El retraso perpetuo de las democracias

A la democracia le compete solamente repetir, constantemente renovada, la pregunta sobre la libertad y la justicia.
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Esquilo le importa tanto la justicia que enfoca toda la trilogía de Orestes en la intervención y resolución de Atenea en un juicio en el que el jurado debe resolver, por votos, si Orestes debe ser castigado o absuelto. Celebración de la justicia y origen de la justicia entre los seres humanos: el regalo de la diosa. Las formas políticas, en cambio, le merecen a Esquilo una escena que no sé si leer como hilarante o exasperante: Agamenón está siendo asesinado por Clitemnestra y Egisto, dentro de su palacio; los ciudadanos, el coro, se da perfecta cuenta de la emergencia. ¿Qué hacen? Se dividen en grupos, hablan de modo caótico, discuten, proponen unos actuar, otros hacer una asamblea, deliberar. Votan por una, otra y otra opciones. De pronto, aparece en escena Clitemnestra: el acto criminal se ha consumado mientras las formas democráticas paralizaban al pueblo y lo volvían torpe, titubeante, inepto.

No sabemos cómo pudo reaccionar el público ateniense. Queda solamente la escritura seca, sin tonos, sin sonido, sin representación. Los atenienses solían despreciar sus formas democráticas. De Esquilo a Sócrates y Platón creían que las labores públicas de la ciudadanía eran una lata y costaban no solo tiempo sino prestancia resolutiva. La democracia, incluso en su forma directa, nació como un engorro de ocupaciones que volvían lenta y titubeante la vida activa. Y terminaron por ceder a la tentación de que gobernaran los mejores. La aristocracia pudo acabar con el lío democrático y, al fin, con Grecia, pero tanto Esquilo como Sócrates (que eligió someterse a juicio y morir según el veredicto popular) amaban su impartición de justicia. Al menos, tenían el corazón del lado correcto: nada hay más importante que la justicia.

Muchos siglos después, en 1904, Chesterton escribe El Napoleón de Notting Hill, y propone una idea genial: para qué los partidos y las campañas políticas si, gane quien gane, el asunto no termina ni mejor ni peor que el puro azar, y resulta mucho más racional, sencillo y económico simplemente elegir rey por sorteo. La novela sucede en 1984. Curiosamente, veinte años después, Chesterton publicó el primer ensayo de George Orwell, cuyo 1984 es el horror obsesivo ante la pérdida de la libertad por la “indiferencia general ante la decadencia de la democracia”. Chesterton y Orwell tienen el cerebro del lado correcto: se trata de la libertad. Solo existen las cosas humanas si se presupone la libertad.

Y ese es el embrollo que queda en juego: la libertad y la justicia. Las únicas ideas políticas. Todas las demás derivan de ellas. El problema: ningún orden humano, social, político ha sido suficiente. Son imperativas, y quedan como cuestionamiento, pregunta, búsqueda. Y hay dos modos de pensar acerca de estas cuestiones últimas. La primera supone un modo de hacerlas terrenas y actuales. Es la vía que sale de la República de Platón y llega hasta nuestros días con distintos órdenes utópicos. Ninguno ha sido ni posible ni, en los hechos, deseable. La segunda supone que las sociedades van a la zaga de sus objetivos últimos, pero siempre con retrasos y, aunque corregibles, nunca se alcanzará la etapa final de una sociedad sin cuitas, libre y justa. A las primeras las llamamos tiranías; a las segundas, sociedades políticas, democracias. Es el viejo dilema del reloj: ¿qué es más preciso, un reloj parado pero que al menos dos veces al día da la hora exacta o un reloj que se atrasa un poco y se acerca, pero jamás dará la hora precisa? Las democracias implican un retraso perpetuo: ni el pueblo se pone de acuerdo para salvar a Agamenón, ni en realidad quiere gobernantes.

