El mirón Miret

Una tarde de Madrid y de marzo, en l980, en el lado norte de la plaza de la Cibeles, Pedro Miret y yo, apoyados de espaldas contra la verja del Ministerio del Ejército,  estuvimos no sé cuánto tiempo mirando silenciosamente hacia el roqueño Palacio de Correos.
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Una tarde de Madrid y de marzo, en l980, en el lado norte de la plaza de la Cibeles, Pedro Miret y yo, apoyados de espaldas contra la verja del Ministerio del Ejército,  estuvimos no sé cuánto tiempo mirando silenciosamente hacia el roqueño Palacio de Correos (tan feo e irónicamente tan hermoso como su correspondiente en la Ciudad de México), dejando sólo que el tiempo transcurriera y midiéndolo con el cada vez menos lento trepar de la sombra por aquella fachada y el suave escurrirse hacia arriba de una luz dorada que finalmente acabó de lamer la cima del edificio,  bañándolo en la sombra gris y  friolenta en la que  nosotros, como toda la vida que bullía en el lugar, ya estábamos sumergidos.

Desde el jardín de atrás de la verja un soldadito vino a preguntarnos qué hacíamos tanto tiempo allí y a informarnos de que allí no se podía estar, y sólo se nos ocurrió decir que esperábamos a un amigo, porque ¿cómo explicarle que nuestro único propósito era el de vivir intensamente ese instante, ese evaporarse de la luz tardecina, de la última lengüetada del sol en un pico alto de la plaza, pues entendíamos que esa era una de las formas de vivir intensamente el tiempo, de respirarlo, de alguna manera verlo, pues la  retirada de la luz y la invasión de la sombra eran modos de hacerlo visible? El buen soldadito aragonés que nos invitaba a apartarnos de la reja no nos hubiera entendido. O quién sabe. Lo cierto es que ahora (1º de enero de l989), a unos pocos días de la muerte de Pedro Miret en el final del año, se me vuelve un momento privilegiado de la memoria aquella tarde marceña de Madrid.

No era frecuente que la realidad fuese común y corriente,  esa cosa porosa y gris de todos los días, cuando uno estaba con Miret. Una noche fuimos María y yo a cenar a su casa, entonces en la colonia Polanco, y cuando subíamos en el elevador hubo un leve terremoto que interrumpió el servicio eléctrico y nos quedamos entre el piso de los Miret y el inferior, con la puerta del vehículo abierta, y Vicki y Pedro, tras habernos presentado a su progenie, de la que recuerdo un niño que era el exacto facsímil del protagonista le Petit Prince, libro por cierto que Miret hallaba abominable de falsa ingenuidad y de pretensión “trascendente” (para él esta palabra era siempre peyorativa),  trajeron velas encendidas y estuvieron una media hora tendidos en el suelo, al nivel de nuestras miradas, charlando con nosotros, los amigos cautivos del sismo. Media hora después, cuando nos desenlatamos del elevador, Pedro nos dedicó su libro recién aparecido, añadiendo a la dedicatoria una anotación admirable, que nos llegó desde la radio, otra vez despierta por el retorno de la energía eléctrica: 21 oct., 81, noche de temblor, esc. de M.  7.2, y no sé si Pedro con la última cifra se refería a la escala de Mercalli o a la de Miret, porque él tenía su propia  y singularísima escala para todo, su mirada de extraterrestre en perpetua y absorta visita en esta Tierra.

