El mito de la igualdad y la violencia de género

AÑADIR A FAVORITOS

 

Los hombres y las mujeres son iguales ante la ley. Tienen los mismos derechos y libertades. Es un triunfo de las sociedades occidentales, y de su tradición ilustrada y librepensadora, que esto sea, a día de hoy, una realidad. Sin embargo, hay cosas que se resisten a cambiar, como es el caso de la violencia hoy llamada “de género”, antaño “doméstica” y no mucho más atrás “crimen pasional”. Que estos sucesos continúen llena de frustración a algunos ciudadanos y, especialmente, a unas ciudadanas que se lamentan de que los nuevos tiempos no hayan traído un cambio en la manera en que algunos hombres dirimen conflictos en el seno de la pareja. Y le dan la culpa a “la sociedad” y sus “roles”. Como ejemplo de ello: hace unos días me entretuve leyendo una “carta al director” que enviaba una escritora andaluza a El País Semanal. En ella relacionaba algunos estereotipos, “la niña y sus muñecas”, con la desigualdad y la necesidad de que exista un Ministerio de Igualdad ante el drama de que 41 mujeres hayan sido asesinadas por sus parejas en lo que va de año. Señalar la pervivencia de lo que la autora considera “estereotipos” como culpable de la situación es un callejón sin salida que ya no tiene ningún sentido. Este empecinamiento es fruto de una corriente de pensamiento muy arraigada entre mujeres y hombres que se adhieren a un feminismo que en realidad surge de la deriva irracionalista del estructuralismo, el modernismo y sus secuelas post que se rebela ante la evidencia de que hombres y mujeres no solo no son iguales en habilidades y conductas, valores e intereses, sino que, como veremos enseguida, en los tipos de siniestralidad. Esto ocurre porque los que siguen esta corriente no creen que haya diferencias entre los sexos sino diferencias “de género”, que es lo mismo que asumir que cualquier distinción de rasgos entre unos y otras está ideológicamente sesgado o “socialmente construido”. El profesor Martin Daly, autor de algunos de los mejores estudios sobre violencia doméstica y sobre el papel de la pareja en los nuevos entornos familiares, se expresaba con esta contundencia en una reciente entrevista para Terceracultura.net: “Quienes piensan que las diferencias en la conducta que experimentan los distintos sexos son meros productos de la cultura, mensajes o roles son simplemente unos ignorantes: la evidencia de que las diferencias entre sexos son en algún grado producto de las diferencias naturalmente seleccionadas entre cerebros masculinos versus cerebros femeninos es inequívoca.” Sin embargo, pervive esta idea de que no existe una verdadera naturaleza del hombre y de la mujer y que el problema es la falta de educación y la renuencia de los hombres a ver a las mujeres como iguales. Pero no hay ministerio que logre por decreto crear “otro modelo de masculinidad”, por ejemplo. El hombre no es una tabla rasa. Pertenecemos a este acervo vivo antiquísimo, a esa cadena ancestral. Estas diferencias también dan como resultado que existan siniestralidades ligadas al sexo. Por lo que respecta a los hombres, por dar unos datos concisos, mueren siete años antes que las mujeres, componen el 93% de los que fallecen por accidentes en el trabajo, son el 85% de los sin techo, cometen suicido cuatro veces más y son los que, cuando llega el momento, van a la guerra obligatoriamente. Vistas las cifras, casi podríamos decir que el accidente laboral es una muerte de “género” típicamente masculina, mientras que el abuso o el asesinato por motivos sexuales son causa típica también de siniestralidad del género femenino (aunque los hombres también sean víctimas de mujeres homicidas). Se puede aducir que en el accidente laboral no hay un “agresor” (aunque esto también se podría discutir) y que en el caso de la violencia doméstica está muy claro, y encima es quien amorosamente compartió almohada con la víctima. Pero existen unas características que, sin que sirvan en absoluto de excusa para los casos concretos, sí aportan explicaciones de los motivos generales subyacentes.