La libertad y la justicia guardan un problema serio: la tendencia ingenua de suponerlas simétricas. No lo son. Forman el lugar de lo humano, pero ni siquiera están en la misma dimensión. Una muestra sencilla. Digamos que toda violación de la libertad es una injusticia; de ahí, la libertad parece un subconjunto de la justicia y, por tanto, el concepto primario debería ser la justicia. Pero al mismo tiempo no es posible pensar al ser humano sino bajo la especie de la libertad: sin libre albedrío no hay humanidad y, entonces, la justicia es un producto de la libertad. Es decir, justicia y libertad son conceptos en movimiento, fluidos y causa uno del otro. Ninguna definición ha sido satisfactoria; todas caen, más temprano que tarde, en aporías o círculos viciosos. Sabemos, eso sí, que cualquier orden político, social y económico que parta de una idea dura, con una definición cerrada de la justicia y la libertad, se convertirá, desde la República platónica, en una tiranía. La política sustentada en la razón no es, entonces, sino la aceptación de algunas incertidumbres básicas, no de certezas. Es una labor de reparaciones, adecuaciones, cambios. La racionalidad más dura no ofrece sino un modelo analítico, pero no descriptivo, del ser humano.

No tiene nada de peculiar que la democracia sea el sistema político más quejumbroso y mediocre. Está en su contrato. Así funciona: mal, lento y caro. La vida política podrá buscar el bien pero se ordena según el mal. No tiene nada de raro que, tras el fin de la Guerra Fría, hayamos visto un movimiento pendular del entusiasmo al resentimiento. En menos de cuarenta años la temperatura política mundial fue de la fiebre democratizante hasta la rabia por tener que nadar “en las aguas heladas del cálculo egoísta”.

Los ciudadanos están desilusionados y enojados con los regímenes democráticos y la filosofía política (intelectuales, politólogos, analistas, etcétera) se encuentra también en un dilema: defender un sistema tedioso o llamar al desengaño: la democracia fue un fraude. Y es que las democracias tienen, han tenido y tendrán siempre, zonas oscuras y equívocas; las sociedades nunca estarán libres del crimen, pero hoy parece cundir la noción de que el crimen es la democracia misma.

El lado oscuro de la democracia (2005), de Michael Mann, lleva un subtítulo apabullante: “Un estudio sobre la limpieza étnica”. Mann había publicado algunos ensayos sobre la conformación despótica de los Estados burocráticos que ponían en solfa algunos temas mejor tratados por Kafka que por los politólogos: las burocracias como secuestro de la justicia y aplastamiento de la ciudadanía. En este libro propone ocho tesis y muchos casos para mostrar cómo una democracia fácilmente puede falsearse y convertirse en genocida. Basta transformar la idea original de démos (‘pueblo’, ‘población’, en griego) por la de éthnos (también ‘pueblo’, pero en sentido de grupo, banda, rebaño) para ver cundir la muerte; o permitir que las mayorías borren a las minorías y se vuelvan crueles y vengativas: genocidas. El libro es parte de una corriente que llamaré politología gótica –cosa también de muchos filósofos metidos en el goce de los apocalipsis de cubículo–. Importan no por su capacidad de horrorizar sino porque muestran dos cosas: que hay un mercado grande para los acaboses y, segundo, porque exhiben una tendencia del pensamiento contemporáneo, proclive a la negrura y la paranoia, precisamente en la época en que la política ofrece la posibilidad de un optimismo racional. Se debaten el miedo y la esperanza. Con los mismos datos, pero con distintas lecturas.

