El fabuloso mundo de Amélie

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¿Supongo bien si supongo que todos mis lectores han visto la película El fabuloso mundo de Amélie, que estuvo a punto de alzarse con el Oscar al mejor filme extranjero del año 2001? Pero si fuese así que algunos de ustedes no la conocieran, pues no importa. Porque de lo que quiero hablarles no es de la película sino de un epifenómeno relacionado con ella.
     Lo de epifenómeno, por favor, no debe despistarles. No soy un filósofo, para quienes los epifenómenos son fenómenos secundarios o adicionales, ni tampoco soy un médico, quienes entienden como epifenómenos ciertos síntomas secundarios o accesorios. Sencillamente soy un periodista que a veces se enamora de algunas palabras. Epifenómeno, en mi caso, es una de ellas. Y ocurre que el fenómeno secundario o adicional derivado de la película El fabuloso mundo de Amélie es que todos los que, después de verla, viajamos a París, no pudimos ni quisimos resistir la tentación de visitar los lugares donde transcurre su acción.
     Tomamos el metro hasta la estación Blanche, entre Pigalle y Clichy, y salimos justo frente a la entrada a la calle Lepic, que es de las que se empinan hasta la colina de Montmartre. Y una vez caminando por la calle Lepic descubrimos a la izquierda la Brassería de los dos Molinos, donde Amélie se desempeña como camarera. Y poco más adelante, en la acera opuesta, la carnicería donde se expende carne equina, con su muestra que es la cabeza de un caballo a la cual le falta la oreja derecha. Y algo más arriba, luego de torcer a la derecha y seguir subiendo a la izquierda por una callecita de cuyo nombre no logro acordarme, la suntuosa tienda de hortalizas, legumbres y frutas que ocupa toda una esquina y es uno de los lugares clave de la película, a escasos metros de la Place de Tertre, donde los turistas se arremolinan alrededor de los pintores callejeros, y algunos hasta se dejan caricaturizar por ellos e incluso les pagan de buena gana por la caricatura, una subespecie de masoquismo a la que nunca fui proclive.
     Dos veces he estado en París desde que vi El fabuloso mundo de Amélie, y las dos veces he peregrinado a ese mundo. Y así va uno juntando escenarios del imaginario universal.
     Es un museo íntimo, muy personal, en el que figuran el apartamento secreto junto a la Westerkerk, en Ámsterdam, donde se escondiera la familia de Anna Frank y ella escribió su diario; y la fábrica de tabacos de Sevilla, que vio los afanes laborales de Carmen y las horas perdidas estudiando abogacía por quien escribe, pues desde los años cincuenta la fábrica se convirtió en Universidad Hispalense. En ese museo íntimo y muy personal se cuenta también uno de los barrios más peligrosos de São Paulo, donde se desarrolla la excepcional novela Cero, del brasileño Ignacio de Loyola Brandão: menos mal que iba en su compañía, que es algo así como recorrer el infierno de la mano amiga y protectora de Virgilio. Y en ese museo íntimo y muy personal, pongo un quinto ejemplo, figura también mi recorrido por las calles de Dublín el 16 de junio de 1979 siguiendo los pasos de Leopold Bloom —cuando se cumplían 75 años del día en que transcurre el Ulises de Joyce—, en una época en que la municipalidad de la capital irlandesa aún no lo había descubierto y prostituido como tour turístico.
     En fin, y para terminar, atesoro también la visita de otros lugares absolutamente inolvidables pero cuya relación haría estallar las costuras de esta crónica.
     Sin embargo no quiero terminarla sin decirles cuánta vida necesitaría todavía para visitar algunos escenarios que me faltan: el zaquizamí de Raskolnikov en Crimen y castigo; la isla de Juan Fernández, donde se fraguó la epopeya de Robinson Crusoe; las calles de Nueva Orleáns montado en un tranvía llamado Deseo; el sanatorio de Davos donde Hans Castorp le propina a Clawdia Chauchat, en La montaña mágica de Thomas Mann, la declaración de amor más bella de la historia de la literatura; y para equilibrar la balanza con otro quinto ejemplo, les confieso que algún año quisiera pasar el Día de los Difuntos nada menos que en Comala, y a lo mejor hasta matizando un mezcalito con Pedro Páramo.
     De todos modos, me consuelo pensando que al menos ya he recorrido, a cambio, muchas veces, la extensión más inhóspita y más hospitalaria: La Mancha de mi señor Don Quijote. Vale. ~


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