Iras canarias

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Cuando los marineros de Colón dejaron atrás las Islas Canarias, frente a África, temblaron, pues este era el fin del mundo conocido. Actualmente, en este borde se siente otra fricción, la del vértigo globalizador que parece sacudir más fuerte los lugares que se creyeron más lejanos e idílcos. Ninguna erupción del Teide ha sido más devastadora para Tenerife que la modernidad. Ya sabía yo que su temperatura media de veinte grados y su belleza subtropical la hacen destino obligado del turismo masivo europeo, todo el año. Que bandadas de aviones traen a millones de alemanes, suecos, ingleses, hasta sus playas donde se fríen en aceite bronceador para alcanzar ese espeluznante tono rojizo, de cangrejo cocido.
     Pero lo que en mi ignorancia no comprendía es que hasta hace cuarenta e incluso treinta años estas islas eran mayormente agrícolas. Inmensos platanales, tabacales, y mucho atraso económico. La otra gran exportación de la isla eran los isleños. Los canarios que emigraron masivamente a Venezuela. Y a Cuba, para tristeza de ellos. Conocí en Cojimar, cerca de La Habana, a uno viejísimo, centenario: Gregorio Fuentes; capitán del yate de Hemingway, modelo de El viejo y el mar. Pero esa es otra historia.
     Hoy día los canarios no emigran. Al contrario, importan mano de obra. Son ricos. Muy ricos si los comparamos, por ejemplo, con los miserables saharianos que vienen en balsas desde el continente y se ahogan con tal de llegar a estas islas. Sin embargo, la riqueza tiene sus precios. Debo alquilar un auto para el trabajo que vine a hacer, y converso con el encargado de un “rent a car” que no da abasto rentando coches a turistas. Muchas cosas en él me suenan conocidas, latinoamericanas. Su acento “caribeño”, su manera de decir “guagua”, por el bus. Y su rabia. Es un canario de generaciones y está furioso.
     La ira en Canarias parece más grave que en otros sitios. Será la gritadera, la velocidad con la que hablan —apostaría que son los más rápidos de lengua en el orbe hispano. El caso es que este canario enriquecido y emprendedor me despotrica contra la globalización como una versión local del Subcomandante Marcos (también, a su modo, un emprendedor). Y yo lo provoco para que me cuente su caso. Era campesino hasta hace unos años, como su familia por siglos. Tiene una parcelita todavía. Pero ya no puede cultivarla. Este será el último año que sembrará papas. Todo se trae de fuera. Y va a tener que matar a sus dos vacas, “porque los funcionarios de medio ambiente —peninsulares, por supuesto— quieren que les haga un establo mejor que mi casa por no sé qué normas comunitarias. ¡No saben la diferencia entre humanos y animales, estos animales!” Gesticula en la calle, traspira, me indica las montañas verde esmeralda de su isla que se van cubriendo de edificios para los mismos turistas que son sus clientes, como lo revelan sus avisos en inglés y alemán. “¡Toda la culpa es de los americanos!”, profiere encendido. Y —metafórico en su incoherencia— me muestra un bar irlandés donde un portero, en pleno mediodía, seduce clientes vistiendo un caluroso traje de bufón con campanitas y todo. “¡Destruyen nuestro modo de vida!”, aúlla el canario, francamente poseído. “Y no ven nada, no ven nada”.
     Yo trato de ver: miro el horror inmobiliario en las colinas, los atascos del tráfico, los shoppings. Sólo el sol parece restar de la utopía que fueron estas “islas afortunadas”. Ya estoy por darle la razón, un poco. Cuando pasa a despotricar contra los inmigrantes árabes: “¿Por qué no se visten como nosotros? Tienen que adaptarse si quieren venir acá.” Y contra los obreros chinos. “¡Estamos llenos de chinos!” (Los he visto por docenas, sumisos e impenetrables, en las obras de un hotel en construcción.)
     A pesar del sol, siento un escalofrío. Este canario, por odiar lo ocurrido en su isla, odia todo lo extranjero. Supongo que incluso a mí, cliente de la desgracia en que prospera. Pero en el fondo, sobre todo, intuyo que se odia a sí mismo: al extranjero en que se va convirtiendo mientras destruye su propio pasado pobre, campesino e idílico, para enriquecerse.
     Conflictos paradójicos de la globalización: el acuciante deseo de ella que nos seduce y, a la vez, la inhumana velocidad con la que nos compra. La isla remota y “afortunada” que éramos, trasladada al archipiélago saturado de identidades mutantes que vamos siendo. La seguridad del pasado y la incierta libertad del futuro. Sé que he visto y veré más de esta “ira canaria” en muchos sitios. –

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