Entrevista con Mark Hertsgaard

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Después de recorrer medio mundo y hacer cientos de entrevistas, Hertsgaard publica La sombra del águila (Paidós, 2003), un intento de explicar por qué Estados Unidos suscita tantos odios y pasiones. Este entrevista, realizada en Barcelona, es un esfuerzo por meditar con el autor sobre el antinorteamericanismo, sus causas y consecuencias.
 
Roberto Frías: A partir de las entrevistas, los encuentros y las visitas que fueron necesarias para elaborar este libro, ¿podría usted describir el común denominador del aprecio hacia los Estados Unidos?
Mark Hertsgaard: Depende de cada persona, así que pienso en casos específicos. Por ejemplo, en un hombre en Egipto, el señor Ghaly, del barrio islámico, quien dijo que lo primero en que había pensado cuando mencioné la palabra “América” era “libertad y democracia”. Durante mi gira en Estados Unidos dije que si hubiera algún hombre que me habría gustado llevar a mi país sería él, ya que siempre nos han dicho que ellos nos odian —los musulmanes, los árabes, los extranjeros en general—, pero eso no es verdad: no nos odian a nosotros sino a nuestro gobierno. Un hombre como el señor Ghaly muestra que de hecho aman y admiran lo que América, supuestamente, debería representar: libertad y democracia.
 
Frías: Y ¿cuál es el común denominador del odio hacia los Estados Unidos?
Hertsgaard: Es muy curioso, esa misma mañana, antes de entrevistar al señor Ghaly, entrevisté a tres terroristas retirados. Fue una de las entrevistas más hostiles de mi carrera. No me gusta la palabra odio, no creo que la mayoría de la gente odie a los Estados Unidos, aun cuando se trate de su gobierno, del cual les enoja su arrogancia y, en el caso de Bush, su hipocresía, estupidez, cerrazón y rechazo de los puntos de vista ajenos. Me hablaron mucho de esto y también del conflicto Palestino-Israelí, y no sólo en Egipto. En Sevilla, por ejemplo, conocí a un hombre que me dijo: “Sentimos mucho lo que pasó el once de septiembre, pero por favor reconozcan que eso fue una consecuencia de su política en el Medio Oriente.”
 
Frías: ¿En qué medida los prejuicios o las certezas jugaban un papel en esas opiniones?
Hertsgaard: Me encontré con que los extranjeros, aunque sabían mucho de Estados Unidos, y a veces sabían más al respecto que viceversa, tenían conocimientos no del todo correctos. No diré que se trataba de prejuicios pero sí de ignorancia, sobre todo de los detalles que hacen al país como es. Creo que el antiamericanismo está basado en posiciones no muy bien pensadas y por ello decidí que no valía la pena analizarlo a fondo, me interesaba la forma más sofisticada de entender a los Estados Unidos. Pero por supuesto que uno encuentra muchos prejuicios. El cliché es el hombre francés que habla de lo terribles que somos y tiene un parque Disneylandia en las afueras de París. Durante la guerra de Kosovo, los Estados Unidos bombardearon la embajada China. Yo vi algunas entrevistas con gente china en las que aseguraban que había sido a propósito. No sé si fue a propósito, pero lo dudo. Prefiero pensar que fue un error, que Washington sabía que hubiera obtenido muchos más problemas que beneficios con una acción semejante. Yo preferiría centrarme en críticas más inteligentes hacia los Estados Unidos.

Frías: Todos los países reciben, en mayor o menor medida, influencia estadounidense. ¿Cuán determinante resulta esta influencia cuando esos países critican a los Estados Unidos?
Hertsgaard: Muy determinante, de forma inevitable. Cuando están en la cocina, los sirvientes siempre se ríen del amo. Eso ha pasado a lo largo de la historia. También pienso que, tal y como lo vemos hoy en día, la postura de Washington ha sido frecuentemente criticada por quienes pueden considerarse amigos de los Estados Unidos. En el Reino Unido, por ejemplo, el ochenta y cinco por ciento de su población se oponía a una guerra en Irak si no era avalada por la Organización de las Naciones Unidas. El Reino Unido es el país más cercano a Estados Unidos. No creo que ese ochenta y cinco por ciento existiera por odio o resentimiento hacia Estados Unidos, sino por la política de Bush hacia Irak.

