Gumucio y Zambra

Las obras encontradas de dos escritores chilenos
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El par de novelas que Rafael Gumucio y Alejandro Zambra le han dedicado a la infancia, la adolescencia y la juventud durante la dictadura militar en Chile son fatalmente el mismo libro escrito desde visiones más complementarias que antagónicas. Memorias prematuras (1999), de Gumucio (1970), fue su festejada primera novela, mientras que Formas de volver a casa (Anagrama, 2011), la de Zambra (1975), es la tercera de un ciclo novelístico comenzado hace apenas un lustro, con Bonsai. Gumucio es hijo de esa peculiarísima aristocracia chilena de izquierdas, única en el mundo, en tanto que Zambra cuenta en Formas de volver a casa, precisamente, sus orígenes sociales (o los de su álter ego) en la más anodina clase media, aquella que se las arregló para sobrevivir sin inclinarse ni por Allende ni por Pinochet. Memorias prematuras está escrita desde el exilio en París tal cual lo vive un niño y a través de su retorno como adolescente a Chile: Gumucio no podía sino escribir una novela cosmopolita, hipercrítica y cómica en la cual el Adolescente es el Ideólogo. Zambra, al contrario, ha hecho de su obra una epopeya de la insignificancia a la manera de su admirada Josefina Vicens y de algunos narradores japoneses. Escribiendo Gumucio sobre Zambra, lo alababa asegurando que había descubierto que “la gran novela chilena tenía que ser pequeña.” 

 

La Universidad Diego Portales ha publicado, simultáneamente, en 2011, las recopilaciones críticas de Gumucio (La situación) y de Zambra (No leer), de tal forma que seguiré desarrollando la comparación. Gumucio tiende a la exhuberancia barroca, le fascina el jesuitismo, cuyas consecuencias políticas y culturales ha estudiado en sus vivaces crónicas. Ha viajado hasta el caserío vasco desde donde llegaron los de su apellido y ha regresado insatisfecho: le impacienta esperar a la sombra del árbol de los mitos. En cambio, Zambra habría sido bien recibido entre los jansenistas, preceptor como es de una mística deshidratada y vacua. Se siente a sus anchas en el anodino pueblo donde nació Pavese: lo encuentra suficientemente poblado como para hacerse de buenos amigos en muy pocas horas. En casa de Gumucio sobraban los libros marxistas y en la de Zambra sólo había un ejemplar de Madame Bovary.

Santiaguinos los dos, han estado muy cerca de Nicanor Parra y es notoria en ellos el pólem con que un gran escritor contamina a su gente, como lo prueba, predeciblemente, que dos de los mejores ensayos de La situación y de No leer tengan por materia (prueba de inteligencia, procedimiento de comprensión de la literatura) al casi centenario antipoeta. Y sólo a través de Parra persiste en este par de ensayistas algo del carbón rojo de la querella antinerudiana, admiradores como son de Enrique Lihn y de Roberto Bolaño, quienes murieron oportunamente para dejarse admirar, sin que estorbase entre ellos y su discipulado, la inevitable servidumbre de la jefatura espiritual. A Gumucio y a Zambra les gusta José Donoso  y han encontrado en Jorge Edwards al escritor del Antiguo Régimen al cual despreciar, sentimiento agravado porque Edwards no carga con uno sino con dos o tres antiguos régimenes en la espalda.

Gumucio y Zambra, los dos, son escritores profesionales: conocen el arte y el calvario de escribir cada semana en un periódico. Escriben sus artículos con la intención de hacerlos perdurar como ensayos y en la mayoría de los casos, lo logran, lo cual distingue a sus libros, escritura crítica, del trajín de los “periodistas culturales” a la manera de David Forster Wallace, cuyo imperio y embrujo rechaza Gumucio. Tienen sus defectos, también: en La situación hay frases inteligentes basadas en información falsa y en No leer a veces la brevedad es hija no de la concentración sino de la flojera.

De La situación celebro el stendhalismo, pero prefiero en Gumucio, más que la debilidad por lo cómico, la gravedad en el tono. Es notable su protesta ante los escandalosos acurrumucos recibidos, en vida y en muerte, por el nazi chileno Miguel Serrano, quien más allá de la cordillera es solamente un escritor pintoresco con ínfulas de teósofo.  El crédito de ese hitleriano en pantuflas es una anomalía bien chilena denunciada por Gumucio, convencido no sólo de la escasa valentía que se necesita para ser nazi en ese país sino de la imposibilidad estética explícita en ser un “gran escritor” nacionalsocialista.

No leer se concentra, como toda la obra de Zambra, en el mundo privado. Lo suyo es la vivencia interior, la actividad mínima: llegó a Paul Léauteaud de la mano de Armando Uribe, le fascinan los cuentos de Buzzati y ha sido precoz en repudiar lo que él mismo fue, poeta. Los poetas son víctimas de una honrada filípica firmada por Zambra, en el tono previsto por Gombrowicz, en tanto héroes del fracaso y de la infatuación. Por eso cree a Bolaño, sobre todo, poeta, y celebra en Parra a quien eternamente retorna de la muerte. En No leer aparece la anécdota decisiva sobre la posteridad literaria: Nicanor se presenta sin avisar en una clase sobre su poesía que está dictando Zambra y los alumnos se asustan mucho pues lo creían un inmortal, es decir, un muerto.

El héroe literario absoluto de Gumucio es Stendhal, un extrovertido y el de Zambra, Julio Ramón Ribeyro, el príncipe de los tímidos. Pero Gumucio y Zambra comparten  una contradicción fecunda: por un lado, admiran academicamente a quienes evitando la literatura, la alcanzan, un motivo muy kafkiano (el Kafka de Blanchot, se entiende) y al mismo tiempo añoran, con ánimos restauracionistas, el paraíso perdido de la novela vieja, larga, dura, decimonónica. En ese ir y venir se han convertido en dos de los principales prosistas chilenos del nuevo siglo.

 

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