Esqueletos (“depurados”) en el clóset

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En el curso de un trabajo que estoy escribiendo me encuentro con más datos de racismo institucional en el discurso revolucionario mexicano de la década de los años treintas.

En un periódico de fines de 1932 (es decir, antes de los radicalismos que provoca el destape de Lázaro Cárdenas en el seno del partido) leo que hay un “Comité Nacional Anti-Chino” que decide cambiar de nombre a “Comité Pro-Raza”. El paso de un anti a un pro que, al ampliar el espectro de su racismo, es bastante más anti que antes… Sus líderes, los diputados Alejandro Lacy Jr. (miembro del CEN del Partido Nacional Revolucionario) y Mario Negrón Pérez exponen que se trata de una “campaña racial-nacionalista” que “tiene por objeto la eliminación de la vida mexicana de elementos indeseables venidos de otros países”. El comité se declara dispuesto a recibir “peticiones de expulsión de elementos extranjeros”, denuncias de “capataces y comerciantes de nacionalidades china, judía, etcétera” y apoyar a cualquier “comité anti-China y antisemita”, razas “no deseables” que deberían ser enviadas a “guettos”.

Estos comités coexisten con el “Comité de Salud Pública” que, también a fines de 1932, atizado por la encícilica de Pío XI Acerba animi: sobre la persecusión religiosa en México, se pregunta en la cámara de diputados, por voz de su miembro Enrique Pérez Arce:

¿Por qué si la acción política de la Revolución, en su aspecto nacionalista, ha ido contra los chinos, porque explotan a las clases industriales y comerciales del país; por qué si la Revolución en su sector nacionalista ha ido también contra el judío, por considerarlo elemento perjudicial para los intereses sociales mexicanos; por qué no también esta acción nacionalista se endereza de una manera valiente, decidida e inmediata contra todos los clérigos, que no pueden considerarse sino como extranjeros perniciosos también?

Las agrupaciones racistas en el México moderno se han estudiado, claro, si bien el enfoque suele partir del año 1934, y más bien desde el punto de vista político. En un libro formidable, Historias secretas del racismo en México (1920-1950), publicado por Tusquets en 2007, la historiadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM Beatriz Urías explora los aspectos racistas del discurso revolucionario también en los gobiernos de Obregón y Calles –además del de Cárdenas– y analiza la ideología eugenésica que lo recorre. El libro acumula los estudios que Urías dedicó al asunto desde tiempo atrás. Uno de ellos, “Fisiología y moral en los estudios sobre las razas mexicanas: continuidades y rupturas (siglos XIX y XX)”, publicado en la Revista de Indias (2005, vol. LXV, número 234) y localizable en línea, está precedido por este abstract elocuente y estremecedor:

El pensamiento sobre las razas que se desarrolló en México a fines del siglo XIX estableció una vinculación entre los rasgos fisiológicos y las inclinaciones mentales o morales de los grupos étnicos, a partir de las cuales se conformaba un «carácter nacional». Este planteamiento no se transformó radicalmente después de la Revolución sino que fue recuperado en los nuevos estudios antropológicos, etnológicos y biotipológicos que alimentaron el programa de «ingeniería social» puesto en marcha a partir de los años veinte. Dentro de este programa fueron definidas un conjunto de políticas de mestizaje, migratorias, educativas, sanitarias, profilácticas y jurídicas que siguieron asociando la transformación racial del país al cambio de las mentalidades y a la definición de una nueva moral pública y privada.

La revolución, cuyo cumpleaños estamos en vísperas de celebrar, tiene en su inabarcable clóset esqueletos de muy variada naturaleza.

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