Foto: Brooklyn Street Art @bkstreetart

En la Casa del Ahuizote “hasta las paredes saben”

La Casa del Hijo del Ahuizote, un espacio que retoma el proyecto de la revista satírica mexicana fundada en 1885, abre sus puertas bajo el lema de transgredir fronteras. 
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Entrevista con Diego Flores Magón, director de La Casa del Hijo del Ahuizote, un centro cultural en la ciudad de México que retoma el proyecto de la revista satírica mexicana fundada en 1885, abre sus puertas bajo el lema de transgredir fronteras.

La reapertura de La Casa del Hijo del Ahuizote ha coincidido con una movilización transnacional alrededor de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. ¿De qué forma ha respondido este espacio y cómo vinculas esta participación al proyecto histórico de El Hijo del Ahuizote?

La Casa de El Hijo del Ahuizote se fundó sobre un lema tremendo, radical: “La Constitución ha muerto”. El 5 de febrero de 1903, los redactores de El Hijo del Ahuizote realizaron una especie de performance para “celebrar” el aniversario de la Constitución del 57 que consistió en representar el papel de deudos, colgar crespones fúnebres y salir al balcón del taller de la imprenta con un cartel que decía eso: “La Constitución ha muerto”, porque la Constitución democrática, laica y que garantizaba la libertad de expresión de los ciudadanos era letra muerta bajo un régimen como el de Díaz, que gobernaba despóticamente, sin haber derogado esa Constitución.

Imposible ignorar ese lema profundamente radical y subversivo que está en el origen del proyecto (y justamente promovimos la recuperación de La Casa a partir de esa fotografía emblemática). Y, sin embargo, ¿qué hacer con ese lema?, pleno de sentido y perfectamente significativo más allá de las causas de la muerte de la Constitución de las que se condolían aquellos jóvenes liberales de 1903 y que pronto evolucionarían –como resulta lógico– al radicalismo social. Es evidente que en nuestros días, la Constitución muere cotidianamente, quiero decir que el sentido de esa frase memorable consiste en denunciar cada vez que falla lo que la Constitución simboliza: derecho, garantías, legalidad, ciertas nociones de justicia y proyecto de convivencia civilizada.

La reapertura de la Casa del Ahuizote sucede en un momento en que parece fracasar de manera catastrófica, en nuestro país ese proyecto de convivencia civilizada, las nociones básicas de justicia, el concepto mínimo de legalidad, las garantías más elementales que están en la esencia de toda Constitución. Por un vuelco de la historia totalmente inesperado para nuestra generación, que se formó universitariamente asumiendo como cierta y definitiva la procesión de la vida pública hacia las prácticas democráticas, los lemas de 1903 nos sirven para enunciar las circunstancias.

Hace un par de meses hicimos el ejercicio de recontextualizar algunas frases del grupo de la fotografía de 1903 (Juan Sarabia, Camilo Arriaga, Ricardo Flores Magón, Antonio Díaz Soto y Gama), y el resultado es al mismo tiempo sorprendente y frustrante. Por ejemplo: “¿Hay libertad individual en nuestro país? No. Díganlo esas víctimas de tanto atropello y de tanta venganza que constituyen la nota del día en nuestro país desde hace años, y que después de ver allanadas sus moradas y perseguidas sus familias, sufren en célebres prisiones la consecuencia de inspirar temor a los poderosos”, del Manifiesto del Club Ponciano Arriaga, reunido en La Casa del Ahuizote, el 1 de marzo de 1903.

O esta otra, del primer número de Regeneración en el exilio, el 5 de noviembre de 1904: “La pluma del periodista fue hecha añicos por el garrote del tirano. Fue una orgía de barbarie”. Puntualizo: uno de los discursos más radicales de principios del siglo XX parece describir a cabalidad, y de manera sensata, la situación contemporánea. Eso es muy preocupante.

No puedo no pensar en los sucesos de Iguala cada vez que leo esta otra frase, del mismo artículo: “Se pretendió doblegarnos, aplastarnos, triturarnos, reducirnos a la impotencia y al silencio”. Creo que no estoy solo en estos apercibimientos, y aunque estoy seguro de que son otros tiempos, creo que no es en absoluto estéril atender estos enunciados. Sin ir más lejos, hay una lección en la contundencia, en la radicalidad del discurso, en la intensidad y en el alcance de la denuncia que considero útil reinstaurar.

Los sucesos de Iguala, es decir la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa, junto con otros sucesos, por su naturaleza, han emergido en la conciencia y en el discurso público como emblemas de una denuncia honda, y como símbolos de la crisis político, jurídico, institucional, incluso moral en la que nos encontramos. Barbarie en las calles y corrupción deshonrosa en las instituciones.

 

¿Cómo surgió la idea del proyecto "365 por los 43"? ¿Cuál es su objetivo y cómo se suma a otras acciones alrededor del primer aniversario de la desaparición de los 43?

