El síndrome Malraux

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La mañana del 13 de junio de 1990, muy pocos días después de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales peruanas, Patricia y Mario Vargas Llosa abandonan el Perú y se embarcan de nuevo para Europa. "Cuando el aparato emprendió vuelo y las infalibles nubes de Lima borraron de nuestra vista la ciudad y nos quedamos rodeados
sólo de cielo azul, pensé que esta partida se parecía a la de 1958, que había marcado de manera tan nítida el fin de una etapa de mi vida y el inicio de otra, en la que la literatura pasó a ocupar el lugar central", escribe MVLL en las páginas finales de El pez en el agua, publicado casi tres años después de su salida de Lima. Es el primer libro que el novelista escribe, ya fuera del Perú, tras su fracaso en las elecciones presidenciales frente a Alberto Fujimori; también es el primer libro de memorias del escritor peruano.
     Para algunos críticos fundamentalmente políticos frente a las actitudes ideológicas de MVLL, la escritura de El pez en el agua es un evidente e incluso injusto ajuste de cuentas con la noche borrascosa que ha quedado atrás, el mundo político peruano que abandona en la fecha del 13 de junio de 1990; y, al otro lado de sus recuerdos, la férrea fragua de una vocación literaria que va desde los primeros años de su existencia —y de su memoria— en 1946 hasta el primero de sus viajes a París en 1958. De manera que El pez en el agua alterna sus capítulos conforme la memoria del escritor va tejiendo y destejiendo en su escritura las dos pasiones intelectuales que paradójicamente son exclusivas y excluyentes: la literatura y la política. De la misma forma, la memoria del escritor, escindida en dos partes que se sugieren opuestas y no sólo alternas en cada uno de los capítulos de El pez en el agua, se enfrenta a sí misma y a todos sus demonios, los mediatos y los inmediatos, hasta recalar en esos dos viajes a Europa, el que marca el principio de su vocación literaria en 1958 y el que viene a marcar el final de su estancia en la política activa. En el momento de la publicación de El pez en el agua, en marzo de 1993, no todo el mundo creyó en "la extrema convicción y generosidad de comportamiento personal aquí descrito y su firme y vehemente convicción y energía expresiva", tal como señala el texto de la contraportada del libro, pero casi todos sus lectores y críticos estuvimos de acuerdo, con distintas valoraciones y muchos matices, en que esas memorias, como también afirman sus editores, son "no sólo un testimonio apasionante e ineludible sino también uno de los principales libros de toda la obra de Mario Vargas Llosa".
     Esas memorias vienen a describir la evolución de un escritor controvertido desde su adolescencia vital y el descubrimiento de la literatura —junto al otro demonio esencial de su pasión: la política— hasta el instante de madurez en que ese mismo escritor, que ha conseguido ya el reconocimiento internacional de todas sus obras y de su quehacer intelectual y literario, decide lanzarse a la arena de la política activa como si fuera un gladiador al que, de repente, ha atacado el virus de esa pasión política que en tantas ocasiones en su vida ha estado batallando con el vicio de escribir. En ese instante, MVLL había cumplido 51 años y, tal como nos dice en las primeras páginas de El pez en el agua, "todo parecía indicar que mi vida, agitada desde que nací, transcurría en adelante más bien tranquila: entre Lima y Londres, dedicada a escribir y con alguna que otra incursión universitaria por Estados Unidos". […]
     Las memorias de El pez en el agua describen a lo largo de todas sus páginas no sólo la experiencia vital del escritor sino el tour de force y en definitiva el duelo a muerte entre la literatura y la política. Porque sucede que, metafórica y analógicamente, esas memorias pueden ser interpretadas como una novela de caballerías, género del que MVLL no sólo gusta como lector sino del que se declara deudor como escritor; una novela de caballerías con un protagonista único, el novelista que realiza la escritura —su strip-tease en plena madurez—, que se debate a brazo partido entre las dos tentaciones máximas de su existencia, enfrentadas en un torneo a lo largo de muchos años. […]
     Para entender mejor el torneo esencial de esas dos pasiones que han luchado por imponerse en la vida de MVLL, hay que vincular y enlazar el texto pasional de las memorias en El pez en el agua con el texto del prólogo a La condición humana de André Malraux que MVLL escribe para la edición del Círculo de Lectores. En varios de los párrafos de ese prólogo, MVLL se identifica tanto con Malraux, con esa vocación bifronte del francés (siempre entre la política y la literatura), que el síndrome Malraux que ha padecido hasta 1990 queda patente. Refiriéndose a la novela prologada, MVLL escribe que
      
     desde que la leí, de corrido, en una sola noche, y por un libro de Pierre de Boisdeffre, conocí algo de su autor, supe que la vida que hubiera querido tener era la de Malraux. Lo seguí pensando en los años sesenta, en Francia, cuando me tocó informar como periodista sobre los empeños, polémicas y discursos del Ministro de Asuntos Culturales de la Quinta República, y lo pienso cada vez que leo sus testimonios autobiográficos o las biografías que, luego de las de Jean Lacouture, han aparecido con nuevos datos sobre su vida, tan fecunda y dramática como la de los grandes aventureros de sus novelas.
      