Es posible afirmar que en muchos aspectos el mundo actual está visiblemente mejor que en siglos pasados. Mejor no quiere decir bien. Nuestros justos enojos y reclamos tienen motivos de zozobra, pero también conviene ver que son nuevos. La desigualdad de hoy es lacerante, culpable, injusta y amenazadora. Pero es menor que la de siglos pasados. Lo que sucede es que se convirtió en tema central cuando hace siglos las sociedades ni siquiera se preguntaban por ello. Esto no quiere decir que el siglo xxi esté ni en Jauja ni en una posición aceptable: significa que su condición es ya nuestro reclamo, un reclamo general y justo, y no un silencio oprobioso, como a principios del siglo xix. Pero, además, nos resultan abiertamente insoportables las segregaciones, los racismos, la crueldad… Nuestra exigencia sobre la condición humana está en un lugar difícil porque hemos alzado moral y jurídicamente nuestra exigencia de justicia. No nos es posible aceptar el actual estado de cosas y, aunque la mayoría de las sociedades estén hoy en condiciones superiores a las del pasado, percibimos en el mundo entero una enorme injusticia. Algunos autores (Zaid, Pinker…) ven en esto un progreso real; Norbert Elias lo llama el “avance de los escrúpulos”. El signo de valor está en juego, no la realidad del reclamo generalizado, que pesa tanto sobre la vida política como para atisbar que, en efecto, el desencanto pone en riesgo la continuidad y avance de las democracias. No se anda bien con una sola pierna y, mientras la libertad no parece estar en una crisis semejante, la justicia se ha vuelto borrosa, desde la psicología de los ciudadanos y sus clases políticas, hasta en la estructura jurídica y política de las democracias.

Ideas con fecha de caducidad

La democracia es de una fragilidad alarmante. Es aparato viejo y requiere reparaciones constantes. En términos históricos, parece que los regímenes democráticos sobreviven mejor sus problemas mecánicos intrínsecos que el hartazgo de sus ciudadanos. Tan claro como dice Sartori: “las democracias carecen de viabilidad si sus ciudadanos no las comprenden”, y la comprensión no solo es un proceso racional. Se viene abajo con el desencanto, el tedio y la rabia que da, por ejemplo, el descuido de la justicia.

Tocqueville advertía del deterioro vital en los sistemas democráticos: las mayorías, decía, suelen ser vulgares, tontas y despectivas y, si no se cuida de las minorías, también criminales. La desidia y las prisas por resolver emergencias pueden dejar a la sociedad civil en la mediocridad espiritual, cultural, intelectual y, entonces, cunde la simpleza de mente y apaga las luces de la cosa pública. Lo que Tocqueville no podía ver hace tres siglos es que la representación política y la idea de ciudadano tenían fecha de caducidad.

Desde 1960 E. E. Schattschneider (The semisovereign people: A realist’s view of democracy in America) atisbó que los fenómenos de representación guardaban una zona ciega a la opinión, pero visible en términos aritméticos. Lo primero que hizo fue invertir el sentido de los predicados con que los políticos y los analistas vejaban la capacidad de la ciudadanía. Cierto: cualquier transeúnte podrá contestar acerca de los deportistas o cantantes de moda, pero ignora por completo el nombre y el partido de su representante ante el Congreso. Esto no significa que sea un analfabeta político ni que pueda ser reo de manipulación demagógica. Por el contrario, indica que la clase política ha perdido su capacidad de tocar las fuentes de su función misma. Tenía razón, según dicen la experiencia y su discípulo Peter Mair, cuyo Ruling the void: The hollowing of western democracy (2013) comienza con una simple afirmación: “La era de la democracia de partidos ya pasó.” La diferencia fundamental que vio Schattschneider, y continúa Mair, es que el análisis político ha tenido siempre como constante el poder representativo y sus gobiernos, mientras que percibe como variable la participación ciudadana. ¿Qué pasa si tomamos como constante a la población civil, con todas sus taras y miserias, y como variables a las estructuras gubernamentales salidas de los procesos electorales? La ignorancia democrática se invierte: las democracias carecen de viabilidad si la clase política no representa a sus ciudadanos.

De aquí podemos intuir un histórico cambio de mentalidad. No hay que dar muchas vueltas para ver que las denuncias de Esquilo y Platón, las intuiciones de Hobbes, luego de Rousseau, las advertencias de Jefferson y Hamilton, las de Tocqueville, pasando por el horror de Orwell, hasta las actuales clases políticas siguen una estructura vertical: una vez que el fenómeno de la representación ha tenido lugar en las urnas, leen la política desde el eje de un poder que se verifica de arriba a abajo. Un eje de pensamiento que copia el sentido teológico de los monoteísmos y lo reproduce; que obtiene su sentido de una narración y una representación mental en el orden jerárquico.

