El último minuto también…

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1962. Cerca del final del partido, Ignacio Trelles se acerca a Alfredo del Águila, quien estaba por cobrar un tiro de esquina, y le aconseja que lo haga en corto porque teníamos el empate asegurado. El jugador no lo hace. Centra y regala el balón justo al jugador que no debía. Francisco Gento recoge el regalo y se lanza por la banda izquierda a toda velocidad. Nadie lo detiene, ningún jugador mexicano siquiera lo alcanza. Sepúlveda y Cárdenas tienen la posibilidad de detenerlo a la mala, pero ni eso lograron. Al llegar al área mexicana, Gento centra a Joaquín Peyró, quien se da el lujo de controlar el balón y con toda libertad vencer a La Tota Carbajal, 1-0. Días después, ya eliminada, la selección mexicana derrotó 3-1 a Checoslovaquia, equipo que posteriormente sería subcampeón.

Casi 50 años después, la historia se repite, en circunstancias –eso sí–, diametralmente opuestas. El Maza, poseído por el espíritu de Garrincha, quiso salir con un quiebre de cadera, le cedió el balón a Xavi (pudo haber escogido a otro), quien filtró el balón para que Silva nos empatara.

Fui al estadio a pesar de saber que era el partido más cuestionado de los últimos años. Una “fecha FIFA” exactamente un mes después de la final del Mundial y 3 días antes del primer partido de la supercopa española, razón por la que el Barcelona esperaba que sus jugadores no fueran convocados, es más, también por eso les pidió que volvieran de sus vacaciones el lunes anterior, día que tomaron el avión para venir a este valle de lágrimas franciscanas y agustinas. Fui a pesar de saber que pactar la posibilidad de hacer 8 cambios por equipo, el límite superior que permite la FIFA para un partido amistoso, generaría un desfile de modas más que un partido. Y de nuestro lado, un juego en el que hubo que improvisar a un entrenador porque nuestros imponentes directivos no han sido capaces de elegir a uno para iniciar el proceso para 2014; traer a nuestros jugadores de Europa que, como ellos, también están en pretemporada, y entender que este partido no hubiera tenido lugar si se hubieran conocido todas las circunstancias que sobrevinieron.

Por lo tanto, era necesario colegir que asistiríamos a una fiesta, no muy solemne, con el fin de celebrar, no el bicentenario, sino tener al campeón del mundo frente a 110 mil personas, en el único estadio que ha sido testigo de dos finales mundiales, además de haber visto tanto a Pelé como a Maradona.

Nada más. No era una oportunidad de ver gran futbol: las circunstancias anteriores lo impedían; tampoco la posibilidad de abollarle la corona al campeón. Sólo para comprobar que El Chicharito sigue de vena, que Casillas es un gran portero y que ver a Xavi tan sólo 20 minutos es un regalo que supera lo que recibimos por costumbre.

Y parece que el público entendió esto o no entendió nada. Como los asistentes a una fiesta típicamente mexicana, en el estadio imperaron, además de la bienvenida calurosa al invitado, el desorden, la inconsciencia, el descontrol, las peleas impunes ante la incapacidad policíaca. La pasión que crece exponencialmente por El Chicharito, como la quinceañera que se presenta en sociedad, y los oles al equipo mexicano que fueron tan injustificados como los abucheos sin destinatario del final.

Y luego la tornaboda: en la televisión sobrevinieron los análisis torpes, como si hubiera sido un juego serio; la discusión en los medios acerca de si haber hecho el paseíllo a España era una prueba más de nuestra condición de agachados frente al conquistador que constantemente regresa para sustraer los tesoros de Moctezuma o de Pizarro; o una amiga que al no entender el deseo de ver en la cancha a Xavi o a David Villa, me reclamó haberle hecho el caldo gordo al gobierno por haber tenido la peregrina idea de ver el juego. Tienes razón, querido Ricardo, el último minuto también tiene 200 años.

– Carlos Azar