[Los dedos, tristes…]

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LOS DEDOS, tristes,
     visitan el subsuelo
      de la piel, lo ido
     de la piel, el lugar erizado de lirios
     en cuyo seno el viento se hace límite
     y eternidad,
     y fosforescen
      formas oscuras
     a las que entrego la inflamada
     levedad de los días,
     los sueños que gotean de los grifos
     y de la desesperación.
      Los dedos hieren
     la piel sin traspasarla, e investigan
     en sus malezas y en sus ángulos,
     y dirimen lo que es nuestro y, sin embargo,
     nos niega, lo que llueve quietamente
     y nos induce
     al suavísimo estrago
     de un cuerpo
     que es puertas, y caricias
      que cruzan
     las puertas, y desmayo sustanciado
     en cuerpo.
      (Los dedos
     se arrojan a la hoguera
      de una humedad
     abismal, e insisten en ella, y desfallecen,
     y resurgen, teñidos de mar, como zafiros).
     ¿Qué precede a la piel? ¿Qué enlaza al cuerpo
     con lo contrario
     del cuerpo? ¿Qué hace de sus números
     un no estar, de su boca asediante una flor
     traicionada? ¿Por qué se oculta y eclosiona?
     ¿Por qué —luz semejante a nieve— se deshace
     en transparencias sólidas,
     en cuyo espejear
     encuentro pecios de mí, limaduras
     de mi desaparicïón?
      Las yemas
     recorren heredades sumergidas,
     y las trascienden. Atraviesan
      el aire y la carótida,
     depósitos de sombra y de semilla, vértebras
     desconocidas
     o ya olvidadas,
      y se quedan prendidas
     del repicar de la campana que oigo,
     como un pausado escalofrío,
     entre los árboles. (Están ahí,
     al otro lado de lo oscuro,
     trenzando
     silencio, amables
     pese a su invisibilidad
     y a sus uñas). Los dedos
     son un gozne entre la realidad
     y la conciencia; al girar, susurran
     luz, y su resplandor alumbra
     las superficies en que me derramo.
     Cuando chirrían,
     despiertan
      también los pasos
     que aún no he dado, y se imprimen
     en mi pecho las huellas de otros pies,
     y me sonríen rostros muertos, hijos
     de una luna improbable,
     acuchillada por el tiempo. Viene
     el vértigo a las ingles,
     y al tórax
     constituido
     por golpes
      y encías,
     y a la mirada que se suma al mundo
     con la fragilidad de un esquife,
     y en cuyos huecos encendidos
     se acomodan los muslos y el licor que destilan
     los muslos,
      los dedos
     y lo apresado por los dedos,
     la casa en que morimos
     y la casa que somos. Cabe el mar
     en esta hiedra
      que se desplaza,
     en este tacto que se multiplica
     como un aceite duro; cabe el yo
     en lo ínfimo
     del gesto remansadamente
     veloz, y en su pureza
      menstrual;
     cabe, en fin, que el vacío se contraiga
     en carne, o que la carne
     lo devore, y que yo acaricie entonces
     su densidad, doliéndome
     porque escapa, hostigada por los cláxones
     y el sol,
     porque se agrieta bajo el peso
     de su fugacidad,
     y se escora, y fracasa en el momento
     de arbolarse, y, pese a ello,
     entrevea en sus bulbos y tabiques,
     como lenguas de un fuego quebradizo,
     el claroscuro de mi voluntad
     y el parpadeo de una breve
      supervivencia. –

 
     

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