Entre el arco y la lira

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En la edición pasada, Arco, Feria Internacional de Arte Contemporáneo, fue visitada por 176 mil personas. Las ferias internacionales más importantes no pasan de setenta mil. Por otro lado, el comercio de arte en España no representa más que el 0,6% del comercio mundial —ayuda saber que entre los Estados Unidos y Gran Bretaña acaparan el cincuenta, más un siete por ciento de Francia—. Con las cifras en la mano podemos decir que a Arco casi nadie va a comprar. No van a comprar, aunque llevan en la mano una entrada que les ha costado como ir cuatro veces al cine. Arco es un éxito de público y una plataforma publicitaria excepcional. Por otro lado, no es fácil valorar su importancia como estímulo del mercado del arte. Para las galerías, la asistencia a ferias sólo representa entre el 10 y el 20% de sus ingresos. Pero la Feria utiliza toda una serie de estrategias: invita a coleccionistas de todo el mundo, gestiona un programa de adquisiciones restringidas a las galerías extranjeras, acoge sin dudar stands de las administraciones públicas y los medios de comunicación —y excluye cada año, por falta de espacio, a varias docenas de galerías—. El resultado es que tergiversa la realidad del mercado del arte en España, siquiera por unos días.
     ¿Por qué se va a Arco? Muchos de los asistentes no pisan jamás una galería de arte y sin embargo —como hacían los católicos no practicantes, que comulgaban una vez al año, en Pascua— asisten a Arco edición tras edición. No he escogido el ejemplo al azar. Mi teoría es que el arte —y la cultura— es la religión del Estado. Disculpen las molestias que pueda producirles escuchar esto: si el arte ocupa esta posición es para así constituirse en un instrumento de dominación ideológica. En las dos últimas décadas el arte ha adquirido un prestigio social generalizado, del que antes sólo gozaba en pequeños círculos. Si bien es la posesión de obras de arte lo que simboliza un alto estatus social, entender de arte —al menos estar al día— dice mucho en tu favor. ¿Creen que exagero? Si las cosas fueran de otro modo, si fuera la ciencia tan apreciada popularmente como el arte, no les quepa duda de que se llamaría "Einstein" y no "Picasso" un modelo de automóvil. Arco es una iniciativa oficial, lo que por parte de la administración resulta sorprendente. No se corresponde con la importancia cada vez menor que tiene el arte en los planes de estudios, cuando se busca la sección de arte en las bibliotecas públicas, cuando no existe aún una Ley de Mecenazgo… En fin, si decía que era un instrumento de dominación ideológica es porque quienes nos insisten en la importancia del arte son los que nos niegan los medios para apreciarlo, para conocerlo, para criticarlo. Se convierte así en un medio más para acrecentar nuestra alienación. El número de espectadores ansiosos por saber de qué hablamos cuando hablamos de arte crece. Cada vez más frustrados, cada vez más dispuestos a dejarse convencer de que lo que ven vale la pena, aunque ellos sean incapaces de decir por qué. Así las cosas, resulta lógico que Arco, que reúne 260 galerías de arte de 31 países —de ellas, 102 españolas— sea prácticamente La Meca, en esa hipotética religión.
     El carácter de bienal o muestra de la actualidad artística, superpuesto desde el primer momento al de mercado de arte, parece ganar cada año más peso. Secciones enteras, como las denominadas Cutting Edge y Project Room, son el resultado de selecciones y proyectos de comisarios, que exploran las propuestas más jóvenes, más arriesgadas y menos vendibles —las piezas de la segunda, de hecho, no se venden—. Los temas más repetidos este año tienen que ver con los problemas de identidad cultural y de comunicación social. También se presta atención a la creación artística en las periferias, con una amplia representación de arte asiático y del Caribe, dos escenarios que últimamente están en ebullición. Leyendo las reseñas, críticas y comentarios que han aparecido estos días en torno a la Feria, detectaba la irritación por el colonialismo cultural anglosajón —los términos que he mencionado no se traducen en ningún sitio: son los que son—. También se criticaba la innecesaria multiplicación de subsecciones —Cutting Edge tiene siete, una de ellas, "Critical Undercurrents: USA", con una sola galería— y comisarios. A lo que parece, el papel de los "expertos" está en auge. Pocas cosas son tan importantes en el mundo del arte contemporáneo como tener un guía o, mejor, un zahorí. Prueba de ello es también que crezca sin desmayo la envergadura de un programa de mesas redondas y conferencias, que este año versaba principalmente sobre Australia y sobre el coleccionismo de arte contemporáneo. Para acabar con la información, decir que este año la feria ha crecido de 18.805 metros cuadrados hasta 21.585. Más espacio, sí, pero también protestas de algunas galerías por un nuevo diseño del espacio que acarreaba grandes diferencias de circulación y visibilidad, según ocuparas una u otra posición —"unos en la Diagonal y otros en el Barrio Chino", ironizaba un galerista—.
     Después de escribir todo lo que he escrito, no sé si decir que he ido a Arco. Añadiré, en mi descargo, que no pretendía ver obras de arte, sino gente, y a tal propósito me entregué. Algo, sin embargo, acaba por llamarte la atención —así funciona la Feria, toda ella un puro dispositivo publicitario—. Ciñéndome a lo local, un par de dibujos de Miró de 1939, una fuente de arena de Eva Lootz, la habitación "instalada" de Jana Leo, un "tondo" de Rufo Criado… A pesar de lo que dicen los medios acerca de que este Arco ha supuesto la apoteosis de la fotografía, lo que yo detecto es precisamente la saturación: ya no es una novedad y, por otro lado, de momento en España se vende peor que la pintura. Esta edición de Arco ha estado dedicada a Australia, cuya actualidad artística hemos tenido la oportunidad de conocer, lo mismo a través de sus galerías que de proyectos como la exposición instalada en el palacio de Velázquez del Retiro. A diferencia del de otros lugares, el arte australiano tiene una personalidad bastante acusada, siendo uno de los pocos casos en que se ha producido una fusión viable de la cultura aborigen y el arte contemporáneo.
     No me di cuenta de que entraba en la zona Cutting Edge, me perdí en los Project Rooms… Y vi más stands de administraciones locales, museos e instituciones culturales que nunca. Como evidentemente en ninguno de ellos se venden obras de arte, hay que pensar que lo que venden es imagen. Y compran su presencia en un lugar con el que quieren que se les identifique. Ese "estar para ser vistos", que empuja a expositores pero también a visitantes, es una de las claves del éxito de la Feria. En fin, Arco es el cruce por antonomasia del arte, la publicidad y el dinero. De esa promiscuidad saldrá la cultura del futuro. Se llamará Cultural Crossroad, o algo parecido. –


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