Homenaje a Alberto Domínguez y al mar

Un recuerdo del autor del bolero "Perfidia".
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Quetzalcóatl, el hombre dios de las mitologías mesoamericanas, montado en una nave trenzada con serpientes, llegó a un mar y “se vio en las aguas como en un espejo”. Baudelaire proclamó en un poema: “Hombre libre, siempre querrás el mar./ El mar es tu espejo, en él contemplas tu alma”. Conrad tituló El espejo del mar un libro de recuerdos de sus años marineros. Ramón Gómez de la Serna dijo en una greguería-cuento: “El viejo marino agonizante pidió que le acercaran un espejo para ver el mar por última vez.”

¿Hay un colectivo y universal fondo de símiles, de imágenes, de metáforas y de varios casos de la analogía que, desde un pasado vertiginoso, se ofrece en lenguas, mitologías y culturas para hacer del mar un espejo y viceversa?

Mar = espejo o espejo = mar. La analogía no cesa nunca sus ramificaciones. Los vasos comunicantes, mar y espejo, espejo y mar, ocurren de lengua en lengua, de pluma en pluma y de siglo en siglo como en infatigables oleajes, y llegan a la página que su blancura no defiende,  al poema, y a la mera canción del tablado, de la victrola, de la radio nocturna. Caso ejemplar: la canción-bolero “Perfidia”, que en nuestra adolescencia y juventud podíamos oír a la vuelta de cualquier esquina, ya fuese llegada de la sinfonola de una cantina o de un bar, o de la popular orquesta de un salón de baile, o de una pantalla visitada por el cine hollywoodense (y se oye su música en la inmarcesible película Casablanca cuando Bogart e Ingrid bailan en París sin saber que están despidiéndose… pues creen que siempre tendrán París).

Y ahora, hace unos momentos, en la alta noche, cuando tecleabas sobre otro tema, te ha llegado la canción-bolero desde una nostálgica emisora de la radio:

“Mujer,

si puedes tú con Dios hablar,

pregúntale si yo alguna vez

te he dejado de adorar,

y al mar, espejo de mi corazón.

las veces que me ha visto llorar

la perfidia de tu amor.”

(Hay que escuchar la canción, hay que oír cómo en ella la voz cantante, de preferencia la señorial voz muy silabeada de Daniel Santos, abre una pausa como un repentino y amplísimo horizonte antes de emitir la línea “y al mar”.)

Del mar al espejo, del espejo al corazón, una y otra vez la poesía continúa su viaje, instaura mares y espehos comunicantes y dice su canción como secuela del romance del Conde Arnaldos, en el que alguien pregunta desde la orilla a un marinero de un barco qué es lo que canta, y éste responde con abierto e invitador misterio:

Yo no digo mi canción

sino a quien conmigo va.

El azar a veces (pero, la verdad sea dicha, muy poco frecuentemente) hace algo como un milagro. Cuando te disponías a poner el punto final en este texto que habías comenzado a escribir repentizando (como decía Moreno Villa cuando improvisaba un artículo para jugar a la lotería de la inspiración), ha sucedido que desde una nostálgica estación de la radio te llegó la canción “Perfidia”, que desde la adolescencia es es una de tus favoritas, de las más tarareadas, pero de las que no recordabas quién era el autor. Entonces recurrste a Google para noticiarte algo acerca del compositor, y hallaste: “Alberto Domínguez Borrás (21 de abril de 1907 – 2 de septiembre de 1975), fue un compositor nacido en San Cristóbal de Las Casas, en el estado de Chiapas y fallecido en la Ciudad de México. Tres de sus canciones, ‘Perfidia’, ‘Frenesí’ y ‘La última noche’, alcanzaron fama internacional.” Y al saber que Domínguez había también compuesto “Frenesí”, esa otra entrañable obra maestra (con letra del mismo Domínguez y de Rodolfo Sandoval), quieres traer a tu página dominguera ese bolero, acompañándolo de Baudelaire y de Conrad y de todos los no mencionados pero presentes fantasmas de narradores y poetas que celebraron al mar como espejo. Y, de pronto, en la alta noche, un amigo también ya fantasma: Eugenio Olmedo, que además de buen pintor era hombre adicto a los varios modos de embriaguez física y ebriedad espiritual, ha susurrado “Perfidia” trocando la letra así:

Y al bar,

refugio de mi corazón,

las veces que he llegado a olvidar

la perfidia de tu amor.  

 

(Publicado previamente en Milenio Diario)

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