Hubo un tiempo en que se diría que, además de Vicki, su esposa y admiradora desenfrenada, Miret sólo tenía cuatro lectores: Juan Almela y Gerardo Deniz (dos escritores en uno) y Luis Buñuel y yo. Y aparte del excelente prólogo de Buñuel a la segunda edición de Esta noche vienen rojos y azules ( el único texto de tal género que el cineasta habrá escrito en la vida), estoy seguro de que por décadas nadie excepto yo comentó los libros de Miret. La verdad es que nunca he tenido, como comentarista de literatura, mucho éxito en mis “promociones”. Llevo no sé si un cuarto de siglo imtentando que se descubra o redescubra a Ramón Gómez de la Serna en México, y aunque en eso fui apoyado con una carta pública que me dirigió Julio Cortázar, publicada en la primera plana de Excélsior (claro que ese honor periodístico se debía al renombre de  Cortázar, no al de Ramón y mucho menos a mi desnombre), no he obtenido gran cosa, ni siquiera que una casa editorial me publicara una antología ramoniana, con apasionado prólogo mío, en el centenario del precursor de tantas vanguardias.Con Miret no he tenido mejor suerte, salvo la de convencer a unos pocos ya convencidos, unos cuantos iniciados que al encontrarnos intercambiamos miradas como testigos silenciosos  de lo miretiano que es a veces el mundo. Alborozado, pero también con un melancólico sentimiento de trop tard, veo que recientemente los jóvenes, Luis Ignacio Helguera, Christopher Domínguez, Noé Cárdenas, Scarlet Kelly Alonso, Eduardo Mateo, se interesan en ese gran  Excéntrico de las letras, ese gran Irregular de la Escritura, ese Robinsón de la Realidad, que fue Pedro Miret. O  bien Pedro F. Miret, con una efe, esa enigmática  efe que si alguna vez supe qué trivial apellido implicaba, lo he olvidado.

Miret era un plurivocacional, claro que de cualesquiera vocaciones,  con tal que no fueran manidas. Fue arquitecto fantástico y truncó deliberadamente su carrera el día que se convenció de que nadie le patrocinaría su proyecto de edificios blandos; fue dibujante hábil para poner, en la escena del papel, cotidianidades misteriosas; fue un crítico musical, ágrafo en esa especialidad,  que traidoramente negaba la   misma música seria, que secretamente degustaba, pese a todo, y afirmaba que la única música que vale la pena, la única inmortal, es la chiflable, es decir la que uno puede interpretar chiflando; fue decorador extravagante de algún film, por ejemplo la no menos extravagante versión de Pedro Páramo que hizo Bolaños con el título de La media luna; fue escritor de los cuentos más extraterritoriales de la narrativa mexicana o de toda la de habla española; y, último y no menos importante, quizá su vocación más poderosa fue la de mirón deambulante, fascinado por los momentos muertos y los hoyos negros y los automatismos de la realidad común y corriente, si es que existe tal cosa.

Miret, escritor inclasificable, escritor de una gracuiosa, y finalmente experta, impericia. Nada tiene que ver con el Arte de las Letras, con los prestigios y las prestidigitaciones de la Escritura, de la Prosa, del Estilo. Escribe sin ningún cuidado de la forma, sin trabajar páginas intachables y bellas, frases resplandecientes de corrección y de gracia, astucias retóricas, gags ingeniosos, y a cambio de eso, como sin querer, se deja llevar por un nato don de narrador, de tusitala fatal, con una escritura inmediata, nada autocontemplativa, leal a la mera  anotación de un hecho tras otro, de una cosa y otra y otra,  en presente de indicativo, casi siempre en primera persona gramatical pero desde una rara suerte de yo desindividualizado, sin buscar significados, contenidos, moralejas, filosofías, psicologías,  sin pretender construir una historia, pero nunca dejando de contar algo: pasa esto, veo aquello, hay tal cosa. Las más de las veces las situaciones de sus cuentos no tienen nada de anormal o misterioso, y sus personajes son tipos cualesquiera de los que ni siquiera podríamos decir que tienen posible biografía o visible rostro: más bien son presencias casi impersonales, siluetas en hueco a través de las cuales el escritor y luego el lector pueden colarse en el relato y hacer suyas sus peripecias. No sucede en principio nada fantástico, pero poco a poco una especie de otra realidad empieza a filtrarse en la narración a causa de un detalle un poco discordante o demasiado normal y acostumbrado, o por alguna cadena de repeticiones de hechos triviales, que nos llevan imperceptiblemente a un sentimiento de total extrañeza bajo cuya aparente, ocasional comicidad, puede haber algo muy inquietante.¿Cuentos fantásticos o de misterio o del absurdo o de humor negro? Una frase de un surrealista se ajustaría algo al mundo narrativo de Miret: “Existe otro mundo, pero se halla en éste”.