Los “hermanos menores” se hacen presentes

Hay, digamos, tres grandes camadas democráticas: las democracias viejas y estables (Estados Unidos, Europa occidental); las que surgen, o se concretan, a partir del final de la Guerra Fría (Latinoamérica y Europa Central, en buena medida) y las que se han sumado recientemente, en países árabes, africanos y Asia Menor. Todas enfrentan distintos riesgos y oportunidades; todas, también, se hallan a disgusto con su sistema político, expresado tanto en la participación en los comicios como en formas de insurrección o protestas públicas. Sin embargo, solo hay un dato común en todas las sociedades democráticas: sus ciudadanos consideran, sin excepción, y con índices crecientes, que las clases políticas y dirigentes están tomadas por la corrupción y que los partidos han perdido toda capacidad de representarlos.

Glenn Reynolds supone que la propuesta de los neoconstituyentes en Estados Unidos se debe a que hoy gobierna “la peor clase política en la historia de nuestro país”. Quizá sea verdad. Pero lo mismo podrían decir los mexicanos, brasileños, argentinos, franceses… Sería una monstruosa coincidencia. Quizá se trata de otra cosa: no es que gobiernen los peores sino que las expectativas han aumentado, la vigilancia sobre las actividades de la clase política lo escudriña todo y los actuales políticos, encima, parten de una credibilidad nula, del desprestigio y la desconfianza.

La confianza de la ciudadanía en sus representantes ya no es reparable. No son solo demasiado humanos sino picados por la voluntad de poder: impresentables para la moral o los escrúpulos. Hace cuarenta años no había modo de hablar del presidente o primer ministro o monarca sin mostrar algún ripio que indicara respeto. Ya no es necesario y, de hecho, leemos con recelo y suspicacia a quien recurra al eufemismo: lacayo, lambiscón. Y los periodistas no pueden sobrellevar esa lápida.

El sujeto actual, el ciudadano medio, se asume y se supone a sí mismo como moral e intelectualmente superior a sus gobernantes. Primera vez en la historia: la gente común está en posición de superioridad moral respecto de sus gobernantes (y, notablemente, de culpabilidad respecto de la naturaleza, como si se hubieran invertido los ejes históricos de la jerarquía).

No tiene nada de raro que crezcan a la vez la sospecha de que el gobernante es corrupto y la importancia primordial que los ciudadanos hallan en la noción de “transparencia”. Para muchos significa algo como “no robar” –pero esto es solo la cáscara–. También significa, y cada vez más, la vigilancia en la toma de decisiones y en los usos y acceso a la información. Es decir, la constante vigilancia, hasta la paranoia; solamente que aquí, en vez de que el mandón vigile a los muchos ciudadanos, son estos quienes sofocan al mandón. El horror de Orwell se ha invertido por completo. Cory Doctorow, narrador distinguido y hacktivist notable, escribió una novela, Little Brother, mucho más inteligente que buena: ya no es el Hermano Mayor quien espía, fiscaliza y controla a los muchos súbditos, despojados de voluntad, sino los muchos “hermanos menores”, los ciudadanos comunes, quienes, todos, fiscalizan cada uno de los actos del mandón.

Un diputado, un senador o el presidente solían representar el voto y la mayor masa de electores. Con el avance de la transparencia, la idea de representación cambió: el presidente representa al presidente, como se dice en el teatro, donde una persona representa un personaje bajo la mirada del público. Aunque no ha dejado de existir, el poder es mucho más limitado –y este gran progreso de la civilización no se sabe valorar aún; bien visto, es genial que el gran mandón no mande sino que obedezca, aunque sea a un rol y no todavía a la voluntad popular, que es animal peligroso, si los hay, y no puede desbocarse.