Frías: ¿Cuál es la imagen de Estados Unidos que su propio gobierno promueve actualmente en el exterior?
Hertsgaard: Washington comenzó a pensar que debería mejorar su imagen en el exterior sólo después del once de septiembre. Así que el Departamento de Estado contrató a un equipo de relaciones públicas que conjuntó las herramientas de la publicidad y de Hollywood para crear una imagen externa. Están mandando a los países musulmanes comerciales de menos de un minuto, donde se promueve lo bueno que es ser un musulmán en los Estados Unidos. Los niños van a la escuela por la mañana, sus padres los despiden felices, por la tarde los recogen y los llevan a enormes almacenes donde hay todo tipo de mercancías; luego, por la noche, van a la mezquita local. Un comercial para mostrar lo buenos que somos y que los musulmanes son bienvenidos. Dicho esto, la imagen que proyecta el país está saliendo de la Casa Blanca: es la imagen del vaquero religioso, que está empeñado en ir a la guerra con Irak y a quien el resto del mundo le parece irrelevante. Lo que sale de la Casa Blanca es la arrogancia norteamericana. Mientras tanto, las películas y la música envían una imagen de individualismo y consumismo, una visión consumista de la felicidad. Esa es la imagen que emitimos aun sin darnos cuenta.

Frías: ¿Podría describir, grosso modo, las impresiones que recogió de los Estados Unidos tanto en México como en España?
Hertsgaard: Nuestra relación con México es muy complicada, pero creo que sigue existiendo la visión de una tierra de oportunidades y riqueza, a donde puedes llegar para hacerte de una nueva vida para tu familia, a la que mandas dinero. Conozco mucha gente que hace esto. Trabajan muy duro, generalmente al aire libre, ya sea en el ramo de la construcción, pintando casas o en granjas, y se les paga justamente —no a todos, aunque sí a varios que conozco-. Por supuesto que muchos no tienen esa suerte y hacen lo que llamamos “trabajo diario”. Puedes verlos formados, en las esquinas, esperando a que alguien les dé trabajo. Cuando hablas con los que aún están en México, generalmente hombres jóvenes, te percatas de que tienen muchas ganas de ir a los Estados Unidos. Creen saber cómo es el país por lo que han visto en la televisión o en las películas. Una impresión que yo no llamaría equivocada pero sí parcial, como vista en un espejo, de reojo. Un chico de diecinueve o veinte años me dijo: “Ah, Estados Unidos, sí, te pagan como quince dólares la hora, eso es más de lo que yo gano al día”. Le dije que eso era cierto pero que los precios también eran más altos, y al parecer le era imposible entender esto último. En España, la gente que entrevisté era muy crítica con Estados Unidos. Eran buenos ejemplos de lo que encontré en otros países: les gustaba el país pero no su gobierno. Una mujer me dijo que se sentía más cercana, en términos culturales, a Kansas que a Toulouse.
 
Frías: Actualmente, ¿desde qué perspectiva juzga Estados Unidos al mundo?
Hertsgaard: Nos hemos percatado de que el resto del mundo importa, pero desgraciadamente vemos a los otros como una amenaza y no como una comunidad a la que necesitamos pertenecer. El mundo exterior aún se ve como una amenaza que debemos controlar en vez del lugar en el que vivimos, en donde es importante tener buenas relaciones con nuestros vecinos. Esto tiene raíces profundas en la historia de los Estados Unidos: el tema del aislacionismo ha sido siempre importante en nuestra política exterior. El once de septiembre ha hecho que esta noción regrese con fuerza y lo irónico es que, al mismo tiempo, el once de septiembre ha sido la justificación para que nuestro ejército supere su propio alcance, de forma muy agresiva. Tenemos aquí un poco de esquizofrenia. ~


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