Quizá una de las cosas que pueden haber distanciado a Miret de sus muchos lectores en potencia es la persistente manía de llenar los relatos metiendo entre frases, oraciones, cláusulas, sus características y viciosas (pues ya tener carácter es tener un vicio) ráfagas de puntos suspensivos. Hay quienes le admiten eso a Louis Ferdinand Celine por la tensa energía de su prosa escrita como por un humano motor a explosión verbal. La prosa de Miret nunca es explosiva, en ella los puntos suspensivos son  pequeñas anacrusas, como en la música (a lo que más se parecería la prosa de Miret, virtuosismos y preciosidades en menos, es a la música de Satie), son como los minutos o como los segundos que separan y a la vez comunican a un hecho  respecto de otro, como los parpadeos de Buster Keaton cada vez que se asombra de ver a la realidad dimitir de sí misma, aquellas obturaciones y aperturas, aquellos flashes de la mirada que caradepalo Buster, gemelo espiritual de Miret, practicaba cuando se veía en una situación distinta, desconcertante o adversa. Porque, desde luego, todos los personajes de Miret son Miret y son tú y yo y son nadie. La efe misteriosa que Pedro ponía antes de su cabal apellido, quizá signifique fantasma. Ese fantasma es yo, tú, él, ninguno, nuestro semejante desemejante, nuestro habitual y desconocido hermano, a final de cuentas el sincero e hipócrita lector,  o como quien dice Todoelmundo.

Leer, entrar en un cuento de Miret es entregarse a una experiencia nueva y que sólo lateral y como inevitablemente es literaria o estética. Abolido en el texto cualquier propósito filosófico, moral o formal, sólo queda el testimonio directo o reportaje de una aventura de extrañación de lo cotidiano. Lo cotidiano registrado “en bruto”, sin las claves que para racionalizarlo le imponemos para poder vivir la “vida de todos los días”, esa forma de existencia en la que, por ejemplo, estamos en nuestra hogareña sala, en el sillón de siempre, en el ambiente familiar, y estamos convencidos de que eso es la realidad; pero de pronto estamos allí mismo como por primera vez, como podría estar un marciano recién aterrizado e infiltrado en nuestro “ser”  y enfundado en nuestra bata y nuestras zapatillas, y ya todo lo que suceda, aun cuando no suceda nada, será una progresiva, acelerada, desconcertante aventura que ha comenzado en el perímetro de esa sala y se ha extendido a toda la casa, a la calle, a la ciudad, al mundo. Narración nada más: sucede esto y esto y esto, y la mera sucesión de hechos, de accidentes, de actos, de miradas, de gestos, de pausas, de puntos suspensivos, de parpadeos, las aceleraciones, detenciones, deslizamientos, lentitudes, que nos hace recorrer Miret como en el palacio de las Sorpresas de una feria a la vez sórdida y magnífica, resultan en efecto una aventura prodigiosa que nunca abandona este mundo, esta realidad, esta existencia. Miret es un Gómez de la Serna sin greguerías, un Felisberto Hernández sin ensoñación, un Kafka sin símbolos ni significaciones, es sólo y nada menos Miret, nuestro desconocido hermano que nos olvidamos de ver en el espejo, el marciano que tenemos aguardando en el sotabanco de nosotros, y con el descaro de proponer lo ordinario y tranquilo como extraordinario e intranquilizante. Una poesía sin pohesía  puede desteñir de eso:

la señora de la casa nos dijo… “tengo algo muy especial que enseñarles, un espectáculo tan maravilloso que seguramente han visto tantas veces que ya no le prestan atención… apagó la luz, corrió las cortinas y dejó que por la ventana entraran los rayos de la luna… efectivamente a todos nos pareció maravilloso… pero al cabo de cinco minutos ya teníamos bastante… 

En cambio, en los cuentos de Miret, y porque Miret nos contagia su mir(et)ada, nunca tenemos bastante. 