Geometría y democracia

Si bien la democracia no surge en la era del racionalismo, durante el siglo xvii quedó sembrada la mentalidad que habría de generarla. De hecho, los primeros demócratas de la era moderna –quienes hicieron los Federalist papers, por ejemplo– se veían a sí mismos como republicanos. La palabra “democracia” no aparece ni en la Declaración de Independencia ni en la Constitución norteamericana. El siglo xviii entiende la democracia como la ateniense: democracia directa; las formas con comicios para elegir representantes, es decir, lo que nosotros llamamos democracia indirecta o representativa se llamaba entonces república. Pero queda explicada con toda claridad con la técnica de pensamiento occidental por excelencia: la geometría se convierte en la llave maestra del pensamiento, la clave que afina todas las armonías de pensar. Descartes quiso desde ahí construir la certeza de sí; Spinoza, su Ética demostrada según el orden geométrico, y Hobbes fabricó su ciudadano siguiendo la axiomática de Euclides. Desde las demostraciones simples, elegantes y emocionantes (un punto; si se mueve, línea; si se desplaza la línea, superficie; muévase la superficie y surge el volumen), Hobbes descompuso al sujeto en sus componentes mínimos, lo recompuso y lo dotó de movimiento. De corpore, De homine y De cive siguen el mismo juego simple y brillante: a un cuerpo se le imagina dotado de movimiento racional y surge un hombre; el hombre cobra conciencia de sí y se vuelve uno entre pares: un ciudadano. Nacía la sociedad como contrato. El siguiente paso no será dado ya por filósofos o lógicos sino por un puñado de políticos que, en 1776, declararon su independencia desde un axioma: “We hold these truths to be self-evident…”

La geometría se yergue sobre la pieza más extraña de la inteligencia: el axioma, es decir una verdad evidente de suyo, pero indemostrable. Un sistema geométrico es, desde su formulación por Euclides, una articulación de axiomas y su desarrollo en teoremas o postulados demostrables y no contradictorios. De ese modo, la verdad se vuelve objetiva; deja de importar quién la diga: “la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero”. La voluntad de geometría es generadora de una igualdad radical. No es una igualdad moral, tampoco es un postulado político y no es un valor: es lógica. El orden geométrico y el análisis son el piso para la política, pero no pertenecen a la política. Las verdades evidentes de suyo establecen una semejanza radical que solo se sostiene frente a dos preguntas: la libertad y la justicia.

Muchos críticos de la democracia liberal objetan, con buenas razones, que el punto de partida, el individuo, es una mera abstracción que no existe en el mundo real. Es verdad. En sus orígenes, se trata de un gran paso: cuando el siglo xvii descubre la polivalencia del método geométrico, no solo genera una estructura científica del pensamiento; también está dando en tierra con toda la argumentación por autoridad: importa muy poco quién haya dicho qué; la verdad es objetiva, exterior y, bajo la especie geométrica, irrefutable. Pero las generaciones siguientes no tienen por qué admirar una realidad que se presenta como cosa natural, no como logro de la libertad. Los románticos entendieron que la libertad no se recibe, no es hereditaria, se adquiere en primera persona, cuando el yo adviene en el mundo. Incluso los griegos lidiaron con el dilema de los jóvenes que, independientes, fuertes, talentosos, llegaron después de las victorias y no supieron evitar la tentación de existir, de contar por sí mismos. Son los jóvenes independientes, educados por la razón y la self-reliance socrática quienes derrumbaron la democracia ateniense: no estaban ya dispuestos a tolerar la obediencia a la autoridad sino a valerse de sus propias razón y prestancia.

Atenas tuvo que sufrir el ascenso de los jóvenes aristócratas, la oligarquía y la tiranía. Del mismo modo, con muchos más referentes históricos y sin un acceso real al poder armado, las generaciones que nunca habitaron las dictaduras y “dictablandas” hallan opresivos los regímenes burocráticos, corruptos y extraordinariamente lentos de las democracias representativas. En primer lugar, ya no entienden la representación: la era digital los ha dotado de voz propia y pública; no necesitan que nadie hable por ellos. Y están tocados por la tentación de existir: la pulsión de libertad que inicia con la desobediencia. Non serviam. Estas nuevas generaciones sentaron a la democracia sobre sus rodillas y la hallaron amarga. Y la injuriaron. Tienen motivos profundos, pero menos razón de lo que creen: culpan una forma política de las torpezas e inmoralidades de la condición humana. El impulso es sano, vivificante, pero no han sabido recoger y volver a traducir a sus clásicos. Pecan de poca solidaridad con su pasado. A la democracia le compete solamente repetir, constantemente renovada, la pregunta sobre la libertad y la justicia. Recibirla y reformularla: make it new.

