Funcionarios o parias

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Los artistas se dividen en dos: funcionarios y parias. De los últimos poco hay que decir. No se les conoce o se les conoce póstumos (cabría, pues, decir que los artistas se dividen en tres: funcionarios, parias y muertos). Los parias no publican ni exponen y, si lo hacen, sus libros y sus exposiciones no aparecen reseñados en ningún sitio, ni consiguen vender sus libros ni sus cuadros (o aquello que demonios hagan o aquello a lo que demonios llamen obra de arte).
     A los parias se les suele confundir con una clase especial de funcionarios: los malditos. No son, evidentemente, lo mismo. A la pregunta del suplemento dominical de un diario sobre si se consideraba un artista maldito, Albert Plá respondió con una pregunta: ¿Alguien ha visto alguna vez a un maldito haciendo promoción de su último disco y contestando al cuestionario de una revista con un millón de lectores? De los parias, ya lo hemos dicho, no se habla. De los malditos se escriben tesis doctorales y su poesía completa es recogida en gruesos volúmenes. Es el caso de la de Leopoldo María Panero, el maldito oficial de la literatura española contemporánea, cuyo prologuista (Poesía completa. 1970-2000, Visor, Madrid, 2001) primero se congratula de una obra que se yergue, es el verbo que emplea, "escrita de espaldas al sistema", para después añadir un párrafo cuya segunda parte es la mejor respuesta a la primera. La obra de Panero, se nos dice, se ha mantenido tan de espaldas al poder y al mercado (la traducción de la palabra sistema es mía, ¿cabe otra?) que "no ha merecido ni un solo premio en una sociedad que se diría es la sociedad de los premios y los halagos, aunque sí que obtiene una y otra vez el reconocimiento de la lectura, el único premio a que una obra literaria verdadera podría llegar a aspirar". Llegado a este punto, el lector no puede menos que respirar aliviado al comprobar en la página siete que está ante una verdadera obra literaria, concebida sin pecado. Tan aliviado como de que en la vecina página seis, frente al certificado de limpieza de sangre, la editorial ha añadido estas dos líneas: "Esta obra ha sido editada con la ayuda de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes".
     Coincidiendo con el número de Letras Libres dedicado a las resbaladizas relaciones entre cultura y mercado, otra revista literaria convocaba en Barcelona un coloquio bajo el lema: "¿Es posible escribir al margen del mercado?" El hecho de que tal reunión fuese promovida para conmemorar el quinto aniversario de la publicación es la propia respuesta: no. Ni del mercado ni de la publicidad ni de las cajas de ahorro. Ni escribir ni publicar revistas. ¿No lo deja bien claro el hecho de celebrar un aniversario como mecanismo promocional?
     El problema no está tanto en lo que se es cuanto en qué nombre se le da a lo que uno sea. Las palabras, como siempre, las carga el diablo. Todos somos funcionarios. Poder publicar esta frase nos convierte en ello. Hay, eso sí, funcionarios del Estado y funcionarios del sistema. Un funcionario del sistema es alguien que desprecia —siquiera inconscientemente— a los funcionarios del Estado por ser como son, esto es, un funcionario del sistema es un funcionario que no quiere ser funcionario. Y que cree no serlo. Alguien que se cree libre. En las personas y en las obras de oficinistas como Franz Kafka, Fernando Pessoa o Italo Svevo coinciden ambos tipos. Tal vez esto explique la falta de confianza de uno, la heteronimia del otro, el seudónimo del tercero. Y la esquizofrenia de los tres. El malestar con el que vivieron dentro de sus propios huesos, con una de sus mitades despreciando a la otra mitad. No hay que olvidar, por cierto, que Kafka y Svevo (es decir, Ettore Schmidt) estuvieron a punto de coincidir en la sede triestina de Assicurazioni Generali. Se sabe que el autor de Informe para una academia comenzó a estudiar italiano en previsión de un hipotético traslado.
     Conviene no confundirse. Un funcionario que se tiene por paria puede ser dos cosas: 1. un ingenuo; 2. un cínico. (A veces el cínico se tiene por ingenuo, lo que le hace doblemente cínico. El ingenuo que se tiene por cínico es, no hace falta decirlo, dos veces ingenuo.) La gran jugada del sistema funcionarial consiste en hacer creer a sus miembros que son libres, como un cerebro que se lo hiciera creer a una mano. De ahí el aviso bíblico: Que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda. Y la advertencia de Marcel Schwob en El libro de Monelle: Borrarás con tu pie derecho la marca de tu pie izquierdo. ~