     Más adelante, tras enumerar la actividad enloquecedora y apasionante de Malraux y la multitud de intrigas y complicaciones de su vida, mientras hacía al mismo tiempo política y literatura, MVLL escribe que
      
     esta vida es tan intensa y múltiple como contradictoria, y de ella se pueden extraer materiales para defender los gustos e ideologías más enconadamente hostiles. Sobre lo que no cabe duda es que en ella se dio esa rarísima alianza entre pensamiento y acción, y en el grado más alto, pues quien participaba con tanto brío en las grandes hazañas y desgracias de su tiempo era un ser dotado de lucidez y rigor creativo fuera de lo común, lo que le permitía tomar una distancia inteligente con la experiencia vivida y transmutarla en reflexión crítica y vigorosas ficciones.
     En varias ocasiones, en conferencias y coloquios, en reuniones más o menos domésticas y en conversaciones privadas con otros escritores, el nombre —el mito, el icono— de André Malraux aparecía (y sigue apareciendo) en la discusión hasta convertirse en un debate intelectual en el que la política activa y el vicio de la literatura se mezclaban en el dibujo histórico del novelista francés, invariablemente defendido por MVLL como un paradigma del hombre de acción política —fundamentalmente— y apasionado escribidor, que tomaba del mundo que estaba viviendo y que conocía bien (no sólo por experiencia propia, sino por noticia, documentación y reflexión) cuantos asuntos entendía en cada momento que debían ser llevados a la escritura. Y en ese mismo prólogo a La condición humana, MVLL escribe que
      
     estoy, pues, colmado con la fantástica efusión pública de revelaciones, infidencias, delaciones y chismografías que en estos momentos robustecen la ya riquísima mitología de André Malraux, quien, como si no le hubiera bastado ser un sobresaliente escribidor, se las arregló en sus 75 años de vida (1901—1976) para estar presente, a menudo en roles especiales, en los grandes acontecimientos de su siglo […] y dejar una marca en el rostro de su tiempo.
      
     El síndrome Malraux ataca con cierta frecuencia a multitud de escritores de distintos, lejanos y hasta contradictorios ámbitos culturales que, por emulación, admiración, vocación bifronte —literatura y política, y viceversa— y hasta, en algunas ocasiones, por descuido vital, encuentran en el ejemplo del novelista francés el camino a seguir en sus propias vidas de escritores. MVLL cita a Orwell, Koestler y T. E. Lawrence. Entre los españoles de nuestra generación, el caso más conocido y admitido es el de Jorge Semprún, cuya vida y evolución política está tanto en sus libros autobiográficos y testimoniales como en sus novelas. […]
     Parecida fiebre atacó siempre, y a veces con la virulencia de la vocación pasional, al propio MVLL, hasta el punto de que a muy poca gente de su entorno amistoso y, de paso, a quienes le brindan su enconada enemistad, nos sorprendió la determinación del escritor peruano al decidir entrar en la política activa y presentarse como candidato del Frente Democrático a las elecciones presidenciales del Perú en 1990. Se trataba, sin duda, de la asunción de un compromiso político con la democracia de su país, amenazada por el intento de estatalización del gobierno de Alan García, y así lo entendimos muchos de sus amigos, aunque otros muchos (entre los que sigo encontrándome) no estuviéramos del todo seguros de que ese camino fuera uno de los recorridos necesarios del escritor MVLL. Pero esa elección de entrar en la política activa decidió que MVLL cayera también bajo el síndrome Malraux aquella temporada infernal que terminó con la victoria de Alberto Fujimori en las urnas del 10 de junio de 1990. Nadie puede negar hoy, por otro lado, que la personalidad intelectual, literaria y política de MVLL, en plena madurez creativa y "metido hasta el tuétano en la historia viviente" del Perú, y por extensión en la de América Latina, es ya —mutatis mutandis de Malraux— "una marca en el rostro de su tiempo".
     En origen, el texto de El pez en el agua comenzaba con el capítulo de la creación de Movimiento Libertad que dio lugar después al Frente Democrático con el que MVLL se presentó a las elecciones presidenciales de 1990. Fue Álvaro Vargas Llosa quien convenció al escritor para que el capítulo inicial del libro lo ocupara el sorprendente encuentro de MVLL cuando tenía diez años de edad con su padre, Ernesto Vargas, a quien creía muerto según noticia que le habían transmitido no sólo Dora Llosa, su madre, sino toda la familia. Ese cambio nada sutil impregna El pez en el agua desde el principio en la "autobiografía literaria" más que en la "memoria política", hasta el punto de que para los lectores y admiradores del MVLL novelista todos los capítulos que hacen alusión a esa autobiografía literaria son, sin duda, mucho más interesantes y gratificantes que los que tienen que ver con la memoria mediata de su entrada en la política activa. […]
     En el capítulo iv, "capítulo político" titulado "El Frente Democrático", como en muchas otras páginas del libro, hay una provocadora reflexión intelectual que deja claramente al descubierto el sentimiento de MVLL, "ya metido en candela":
      