En unos cuantos lustros, las generaciones que hicieron la transformación democrática ya no son la democracia sino sus avejentados mojones, el estorbo y la lentitud. Debieron generar política viva, no burocracias estériles. No supieron. Fallaron en su comprensión de la libertad económica y en prácticamente todos los aspectos de una justicia verosímil. Se quedaron dentro de un esquema que concibió siempre el poder como un ejercicio vertical –y de hecho sigue siendo muy arduo imaginar algo que sea poder y que se dé en un eje horizontal–. Requiere una nueva mecánica mental: la de las sociedades indivisas, sin Estado, dentro de un mundo a la vez cosmopolita y al alcance de un teclado.

A diferencia de la representación tradicional –que acumula el clamor de la masa para que la cabeza la transforme–, la mecánica actual puede armarse y desarmarse según cada caso; un grupo y un individuo, incluso, pueden juntar multitudes con presencia real y activa en unas cuantas horas. Esto es absolutamente imposible en los sistemas de representación y de partidos políticos, que requieren una enorme cantidad de trabajo para poder construir convocatorias masivas. El activismo por vía de internet tiene además las ventajas de la tribu neolítica: en un instante están en pie de guerra y, pasada la emergencia, vuelven a su confortable anonimato. Generan presencia inmediata y, encima, cuentan con que los medios de comunicación multiplicarán su presencia y la transformarán en presión. Se juntan, actúan y se disuelven. Pueden ser miles, pero no forman una masa. Ya no habitan la era de Le Bon o Tarde; funcionan del mismo modo en que Ortega y Gasset describe el Estado griego –que se arma y se desarma, según necesidad– y no se avienen a la descripción tradicional de las masas. Opinan de modo individual, con un clic o externando ideas, pero no se conforman como un solo organismo animal que puede pasar a la violencia. Actúan y desaparecen, sin dejar representantes ni abanderados, sin representación. Apenas llevamos unos pocos años. Quién sabe hacia dónde evolucione el fenómeno, pero pretender sofocarlo y controlarlo es ingenuo, caro y, muchas veces, un crimen contra los requisitos básicos de las democracias.

Quienes crecieron y entraron a la vida ciudadana o la actividad política en los años sesenta lucharon en contra de los totalitarismos (comunistas y otros) y poco a poco accedieron a cargos de representación –representación en las clases políticas, o por vía de la voz, como politólogos, intelectuales, líderes de opinión–. Pero su periplo ha sido corto y equívoco. El fin del comunismo no fue el auge de las democracias. Proliferaron, pero no pudieron fabricar –repito: no es el objetivo del funcionamiento democrático– sociedades satisfechas ni de sí mismas ni de sus organismos y políticas públicas. De hecho, su acceso a la decisión pública coincide con un orden financiero global que pone en entredicho el sentido de la civilización; no por el éxito de la economía de mercado sino porque la justicia y la economía siguen (en apariencia) una misma lógica pero con rutas divergentes. ¿Qué se podía esperar de una mentalidad y una psicología verticalizadas? Que los ricos se vuelven cada vez más ricos y quienes viven de su trabajo cada vez más pobres (dice Piketty, entre otros).

Aquellas generaciones ni se conforman ni entienden cómo fue que no tuvieron lugar. Lo tienen sin duda en la economía, pero políticamente tuvieron apenas un lapso de unos cuantos años para incidir en el destino político. Muy pocos pudieron acumular un poder semejante al de sus antecesores. Los medios y la dinámica de la red les impidieron repetir los modos que conocieron en el siglo xx. No tienen, pues, ni el poder ni la influencia para los que se prepararon. Se les desvaneció la representación en cuanto la tocaron. Ya no estaba ahí. Quizá los Reagan, Thatcher, Kohl, Juan Pablo II; es decir, los que vieron caer a la Unión Soviética, Ceaușescu, Honecker, Jaruzelski, etcétera, fueron los últimos que pudieron ejercer el poder del Estado nación. Ya no fueron populares, pero tuvieron el poder entero del Estado, tanto en sentido político como diplomático, de las fuerzas armadas y del capital y las finanzas.

