera lenta pero segura, los republicanos perdieron el centro. Ni siquiera John McCain puede decirse sorprendido de que Sarah Palin resultara la imagen consumada de los valores de la derecha conservadora: ignorante, anacrónica e irresponsable. Una über-Bush, digamos.

El problema para el partido republicano es que ahora deberá liberarse del yugo ultra-conservador. La elección del 2008 deja claro que, frente a un candidato moderado realmente atractivo, la minoría de derecha no puede hacer gran cosa. La tentación, por supuesto, es buscar al “Obama republicano”, una figura suficientemente eficaz y seductora como para llevar al partido a buen puerto. Hasta antes de su colapso, Palin parecía la candidata ideal para el puesto. Ahora tendrá que regresar a Alaska a lamerse las heridas. Eso deja a los republicanos en el limbo. Pero aún hay esperanza. La primera figura que aparece en el horizonte es Piyush Jindal, el gobernador de Louisiana (en un esfuerzo por “americanizarse”, Jindal se hace llamar “Bobby”). Exitoso, católico e hindú-americano, Jindal es la estrella de moda en el partido republicano y, quizá, debió haber sido el compañero de fórmula de McCain. Pero tiene un problema: es también profundamente conservador. Eso deja sólo un nombre para el futuro del partido a largo plazo. Justo ahora, en algún sitio de Texas –donde ahora vive– está un muchacho de 32 años de edad. Su madre mexicana le enseñó a hablar español perfectamente y a conocer la cultura de la mitad de su sangre. Su padre, estadounidense, lo ha guiado con mano firme por el camino de la consolidación personal y política. Será, quizá, el primer presidente de origen hispano de los Estados Unidos. Se llama George Prescott Bush.

– León Krauze

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