     La política real, no aquella que se lee y escribe, se piensa y se imagina —la única que yo conocía—, sino la que se vive y practica día a día, tiene poco que ver con las ideas, con los valores y la imaginación, con las visiones teleológicas —la sociedad ideal que quisiéramos construir— y, para decirlo con crudeza, con la generosidad, la solidaridad y el idealismo. Está hecha exclusivamente de maniobras, intrigas, conspiraciones, pactos, paranoias, traiciones, mucho cálculo, no poco cinismo y toda clase de malabares. Porque al político profesional, sea de centro, de izquierda o de derecha, lo que en verdad lo moviliza, excita y mantiene en actividad es el poder: llegar a él, quedarse en él y volver a ocuparlo cuanto antes.
      
     Hay excepciones, desde luego, escribe MVLL, pero en el día a día "lo que prevalece en ellos, en los políticos profesionales, es el apetito crudo y a veces inconmensurable del poder. Quien no es capaz de sentir esa atracción obsesiva, casi física, por el poder, difícilmente llega a ser un político exitoso". Ése era su caso, porque
      
     el poder siempre me inspiró desconfianza, incluso en mi juventud revolucionaria. Y siempre me pareció una de las funciones más importantes de mi vocación, la literatura, ser una forma de resistencia al poder, una actividad desde la cual todos los poderes podían ser permanentemente cuestionados, ya que la buena literatura muestra las insuficiencias de la vida, la limitación de todo poder para colmar las aspiraciones humanas. Era esa desconfianza hacia el poder, además de mi alergia biológica hacia cualquier forma de dictadura, lo que a partir de los años setenta me había hecho atractivo el pensamiento liberal de un Raymond Aron, un Popper y un Hayek, de Friedman o de Nozick, empeñado en defender al individuo contra el Estado, en descentralizar el poder pulverizándolo en poderes particulares que se contrapesen unos a otros y en transferir a la sociedad civil las responsabilidades económicas, sociales e institucionales en vez de concentrarlas en la cúpula.
      