Así como los efectos de la Revolución Industrial se vieron completos hasta décadas después, parece que ahora se abre un panorama de dos mentalidades mutuamente excluyentes, disputándose su permanencia en la Tierra. No es una revolución en que las partes combatan hasta dejar una tendencia hegemónica. En algunas cosas, estas mentalidades son acérrimas enemigas; en otras, complementarias. Se trata de una insurgencia, sin duda: basta ver la desesperación de los Jerjes estatales ante el desparpajo de los Assange y Snowden, Lessig y Swartz (que terminó con su vida, no sin antes derrotar espectacularmente la famosa ley sopa). El poderío estatal en crisis porque un chamaco polítropo decidió que la justicia es más importante que la moral.

Las viejas clases políticas no pueden responder, ni en discurso ni en acto, a los cuestionamientos y desafíos de los muchachos de camiseta y tenis. Los Estados nación se irguieron sobre una imaginería del poder heroico: fuego y explosiones, máquinas de acero, cada vez más grandes, que ruedan, flotan, vuelan con ruidos “suprametálicos y architronantes” (Apollinaire). Hardware. Y no supieron cómo, pero los puso de rodillas un puñado de mediocres –Mohamed Atta et al– cuyos recursos bélicos fueron artículos de papelería y el software de la vida civil y la aviación comercial. Parece estar terminando la era del poder bajo la especie de los fierros y la combustión, lumbre y humo (que sigue siendo poder, pero en otra dimensión), y ha comenzado una época que los poderosos no saben leer y, desde luego, están miserablemente equipados para representar o liderar –cuando, además, nadie quiere ser representado sino existir en primera persona–. Es más sencillo convencerlos de que se bañen que domeñarlos, y el tema de la ropa y la apariencia es accidente, pero juega en la esfera de las identidades: los sans-culottes, los descamisados, los camisas pardas, negras y hasta las formas de los paramilitarismos conforme adquirieron nombres propios: txarros, gauchos, chinacos, chuanes… identidades.

Pero dije “existir”. La tentación de existir que se muestra cuando una persona se da cuenta de su individualidad y encuentra que su libertad no existe sino hasta que la haga valer en primera persona. Rito de paso para que el efebo se convierta en hoplita y polités; el infante en hidalgo, el muchacho en ciudadano. Durante unos siglos, el rito fue el servicio militar. Quedó atrás. Pero desde el Romanticismo la existencia se gana con la rebelión –no necesariamente violenta, pero siempre desafiante–. Ahora, existir y la potencia de la virtualidad colocan el asunto en otro orden. Mi participación en la red es a la carta, igual que las opciones de mi ciudadanía: puedo elegir sexo, filiaciones, fobias, militancias y apegos, ser parte de tribus urbanas, mil modos de la participación… A los viejos se nos paran los pelos. Nos aterra un mundo en que la llamada identidad personal pueda no apuntar a un yo concreto sino a la superveniencia de las circunstancias y el deseo. Hasta eso está en juego. Al Estado le urge relacionar un cuerpo con un nombre y asestarle una ficha de identidad. Es urgencia comprensible: si hubiéramos aguzado la precisión del fichaje, Mohamed Atta no habría abordado ese avión. No se dan cuenta de que sus figuraciones de control se han vuelto supersticiosas. Ante el terror, más controles. Con una agravante: pueden controlar lo que ya controlaban, a los ciudadanos medianos, comunes, que aparecen en las listas; es decir, quienes no tienen intención terrorista alguna. Caso análogo lo que sucede con muchos departamentos de hacienda y tesoro: pueden apretar el control sobre aquellos que ya controlaban. Ya sea por la sospecha llamada “seguridad”, ya por los impuestos y demás trámites, los controles de los Estados no hacen sino sembrar el desencanto y el hartazgo en la ciudadanía. Con una agravante: ¿por qué sospechan de mí si los corruptos son ellos?

