Hay un hombre en España que lo hace todo

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Por curioso que parezca, titular España un libro en la España de nuestros días supone un acto de osadía. Y es incluso más osado que la novela que se acoge bajo ese título sea una novela política. Una novela política distinta, sin héroes ni empaque ideológico ni mucho menos adscripción partidaria, pero una novela que reflexiona y lanza preguntas, desde su atrevimiento e indudable modernidad, sobre lo que se entiende (o no se entiende) por este país alguna vez llamado España.

Un país que incluso tiene reparos a la hora de nombrarse a sí mismo es, desde el punto de vista literario, material insuperable. “Un colectivo que tiene hasta un rey que lo representa, pero que no puede mirarse en el espejo porque tiene unos enormes problemas de identidad, no puede reconocerse y encima produce terrorismo”. Ése es el tema de la España (DVD, 2008) de Manuel Vilas.

Y en la España de Manuel Vilas se habla de ETA y la invasión del mejillón cebra, de ciencia y tecnología, de Fidel Castro y Nino Bravo, se habla del conservadurismo y la cursilería de la oficialidad española, se habla de la monarquía y la Iglesia (y sus muchas mutaciones). En resumen, en la España de Manuel Vilas –quien además tiene la amabilidad de protagonizar o, por lo menos, hacer las veces de anfitrión en muchas de las historias que en ella se narran– se habla, con inteligencia, con agudeza, espíritu crítico y sin pacaterías, de todos esos temas que, de una u otra forma, silencia buena parte de la literatura española. ¿Recuerda usted cuál la fue la última novela española en donde se mencionaba a ETA?

Hijo bastardo de J.G. Ballard (a quien confiesa no leer desde hace mucho), Manuel Vilas ha optado por diseccionar y fragmentar la historia reciente (también futura) de la sociedad española, para con ella construir los fragmentos que componen su propia España. Pero con todo, esta novela no es sino el último episodio emitido de esa serie abocada a la representación de la España contemporánea, que Manuel Vilas empezó en el año 2000 con un poemario: El Cielo (DVD). Ahí nació, aunque no sería bautizado sino un par de libros después, ese magnífico personaje que es Manuel Vilas, quien desde entonces se pasea por los libros de su homónimo, echando su mirada, acumulativa y perpleja, sobre los paisajes de la España moderna. Ya sea a bordo de un Audi 100 o un Seat 850, bebiendo Campari o ginebra. La aventura prosiguió en Zeta (DVD, 2002) y Magia (DVD, 2004), que poblaban una alucinada Zaragoza (Zeta) de vampiros, putas y otros habitantes nocturnos. Luego llegaría cierto reconocimiento, el Premio Jaime Gil de Biedma en 2005 por un libro tremendo, el poemario Resurrección (Visor), que contenía piezas tan memorables como “MacDonald’s” o “Las manos de las cajeras”. Y ahí, entre ese “restaurante comunista” y las manos de las “cajeras del Carrefour, del Sabeco, de Alcampo, cajeras de todas las tiendas que he visitado”, Manuel Vilas descubrió que, quizá sin quererlo, se había convertido en un escritor político. “La realidad me ha ido hundiendo en lo político. Desde que uno se levanta por la mañana, sale y coge un autobús que llega tarde, el autobús está invadido de gente y no te puedes ni mover, uno descubre que su vida está condicionada por lo político, incluso las cosas más nimias tienen un contenido político”, dice Vilas.

Y así, ese escritor político, que nació en Resurrección, campa a sus anchas en España, donde todo, todo, desde las disputas entre académicos (ver los fragmentos Universos Paralelos, Tesis Doctorales. Últimos Títulos o “Ya Nadie Ama a Jesucristo: Historia de la Narrativa Española Contemporánea”) a las expresiones religiosas (ver El Mejillón Cebra o Misión Imposible), pasando por la violencia de los fragmentos Póker (que reconstruye, en versión libre, el asesinato de Miguel Ángel Blanco, aquí llamado, cómo no, Manuel Vilas) o Marisol, todo está empapado por la cosa política.

El salto, el gran salto, que quizá ha pegado la obra de Vilas en el tránsito de Resurrección a España pasa, además de por la profundización en lo político, por la inclusión de la tecnología como tema sobre y desde el que reflexionar. La tecnología como ente transformador, esas gafas nuevas desde las que contemplar y redescubrir la realidad que nos rodea. “La tecnología ha cambiado mi forma de ver el mundo”, dice Vilas. “Desde los avances en telecomunicaciones hasta los descubrimientos sobre el Universo, me parecen apasionantes y me influyen, determinan mi punto de vista”. Y el nuestro, pese a que sólo el 45% de la población española considera que la ciencia y la tecnología aportan más beneficios que perjuicios. Pese a ello, Vilas, que ha sabido conjugar con maestría su interés por la tecnología y la política (ver el fragmento que abre España: El “Noevi” o la Tecnología de la Repetición), opina que lo maravilloso de nuestra experiencia tecnológica es que acaba de empezar: “La idea más desafortunada de la historia de la humanidad es la idea del fin del mundo, el apocalipsis. Es un error completo, que supone una visión muy limitada de lo que es el ser humano. Dudo mucho de que el universo acabe con el ser humano, estoy convencido de que será el ser humano el que acabe por dominar el universo. La tecnología ha venido a demostrar que el ser humano es capaz de cambiar el medio que lo acoge, cambiar la materia y enfrentarse a las leyes de la naturaleza. Queda mucho futuro por delante”, afirma.

Esa conjunción entre política y tecnología, que hace tan atractiva la obra de Vilas, que le otorga esa carga de profundidad (también en la acepción explosiva del sintagma), es una de las armas que el autor posee contra su principal enemigo. En sus propias palabras: “la cursilería de la literatura española”. Una cursilería que, en su opinión, coarta la libertad que debería primar en la creación literaria. “La cursilería es un dogma del sentimiento, establecido por una tradición de carácter político, no literaria, que tiene que ver con una visión muy conservadora de la vida, que se encuentra presente en mucha literatura española, y que pasa por la ñoñería, la pacatería, el sentimentalismo”, dice Vilas, que lejos de achacarla a la España de a pie (“dudo mucho de que a la gente le pueda escandalizar algo que uno pueda escribir”), la confina a la oficialidad, los poderes públicos y el aparato mediático. “Resulta increíble que sigan rasgándose las vestiduras y tratando de oscurecer u orillar los productos que no participan de esa cursilería. Por poner un ejemplo, la guerra civil está tomada por los cursis. Hay unos tonos preestablecidos, unas teclas por todos tocadas, y es muy difícil cambiarlos. Esa cursilería, que tiene que ver con lo políticamente correcto, es la que hace que en España no se pueda escribir sobre ETA, por ejemplo”, sentencia.

Por suerte, para nosotros, lectores atentos a esa España contemporánea, a esa España enfrentada con la cursilería de algunas cabezas visibles de su clase política y su oficialidad intelectual, lectores embebidos en lo político interesados por la fisonomía cambiante del país, tenemos en la España de Manuel Vilas un lugar donde reunirnos y reconocernos. ~

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