     No en vano, la cita de Max Weber que abre como un aviso para caminantes el texto de El pez en el agua no deja lugar a dudas de las intenciones de MVLL al escribir el libro de sus memorias tras su derrota política. "También los cristianos primitivos sabían muy exactamente —escribe Weber en Politik als Beruf (1919)— que el mundo está regido por los demonios y que quien se mete en política, es decir, quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia, ha sellado un pacto con el diablo, de tal modo que ya no es cierto que en su actividad lo bueno siempre produzca el bien y lo malo el mal, sino que frecuentemente sucede lo contrario. Quien no ve esto es un niño, políticamente hablando".
     ¿MVLL un niño ingenuo que, llevado por sus ínfulas visionarias, pretendiendo sacar al Perú de la miseria a través del desarrollo económico, el respeto político, la integración social y el desarrollo cultural (las mismas promesas que juró solemnemente el actual presidente del Perú, Alejandro Toledo, al tomar posesión de su cargo el 28 de julio del 2001), descubre la maldad intrínseca del poder de la política y de la política del poder, que antes de entrar en la actividad política sólo había vislumbrado desde la lectura de libros de ensayo, episodios históricos y reflexiones intelectuales? […]
     Muchos de quienes están en desacuerdo con sus confesadas y reconocidas posturas liberales sugirieron que la escritura de El pez en el agua no era más que un desahogo soberbio del escritor derrotado en las urnas; intelectual e ideológicamente un texto injusto, sesgado, exculpatorio de sí mismo y muy caprichoso El pez en el agua, donde el escritor "le sacaba la madre" a todo y a todos cuantos habían impedido su objetivo de llegar a ser, también en la política activa, el primero de la clase; un libro en el que los objetivos del escritor se volvían contra él mismo y lo delataban, describían y dibujaban tal cual sus adversarios políticos habían dicho (y siguen diciendo) que es: un tipo peligroso, ambicioso y egoísta, al servicio de los intereses de las minorías selectas y oligarquías políticas peruanas, que quisieron sobrevivir a la sombra de su fama internacional, que lo escogieron como icono, parapeto y personificación de sus intereses económicos y políticos más reaccionarios. Por eso no había que votarlo nunca en las urnas presidenciales, sino que había que inclinarse por su adversario, el ingeniero Alberto Fujimori, el candidato de Cambio 90, el presidente que de verdad necesitaba el Perú en esos momentos, un self-made man humilde en sus expresiones públicas, muy familiar, doméstico —como cualquier peruano que amaba a su país como a sí mismo—, ecuánime y honesto en su actividad privada y profesional, un político nuevo que ofrecía confianza a las grandes mayorías sojuzgadas por la miseria moral y la pobreza económica en el Perú. […]
     Revisados en la distancia del tiempo los basurales de tópicos y estereotipos que se utilizaron con alevosa profusión antes y después de las elecciones presidenciales de 1990 contra MVLL, y a la luz del resultado de la historia de estos diez años de drama peruano, con la pareja Fujimori-Montesinos bailando sobre el escenario de la corrupción y dirigiendo una película de terror interminable donde tienen cabida todos los imaginarios novelísticos que cada uno de nosotros sea capaz de inventar en momentos de delirio creativo, parece que resultó mucho peor para el Perú el gran remedio Fujimori que la enfermedad política llamada MVLL. Y sin embargo ninguno de los "intelectuales baratos" a los que hace alusión el escritor en el capítulo XIV, algunos de los cuales son citados por su nombre, se han vuelto atrás de su apostolado frente al diablo en campaña; sino que, triunfantes los ángeles sobre el Beltenebros destructor de tantas ilusiones —el escritor MVLL—, apoyaron el horror político de Fujimori y Montesinos hasta que, al ver que la dictadura mostraba ya la peor de las caras de la corrupción, el latrocinio, la inmoralidad y el asesinato, hicieron mutis por el foro, miraron para otro lado, se dedicaron a sus cátedras de literatura, a sus articulitos de prensa, y algunos incluso fallecieron de muerte natural y sus exequias fueron una demostración de dolor amistoso, intelectual y popular, dentro y fuera del Perú. Sic transit gloria mundi. […]
     Ocho años después de la publicación de El pez en el agua, las memorias de MVLL no son criticadas como "uno de los principales libros de toda su obra", tal como escribían sus editores en el texto de la contraportada de la primera edición de las memorias. Tengo para mí, sin embargo, que El pez en el agua es el texto escrito en el que MVLL acomete la empresa de autodefinirse a través de su propia biografía, un libro que marca la frontera de su memoria y la determinación de regresar a la literatura —la libertad, su libertad— tras esa misma larga temporada en el infierno cuando fue, por una larga temporada, el pasajero de la política. Este MVLL, que se escribe a sí mismo y para que lo lean los demás en El pez en el agua, se traduce una vez más como aquel espíritu de la contradicción, díscolo, rebelde y vitalmente pasional, que ya apareció en sus primeros años de aprendizaje en Piura y Lima para quedarse para siempre como una característica del escritor, en su voluntad por caminar solo y solamente por su propio sendero, contra viento y marea, aun a riesgo de equivocarse, incluso corriendo con todas las inconveniencias ideológicas y personales que tantas veces le acarrean sus actitudes públicas, sus artículos casi nunca políticamente correctos, sus textos provocadores de polémicas interminables y casi siempre portadores de un mensaje ideológico que rechazan incluso como debate sus adversarios políticos. Este MVLL de El pez en el agua es el escritor que regresa a Europa a la búsqueda de su tiempo perdido, porque regresar a ese territorio ideal es regresar a sí mismo y a su literatura, luego de recordarse tal cual él mismo cree que ha sido, lleno de contradicciones y él mismo constante espíritu de contradicción; regresar a la aventura de la literatura, el tiempo completo de su escritura, el regreso definitivo a la literatura, pese a las dudas de muchos que querrían verlo de nuevo en las charcas de la política activa (y que, en su obcecación, no pierden aún las esperanzas de verlo de nuevo enredado en las patas de los caballos y bajo el síndrome Malraux). Es el mismo MVLL que escribió La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en La Catedral, las novelas que incluso sus enemigos le reconocen como ejemplares; el mismo MVLL que, tan sólo algunos años más tarde, exactamente en febrero del año 2000, regresa y convence a tirios, troyanos y contemporáneos con la publicación de La fiesta del Chivo, para casi toda la crítica y para casi todos sus lectores una novela que está literaria e ideológicamente a la altura de las mejores del novelista peruano. –

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