Fotografía: Lewis Whyld / AP

En las alturas de las subastas

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Doce minutos le tomó a la casa de subastas Sotheby’s vender El grito de Edvard Munch al mejor postor de cinco que pujaron por él, desde sus teléfonos, hasta llegar a los 107 millones de dólares (que más comisión por venta dieron un total de 119,922,500): la cifra más alta que se haya pagado jamás por una obra de arte en una subasta. Y eso que ni siquiera se trataba de una pintura sino de un modesto dibujo al pastel.* Claro que es para irse de espaldas, porque además hay que tomar en cuenta que si alguien puede desprenderse en doce minutos de semejante suma es porque tiene cien veces más que eso. El mundo está de cabeza, lo sabemos. Y el hecho de que el arte se haya vuelto tan espectacularmente caro de la noche a la mañana solo puede producir el más profundo escepticismo. A pesar de eso, tengo que decir que no me parece del todo descabellado que alguien decida gastar cantidades ciertamente abrumadoras de dinero en una obra de arte que –nunca mejor dicho– lo vuelve loco. Más bien: si lo vuelve loco.

En una subasta que tuvo lugar días después, el cuadro de Mark Rothko Naranja, rojo, amarillo, de 1961, rompió otro récord –ahora el de arte contemporáneo– al acercarse a los 87 millones de dólares. Un Francis Bacon (Figura escribiendo reflejada en un espejo, del 76), casi a los 50. De nuevo, no me resulta tan difícil entender que una persona, en pocas palabras, muera por tener un Rothko (aunque ya en esas, yo preferiría un Pollock). ¿Un Bacon fuera de serie como ese? Sin lugar a dudas. (Y este es el momento en que el arte se vuelve, inevitablemente, un asunto tan banal como decidir el color de la pared en la que va a ir colgado. En efecto: el arte tiene ese ladito feo. Pero, créanme, esa no es la peor parte: además de la incomodidad que podría suponer imaginar a ese pavoroso Bacon convertido en el decorado de una casa millonaria, está la cosa de que solo eso nos quedará a los demás: imaginarlo. Y es aquí que hace su entrada la envidia. Ni hablar.) Lo que es una lástima es que la fascinación sea en realidad la última de las razones por la que estas obras alcanzan precios tan delirantes. Detrás de cada venta –por más estúpidamente inflada que esté– hay una “buena inversión”. O eso se dicen a sí mismos los que compran. Ya se escucha aquí y allá que haber pagado casi 120 millones por un dibujo de Munch no fue la mejor de las estrategias, ya que difícilmente habrá otro atolondrado coleccionista que se apunte a la reventa –y pague lo que se necesita para darle sentido a la inversión.

Al final, lo que resulta más chocante es que todo sea tan predecible que hasta Roy Lichtenstein pueda de pronto llegar a codearse con Picasso y Klimt en las alturas de las subastas. Es cierto, la pintura de Lichtenstein llegó al mundo en el momento en que más necesario se hacía un cambio de dirección: el expresionismo abstracto estaba a tal punto desgastado que incluso dentro de las filas de la Escuela de Nueva York la vuelta a la figuración era inminente. Lichtenstein cambió el énfasis que este grupo puso siempre en la elocuencia del temperamento –la pincelada única, el trazo individual– por un arte mecánico, impersonal, inspirado en las tiras cómicas de los periódicos. Fue de los primeros que se aventuraron a mezclarlo todo: texto e imagen, arte popular y arte culto; no solo eso: pocos antes de él se habían atrevido a hacer de la apropiación una práctica abierta y sistemática. Lo curioso es que en la búsqueda de un estilo anónimo, Lichtenstein llegó, gracias al uso inconfundible de la trama de puntos, a algo enteramente suyo: “anticontemplativo –como dijo alguna vez–, antimatices, anti-tratar-de-huir-de-la-tiranía-del-rectángulo, antimovimiento, antiluz, antimisterio, anti-calidad-pictórica, antizen y anti todas esas ideas brillantes de los movimientos anteriores que todos entendemos perfectamente bien”. Sí, todo esto trajo al arte una frescura sin precedentes, pero el problema es que lo que se tiene, a fin de cuentas, es efectivamente un cuerpo de obra antimisterio, antimatices, etc. Nos puede parecer muy interesante como idea, pero me temo que visualmente no deja de ser un arte plano, predecible, aburrido, pues. Y eso es justo lo que se llevó el señor –otro anónimo comprador telefónico– que pagó hace unos días 44.8 millones de dólares por la obra Chica durmiendo, del 64: una pintura que de lejos (digamos, desde el sillón donde él va a sentarse a contemplarla) no parece otra cosa que un póster –de esos que venden en los museos– de sí mismo. Ay. ~



*Entre 1893 y 1910, Munch produjo cinco versiones de El grito: una litografía, dos pinturas al temple y dos pasteles.