España desembarca en Nueva York

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El 12 de octubre se inauguró la exposición itinerante El real viaje Real / The Real Royal Trip en el Centro artístico P.S.1 neoyorquino. Es una singular conmemoración del cuarto viaje de Colón al Nuevo Mundo, que incluye a veinte artistas (y un colectivo), trece de los cuales nunca habían exhibido en esta ciudad. Si bien se trata de una muestra que se quiere representativa del arte joven español, el comisario de la exposición, el suizo Harald Szeemann, ha incluido a artistas de otros puntos donde Colón se embarcó: Costa Rica, Brasil y Cuba.
     La evocación del viaje de 1502-1504 podía haber sido una oportunidad para reflexionar en torno a temas como el fenómeno de la globalización comercial, cultural y bélica de nuestro tiempo. Sin embargo, el interés de Szeemann era “crear una celebración del arte, el placer y la aventura”. A esto se debe seguramente que la mayoría de las obras tengan un espíritu lúdico y vagamente evocativo de lo que algunos llaman el “encuentro de los mundos”, y muy pocas ofrezcan una mirada incisiva a lo que otros consideran el genocidio resultante del choque de culturas.
     Las obras tienen en común que no buscan confrontar al espectador, son conservadoras y, podríamos decir, ecuánimes. La falta de estridencia es quizás lo que explica la poca atención de la crítica y los medios que recibió la exposición, por lo menos en sus primeros días. Este museo no es ajeno a la provocación, y se ha caracterizado por ser un espacio abierto a expresiones de búsqueda y vanguardia que acaso no tendrían cabida en otras instituciones. Para su público habitual, acostumbrado a que el arte sea un foro para purgar problemas de justicia, raza y género, parecerá sin duda extraña una exposición de artistas jóvenes que prácticamente ignora los problemas sociales que implicó el descubrimiento de América. De hecho, las piezas de Santiago Sierra (1966), el artista madrileño que radica en la Ciudad de México, y que se ha caracterizado por sus provocadores performances en los que paga a personas por dejarse tatuar o pintar el pelo, han sido vistas antes y parecen haber perdido su poder contestatario. La obra más política es Autobiografía, de la cubana Tania Bruguera (1968), una instalación acústica que consiste en un túnel iluminado que el visitante recorre atravesando varias cortinas hasta llegar a un cuarto oscuro, mientras escucha eslóganes revolucionarios. En este trabajo la explotación de las memorias colectivas se siente tan reiterativa como predecible.
     La primera impresión fuerte de El real viaje Real es Sendero Luminoso, de Fernando Sánchez Castillo (1970): ocho perros de bronce colgados de lámparas que hacen referencia a uno de los primeros actos con que ese grupo maoísta comenzó a darse a conocer. Su contraparte es la mucho más ligera Pacto de Madrid, también de Sánchez, que es una estatua ecuestre de Franco, literalmente enterrada hasta el cuello. Este irónico monumento conmemora cincuenta años del pacto entre el generalísimo y Eisenhower, con el que España entra a la onu y comienza a recibir ayuda en forma de leche en polvo. La ligereza es precisamente la constante de The Royal Trip, tanto en el vídeo Superficial y la serie de fotos Shiva, de Ana Laura Aláez (1964), como en los videoclips retro, kitsch, Tonight is the Night y Space Boy, de Carles Congost (1970) o en la enorme escultura colgante …In the meanwhile, baby is coming, I’m Living…, del brasileño Ernesto Neto (1964).
     Una de las piezas más relevantes es el video Home, de Sergio Prego (1969), quien recicla una técnica cinematográfica empleada en numerosas cintas a partir de The Matrix, consistente en analizar un objeto en movimiento al hacer que la cámara gire en torno a él. En este caso el artista hace la disección de un instante y pone en tela de juicio el realismo fotográfico, al detener el tiempo para tratar de revelar el misterio del concepto del presente. En una exposición en la que abundan las referencias a los medios electrónicos y su impacto social, destacan las piezas de Alicia Martín (1964), quien emplea los libros como símbolos de liberación, tanto en la instalación Contemporáneos, en la que cientos de libros parecen desbordar los muros del museo, como en el vídeo Poliglotas i, donde, en otra obvia metáfora, una parvada de libros vuela a través de un laberinto ignorando sus paredes.
     El real viaje Real incluye tan sólo dos obras directamente relacionadas con la idea del viaje. Una es Desorientado, de Mateo Maté (1964), una instalación en la que una habitación es transformada en una América del Norte imaginaria y cinematográfica, donde la orografía del continente es recreada por los pliegues de las sábanas. El protagonista, en ropa interior, recorre un Nuevo Mundo onírico que refleja la disolución del universo íntimo en la fantasía hollywoodense y el mito americano. La otra es El viaje, donde un viejo Mercedes Benz invita al espectador a convertirse en un inmigrante en busca de mejores oportunidades de vida en Europa, con lo que se invierte el flujo humano de la Conquista.
     Resulta muy significativo que el peso de contextualizar el conjunto de las obras recaiga en las fotografías de Cristina García Rodero (1949), una artista que pertenece a otra generación y cuya obra ofrece visiones fascinantes de rituales religiosos tanto en España como en el Caribe, manifestaciones culturales únicas que destacan de un conjunto de obras que, salvo algunas excepciones, podrían haber sido hechas en cualquier parte del mundo. La obra de García Rodero documenta el intercambio de credos, mitologías, delirios y pasiones entre los mundos, el extraño y extraordinario bagaje cultural que es, sin lugar a dudas, el legado más fascinante que dejó el real viaje Real de Colón. ~

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