Vamos a hablar de dos: el estatus y los celos. El primero es causa de violencia masculina: en la competición por las parejas sexuales los machos con un bajo estatus solían quedarse sin descendencia. Hay muchas cosas que amenazan el estatus de los hombres: ser pobres, no tener un reconocimiento ante otros hombres, no conseguir recursos o poder… Así, cualquier cosa que recuerde a un hombre su frágil condición, como la infidelidad o el abandono, puede propiciar el resentimiento y la agresión. El bajo estatus masculino es un factor a tener en cuenta en las posibilidades de violencia doméstica. Un hombre de bajo estatus es, como dice la bióloga Helena Cronin, un macho de bajo estatus. Eso le implicará dificultad en encontrar pareja o en conservar la que tiene. También que los hijos no sean, en realidad, suyos. Según la doctora Cronin, solo uno por ciento de los hombres de elevado estatus sufrirá de paternidad “dudosa”. Los hombres que habitan en zonas deprimidas o están desempleados tienen un 30% de posibilidades de que los hijos que creen suyos no lo sean. Lo segundo, los celos, resultan del pánico instintivo de los machos a criar hijos que no sean suyos. Desde que se inició cierta regulación del acoplamiento monógamo, la solución del macho para asegurar su paternidad ya no opera a través de la defensa del territorio o el rango sino a través del escrutinio de la pareja. A través de los celos, en una palabra. Son una ancestral solución evolutiva que nace de lo más profundo y que, en el caso de los hombres, al ser más fuertes que las mujeres, les convierte en compañeros peligrosos. Las mujeres, aparentemente, manifiestan los celos de otras maneras, aunque también tengan explosiones de revancha sexual que desembocan en violencia. Pero los celos o el rencor por la pérdida de una pareja son la causa principal de la agresión sexual del hombre. Hay investigadores que sostienen que los celos, como programa atávico, han perdido su función adaptativa prehistórica. Consideran que son poco más que un trozo de basura genética y que los seres humanos aún no hemos sido capaces de mudar hacia una nueva estrategia adaptativa por el poco tiempo transcurrido en la evolución. Sea como sea, los celos son inseparables del amor, sobre todo en exclusiva. Quizá porque el sentimiento de pertenencia está inscrito en el cableado básico de la mente del hombre y de la mujer.

Por ello, porque ignoramos sobre qué base nos movemos, la Ley de Protección Integral contra la Violencia de Género no ha impedido que siga habiendo violencia doméstica, con el más fuerte abusando del más débil. Y ha errado planteándolo como un enfrentamiento entre el sexo bueno y el sexo malo, llegando incluso a conseguir algo tan inconstitucional y tan alejado de la igualdad de derechos entre las personas como que un delito se considere más grave en función del sexo del agresor. La falta de comprensión del problema, lo anticuado de los presupuestos de quienes dirigen estos organismos les han llevado a un portentoso fracaso. Es cierto que la educación puede hacer mucho para suavizar el conflicto de intereses entre hombres y mujeres. El profesor Daly, en la misma entrevista, aseguraba que en Estados Unidos, en los últimos treinta años, han sido testigos de un remarcable descenso de los porcentajes de hombres que matan a sus mujeres por ser infieles o abandonarles, y es una hipótesis razonable que este declive refleje un cambio en las sensibilidades. Para él, los hombres norteamericanos experimentan aún su inclinación a tratar a sus esposas como su propiedad, pero ya no se sienten con el derecho a hacerlo. Yo creo que algo similar está ocurriendo aquí puesto que el porcentaje de maltratadores cuenta con numerosos miembros de colectivos inmigrantes procedentes de países con menos tradición de libertades, especialmente para las mujeres. Pero el miedo al abandono, los celos sexuales o el temor a la vergüenza y a la pérdida del estatus están grabados en lo más profundo de nuestro cableado íntimo. La década de los noventa ha producido una verdadera revolución, un avance prodigioso en las neurociencias, con repercusiones muy importantes en la filosofía, la psicología cognitiva (sobre todo, en la psicología evolucionista) y en la sociología psicologista. Es hora de que haya una nueva hornada de políticos con mayor conocimiento de la importancia de las aportaciones de la ciencia en un campo que ha estado dominado por visiones esencialistas y basado en clichés. ~