El modo de ser y de hacer de La Casa de El Hijo del Ahuizote ha ido tirando hacia las prácticas artísticas-sociales, desde el archivo y hacia las calles y el barrio. La exhibición “365 por los 43” es la forma más reciente y más depurada de este desarrollo. Parte de un conjunto de obra, quince fotografías documentales de cinco fotógrafos de enorme talento: Giulia Iacolutti, Valentino Bellini, de Italia, Mauricio Palos, Heriberto Paredes, de México, y Brett Gundlock, de Canadá, que a la par de sus muy diversos y heterogéneos proyectos creativos, han documentado varios momentos a partir de los sucesos terribles de Iguala: lugares como el basurero de Cocula, que antes era el lugar del horror y ahora parece haberse convertido en el sitio del simulacro de la ley, escenas de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos, de los padres de los desaparecidos, de la protesta pacífica, de los actos de violencia que han ocurrido a partir de entonces. En fin, una memoria fotográfica documental de este año ominoso que nos ha tocado vivir, marcado de manera indeleble por esa tragedia indescriptible.

Para situar a La Casa en la serie de acciones conmemorativas del aniversario, optamos por una exhibición en la que La Casa solo fuera un lugar de tránsito para una obra cuyo destino estaba más allá de sus muros. Me explico. Optamos por emplear un sistema de reproducción de bajo costo, utilizamos la imprenta de La Casa (una especie de mimeógrafo de última generación llamado Risograph) y esto nos permitió sacar un tiraje de 365 ejemplares por imagen, representandocada uno de los días pasados-presentes del aniversario. Se invitó a los visitantes a llevarse las fotos impresas sobre papel revolución.

Además, en el mismo sitio de la exhibición, produjimos una especie de mural instantáneo que consistía de 42 piezas a modo de mosaico. Este mural, que fue idea de Giacomo Castagnola, el diseñador, museógrafo y espíritu creativo fundamental de La Casa. Se entregó también de manera gratuita a activistas, colectivos y artistas que estuvieran dispuestos a colocarlo en las calles, y de esa manera se ubicó en varias ciudades de México, Estados Unidos y Europa. Otro tanto de murales se vendió para recuperar los costos de una exhibición plenamente autosustentable.

El sentido de este modo de reproducción se verificó plenamente en las calles. En la marcha del 26 de septiembre sacamos a la calle una infraestructura móvil del museo, llamada Ahuizote Ambulante, y repartimos fotografías a los manifestantes, que las utilizaban como un recurso adicional para representar su protesta. Esto quedó consignado en un bello corto documental del colectivo Ojos de Perro, del periodista Témoris Grecko, dirigido por Juan Castro Gressner, con la lectura de un poema de Mardonio Carballo (“Por los 43 que no aparecen”). Fue en la calle, pues, y en el marco de las manifestaciones, que el sentido de la exhibición se revelaba plenamente.

  

Los murales instantáneos se han colocado en varios espacios en México, pero también han atravesado la frontera. ¿Cómo has pensado a La Casa desde su enfoque transnacional y su cercanía con los mexicanos en el exilio, que ahora alcanzan los 35 millones viviendo en Estados Unidos?

Este es un punto de enorme relevancia para La Casa. El lema del proyecto es “Transgredir fronteras: comunidades transnacionales de colaboración creativa, política e intelectual”. La acción callejera del mural fue una manera de verificar que podemos trasponer, trastornar, simbólicamente abolir, poéticamente transgredir la frontera por medio de acciones como la del mural.

Como es sabido, el Partido Liberal Mexicano, la organización revolucionaria que articularon los mismos liberales de la foto de 1903 desde Texas primero, y desde California después, se dedicó a organizar políticamente el derrocamiento de la dictadura y la circulación del proyecto editorial de Regeneración a través de la frontera, por medio de redes de mexicanos migrantes señalados por una extraordinaria movilidad territorial. Las mitologías del PLM son muy importantes para ciertas funciones de la identidad chicana, como señaló en su momento el historiador Juan Gómez-Quiñones. Del otro lado de la frontera, entre la gente de origen mexicano, la memoria del PLM lleva una vida propia muy animada, eso ha facilitado que La Casa haya construido y siga construyendo una importante red de aliados y colaboradores en ambos lados de la frontera. Destacadamente, con Romeo Guzmán y Daniel González, de Los Angeles. Por medio de esas redes, pudimos distribuir instantáneamente el mural por California, Chicago, Nueva York.

El proyecto de La Casa es anti sentimental –empleo aquí las palabras del antropólogo Claudio Lomnitz, quien es la figura tutelar en muchas de las batallas del proyecto–, y no se ha construido desde la nostalgia, sino acaso por medio de una serie de restituciones poéticas y metafóricas con respecto al pasado. Más bien por medio de paralelos, de guiños, de gestos. Evidentemente, y aunque parezca increíble es algo que me toca aclarar con bastante frecuencia, La Casa no es el Partido Liberal Mexicano. Se propone cosas distintas. A partir de esa diferencia de objetivos, de prácticas y métodos, ¿qué referentes podemos recuperar para orientar nuestro quehacer, para responder con urgencia a causas que son “el tema de nuestro tiempo”, o más todavía el malestar de nuestro tiempo? Con todo y lo anti sentimental y anti nostálgico del proyecto, a la hora de estar formando aquellos paquetes con hojas de papel en nuestra imprenta, y de mandar los paquetes a Los Angeles, ¿qué te puedo decir? Algo, en un plano que es ya indudablemente emotivo, surge como una especie de corroboración sobre la pertinencia del acto.

Finalmente, quisiera señalar el tino del subtítulo que Rafael Pineda, Rapé, y Giulia, dieron a esta exhibición: “Hasta las paredes saben”. ¿Qué saben las paredes? Saben quién fue. Tan claro como un mural, puesto en una barda, a la vista de todos.

 

Más información:

FB: Casa del Ahuizote

@casadelahuizote

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