El regreso de Marcos

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Después de un año y medio de silencio, reaparece el Subcomandante Marcos. ¿Un sabático largo para poner orden en sus ideas, desechar pulsiones autoritarias y concentrarse en su causa, debatible en sus términos pero incuestionable en algunos de sus fines, y renacer de sus cenizas, de su autismo, como un líder político confiable, sujeto a la crítica y a la confrontación libre de las ideas, en un México nuevo, plenamente democrático? Vana ilusión. Más ultra que nunca, mal asesorado, sin la poca gracia que alguna vez tuvo su pluma, pero con las mismas taras ideológicas, el Subcomandante ha tenido un lamentable regreso. En su primer comunicado, con toda la parafernalia de datarlo en algún lugar del Sureste mexicano y seguir jugando a ser la voz de un inexistente ejército zapatista, se despachó contra el Partido Acción Nacional, la derecha mexicana, una organización de indiscutible vocación democrática, que bregó de manera pacífica por medio siglo para hacer posible la alternancia en el poder; contra el pri, partido discutible y abusivo, pero eje central sobre el que se construyó el México moderno, dueño aún de una sólida base social y, hasta hace un parpadeo, claramente mayoritario en el país, y contra el Partido de la Revolución Democrática, la opción electoral de la izquierda, que nace de la gesta democrática de 1988 de Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo y que ha sabido consolidar una base de poder para la izquierda institucional, con la capital de la república de buque insignia. Es decir, el arco iris completo de la política mexicana y la suma de más del 95% de las preferencias de voto. También atacó Marcos a los medios de comunicación y a la alta intelligentsia mexicana. Es decir, nihilismo en estado puro. Pero su tentación de abismo no paró ahí. En un segundo comunicado, dirigido a celebrar una reunión de zapatistas en Madrid —causa que sigue despertando los afanes redentores de los europeos que desconocen la compleja realidad del estado de Chiapas y la lucha de los pueblos indios de México por formar parte, en igualdad de condiciones, del destino de la república—, el Subcomandante se despachó contra el rey Juan Carlos, jefe del Estado español y figura de indudable consenso como pieza clave en la transición pacífica a la democracia en España; contra Aznar, presidente de gobierno elegido democráticamente por la mayoría absoluta del pueblo español; contra Felipe González, bajo cuyo gobierno España consolidó de manera definitiva su democracia y entró como miembro de pleno derecho en la Comunidad Europea, y contra el juez Baltasar Garzón, un héroe de nuestro tiempo y una de las figuras jurídicas más relevantes del mundo.
     Pero todo lo dicho hasta acá es nada. Es lo normal en el Subcomandante y su dedo flamígero. Lo novedoso de su agenda política es la defensa de ETA. Si bien es cierto que es un rumor de lustros la presencia de miembros de ETA y su entorno en Chiapas, y que La Jornada, el periódico que hizo propia la causa zapatista, tiene entre sus altos mandos a una controvertida figura formada en el diario Egin, órgano oficioso —y cómplice— de ETA hasta su clausura por la justicia española, la verdad es que nunca como ahora se había desnudado la ideología totalitaria que subyace en el discurso de Marcos. ETA es el argumento del tiro en la nuca y la dialéctica del coche bomba, ETA es la historia de más de ochocientas vidas que ya no podrán escribirse, ETA es el reino del terror, la limpieza étnica, la intimidación, el sinsentido, la sinrazón, la crueldad y la mentira.
     Juan Pedro Viqueira, Pedro Pitarch, Jean Meyer, Roger Bartra, Maite Rico, Alma Guillermoprieto, Enrique Krauze, Gabriel Zaid, Bertrand de la Grange, Carlos Tello Díaz, entre otros muchos, han construido, a lo largo de estos años, un corpus crítico de la figura y las actuaciones del Subcomandante Marcos. La conclusión genérica podría ser ésta: detrás de la máscara no se esconde un abnegado defensor de los pueblos indios, sino un redentor mesiánico, intoxicado de althusserismo agudo, convaleciente de foquismo guevarista crónico, enfermo de liberacionitis y con ataques de castrismo colérico. Todo matizado por la renuncia, evidentemente táctica, al uso de las armas. Pero no a su ostentación, apología y retórica. Más que una esperanza, un peligro; más que una senda de futuro, un fantasma —metamorfoseado de multiculturalismo light— del pasado.
     Bienvenido sea este strip tease moral, para que quienes lo apoyan, desde la simpatía y admiración naturales que despiertan los pueblos indios de México, o desde las múltiples —y contradictorias entre sí— trincheras de la globalifobia, no apelen luego a desconocimiento de causa. ~


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