Demócratas enojados

Quizá lo dice Swartz de modo cándido: “Ganamos esta batalla porque cada uno se convirtió en el héroe de su propia historia. Cada quién asumió como labor propia la de salvar esta libertad crucial.” Es el tipo de afirmación que se vuelve causa. Como sucedía con los escritos de Rousseau: se volvían virales. Cada uno, héroe de su propia historia. Comparemos esa inmediatez moral, satisfactoria, plena, responsable y participativa, con las formas estatalizadas de participación, donde uno tiene que salir de casa, hacer filas, demostrar que uno es quien dice ser, porque está en una lista, recibir unas boletas, esconderse tras cortinas, votar por quién sabe quién con un garabato –ni siquiera llega a signo–, doblar papeles, meterlos en urnas, recoger papeles y recibir una mancha de verificación. Y todo eso para elegir a alguien de quien desconfío. Las formas estatales de la democracia borran mi individualidad. Y se dan cruces extraños: mi presencia real y corporal me produce una idea de enajenación: enajeno mi voluntad. En cambio, la existencia virtual me produce una certeza de participación y voluntad directa. Y no hay que ser tan ingenuos: son fraternidades facilísimas de corromper cuando llegan a la calle. Cualquier operador político sabe cómo: localiza a uno que pueda ser cabecilla y ponlo a repartir de modo desigual cosas deseables: dinero, fama, nuevos recursos para la causa…

¿Cuándo se juntan ambas, la presencia corporal y la acción directa? Desde luego que no en las formas diseñadas para la representación. Mi presencia real y mi decisión directa pueden juntarse solo en el acto rebelde. Existo y soy tomado en cuenta. Es una virtualización que desvanece a la masa, esa entidad pavorosa que se caracteriza por no pensar, por ser solamente un bulto colectivo que arrima poder (“mostrar músculo”, lo llaman los operadores políticos). Mi firma suscribe; mi presencia obedece. Quien suscribe, cuenta como si dijera; quien acude cuenta como recurso material. La primera es discurso mientras que la segunda es lo contrario: infantería (infante: el que no habla). La política surge en el disenso y se termina en el acto de poder. Y percibimos un mismo fenómeno: gente en la vida pública, pero ¿son la rebeldía o la obediencia? Non serviam o sirvientes. Los nuevos insurgentes parecen imbéciles porque no los sostiene un discurso unitario (las marchas corporativas, las que muestran músculo, son siempre claras: las pancartas exigen lo mismo que los gritos, corales, acompasados; miles de voces, solo un mensaje). De pronto, queda la pregunta: ¿y si no son una masa, entonces son muchos individuos libres que coinciden, que se encuentran entre sí, antes que desafiar al Uno mandón? ¿Es solidaridad, fraternidad, y no poder lo que buscan; contacto personal, humano, en la plaza digital? ¿De verdad son capaces de confrontarnos con una posición política y moral sin necesidad de consignas, compulsas y negociaciones de cabecillas con gobernantes? ¿Fourier, de verdad? Son el miedo y son la esperanza.

Encuentro saludable el enojo contra la democracia. Está llena de necios, corruptos e idiotas, y forma gobiernos necios, corruptos e idiotas. Pero me parecería trágico abandonar la democracia por esos motivos. Cualquier sistema estaría lleno de la misma gente, pero quedaría cerrada la puerta para el mejor de los enojos: perseguir eternamente una libertad y una justicia incumplidas. Pensar la política bajo estas ideas enoja. Pero un demócrata enojado buscará debate, discusión, correcciones y, para ello, tendrá que utilizar su imaginación y tendrá que conversar. Buen combustible de las civilizaciones. La rabieta de Esquilo está en el lugar correcto. ~

 

(Publicado en septiembre de 2014 en nuestra la aplicación para tabletas)

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