Taller de estilo

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Hablar de Álvaro Uribe es hablar del estilo literario. Pocas obras como la suya, y tal vez ninguna entre nosotros, dependen tanto de los fulgores de la prosa. Es un estilista extremo: tiene fondo pero importa más su forma. Hay peso en sus historias y obsesiones, pero no tanto como en sus adverbios y adjetivos. Más aún: sus adjetivos y adverbios pesan menos que sus límpidos experimentos con la sintaxis. Cada libro suyo es un deliberado examen de palabras, formas, estructuras gramaticales. Un examen amable cuyo desenlace previsible es la depuración del idioma. Ejemplo de esto es Por su nombre, la segunda de sus tres novelas; en ella, un largo viaje a París se resume, aceptablemente, en la repetición de tres o cuatro fórmulas sintácticas. Viajamos menos en el espacio que en el idioma, reducido a su esencia. Dramáticamente es una novela discutible; formalmente es tan perfecta como un cuento de Juan José Arreola o un ensayo corto de Alfonso Reyes. Virtud hermosa: llevar la perfección estilística de géneros breves a otros más extensos.
     El taller del tiempo, su última novela, no es menos sorprendente. Un rasgo asombra desde el principio: no sólo seduce la forma, también el fondo. Al revés que en aquella novela, la trama importa yfunciona sin tropiezos. El escenario es la ciudad de México y los protagonistas, tres generaciones de hombres filialmente enfrentados. El abuelo, Miguel Primero, combate secretamente a su hijo, Miguel Segundo, y éste a su propio primogénito, Miguel Tercero. Todos se empeñan en un mismo esfuerzo: construirse una personalidad al margen de su nombre unánime. Uno de ellos morirá en el intento; los otros sobrevivirán deseando revertir el tiempo. Pero el tiempo se revierte sólo en la novela, donde se suceden narradores, espacios, días. Observamos todo desde diversos puntos de vista y al margen de las leyes temporales. No es una novela familiar al estilo clásico: no hay ascenso, sólo descenso, observado desde diversas perspectivas. Uribe conoce el secreto decimonónico: la familia es un topos narrativo infinitamente explotable.
     La sabiduría narrativa de Uribe apenas si necesita ser destacada. No pretende ser meramente un estilista, y para ello subraya valores ajenos a su prosa. Gusta, por ejemplo, de desplegar detallados cuadros realistas. Defensor de Federico Gamboa, esboza un amplio mapa de la ciudad de México, como antes en Por su nombre. Asimismo, ocupa parte de su tiempo en el trazo cuidadoso de personajes e historias. El resultado, al menos en esta novela, es resueltamente satisfactorio: los personajes son redondos; las historias, consistentes. El enfrentamiento padre-hijo, lugar común de toda literatura, cobra una intensidad importante en estas páginas. Un par de Telémacos, dudosos, salen en busca de sus padres, Odiseos que no desean ser encontrados. El viaje, estático, incluye cenas familiares, terapias grupales, peceras habitadas por peces asesinos. Nadie llega a su destino, pero todos marchan acompañados de una prosa envidiable. El viaje se justifica en el estilo.
     De nuevo, el estilo. Con Uribe uno vuelve siempre al estilo. El asombro no cesa, crece. Su prosa es tan exacta aquí como en sus trabajos anteriores. Nada sobra, nada falta. Es económico cuando quiere, generoso cuando lo necesita, y elegante en todo momento. Es, además, dueño de varios registros narrativos. Este libro está construido como una amplia galería de voces. Cada capítulo es narrado de manera distinta, con tonos y acentos discrepantes. Va de la economía verbal a los laberintos coloquiales, de los diálogos realistas a las digresiones inteligentes. Violenta la puntuación, renuncia al barroquismo, alecciona sobre la limpieza estilística. Es tan perfecta su prosa que forma y fondo se confunden indisolublemente. Uno no sabe si el estilo se somete a las necesidades de la trama, o si la trama surge de ciertas necesidades estilísticas. Los personajes tienen las voces que precisan; las palabras, los argumentos que demandan. Feliz matrimonio: el fondo emerge de la forma; la forma, del fondo.
     Hermosa y exacta, su prosa alcanza la virtud última: un cierto automatismo. Su funcionamiento es tan seguro y preciso como el de, por ejemplo, una ecuación matemática. De pronto, se desprende del autor y se sujeta a dos o tres reglas sintácticas básicas. Avanza a su propio ritmo, fija sus propias reglas, justifica sus propios elementos. No está abierta a veleidades autorales ni a súbitos vuelos líricos; es un fino artefacto de relojería y camina con precisión casi atómica. Sería una prosa felizmente monolítica de no ser por sus repentinos cambios de reglas. A cada capítulo el juego muda: son otras las disposiciones y otros los criterios sintácticos. Cambian las reglas pero se conserva el funcionamiento matemático. Trabaja, como el Oulipo, a punta de restricciones: se prohíbe ciertas cosas y tolera apenas unas pocas. Un voto de castidad anticipa cada apartado. Las costuras del estilo quedan a la vista. El alquimista de las palabras trabaja frente a nuestros ojos.
     Álvaro Uribe, apenas si hay que decirlo, es uno de nuestros escasos autores mayores. ~