La imagen más característica del personaje siempre uno y siempre distinto de Miret yo diría que es la de ese hombre del relato “Incursión”, una de sus pocas narraciones que se resignan a ser cuentos redondos: ese hombre cualquiera que la noche del sábado, después de bañarse, listo para acostarse y quizá leer un rato, mira casualmente por la ventana hacia las azoteas, en cuyo paisaje habitual ve un lejano anuncio luminoso nada extraordinario pero ilegible por la distancia, y, entonces, desnudo, sale por la escalera de servicio (quiere decirse que salgo, que sales por esa escalera), y comienza para él (para tí, para mí, para cualquiera) una expedición a través del desordenado ajedrez de las azoteas, de ese archipiélago de rectangulares isletas griseas, esa selva anodina de tendederos de ropa, antenas, tragaluces, chimeneas, una expedición sin nada particular, salvo todo, cada pequeña cosa, cada paso que damos, y mientras tanto nuestro cálido departamento, tan real, tan nuestro, con su sala y la bata y las pantuflas, se va quedando atrás, acaso irrecuperable ya, una Itaca perdida en la noche, porque esta es la aventura de un Ulises ordinario e irrisorio. Para reír o temblar, a escoger.

Yo sé que cada vez que vuelva a tomar un libro de Miret y descolgarme por sus puntos suspensivos estaré nuevamente en el anochecer marceño de Madrid, mirando simplemente el irse de la luz sobre la fachada del edificio de Correos (“la señora de la casa nos dijo… tengo algo muy especial que enseñarles”), o estaré en el elevador entre dos pisos, a la luz de unas velas, tras un terremoto (“noche de temblor, esc. 7,2”) charlando con Miret. Nuestra amistad es ya infinita, hasta que mi muerte, tramposamente posterior a la suya, nos separe definitivamente… y pienso todavía defenderme un poco.

[P.S. En aquella ocasión de la luz última sobre Correos, puesto que en la placidez de nuestra contemplación sentimos que había ocurrido un paréntesis de silencio en el rumor de las avenidas y las calles convergentes a la plaza de la Cibeles, un latido en falso en el ritmo de la ciudad, se me ocurrió decirle a Pedro: Qué extraño, Qué extraño qué, me dijo, Qué extraño que en esta pausa no se haya escuchado el chirrido, El chirrido de qué, me preguntó, El chirrido de la Tierra, ¿Cómo?, El chirrido que  debe hacer la tierra, imagínate esta gran máquina enorme, torpe, gastada, oxidada que es la tierra, girando sobre su eje, rozando el vacío constantemente, eso tendría que hacer un ruido enorme, y Pedro me siguió la ocurrencia, Claro, un chirrido insoportable como el del gis en el pizarrón, pero gigantesco, ¿y por qué no lo habremos oído ahora que hubo este raro silencio?, No sé, dije, tal vez porque lo hemos estado oyendo siempre, desde antes de nacer, es decir que de tan audible ya no se le oye, como la carta perdida del cuento de Poe, que la policía no la encuentra porque ha estado todo el tiempo de la investigación en el lugar más visible, Eso es muy bueno, eso lo debía haber dicho yo, dijo Miret, es más, lo voy a decir en un cuento, te lo voy a robar, y yo: Róbatelo, Miret, te lo agradeceré. No cumplió, no me lo robó, y me  privó del gusto de leerlo en una página suya, pero es verdad que yo también he quedado mal con él, porque en momentos a la vez comunes y extraños de la realidad, me he dicho: Esto es un cuento de Miret por escribir, debo escribirlo yo en nombre de Miret, y tampoco he cumplido, que muy bien sé que aunque el azar me dé cuentos de Miret, ocurrirá que sin la mirada de Miret, sin su prosa inmediata y sabiamente inocente, sin su respiratoria técnica de los puntos supensivos, sin su estilo invisible pero existente, nunca saldrán bien. ] 

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