La calaca de Bonifaz Nuño

Un recuerdo del poeta Rubén Bonifáz Nuño.
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Interrumpo lo que estoy haciendo –una breve historia de la literatura mexicana del siglo XIX– para leer y releer a Rubén Bonifaz Nuño, lo cual resulta, por fortuna, caminar en círculos. Al detenerme en As de oros (1981), que forma parte de Versos (1978–1984), volumen a su vez incluido en la Poesía completa que el FCE empezó a distribuir semanas antes de la muerte del poeta, quedé colmado por una sensación de civilización finita, de acabamiento logrado. Me explico: cuando Bonifaz Nuño habla de Teseo, de Ulises, de Edipo, de Eneas, da la impresión, concluyente, de que todo aquello soñado como obra suprema por nuestros últimos neoclásicos (quienes casi siempre son al mismo tiempo nuestros románticos primitivos) fue realizado, finalmente, por este poeta del siglo XX fallecido poco antes de cumplir los noventa años.

El dominio, retórico y métrico, de la Antigüedad, sobre todo de la poesía latina, sólo parece arribar entre nosotros con Bonifaz Nuño, quien también desvía su mirada abarcadora hacia el reino de Judá, hacia Isaac pero no se concentra mucho en el Viejo Testamento. Prefiere a las vestales. Si por clasicismo se entiende respirar a Virgilio y a Lucrecio y no sólo traducirlos (más allá de lo que se piense de las versiones de Bonifaz Nuño, muy discutidas y discutibles) es indudable que entre los grandes clasicistas hispanoamericanos está él. Lo que soñaban hacer, vagamente, los Andrés Bello, los Pesado, los Carpio, los Pagaza y que estaba por encima de sus fuerzas, lo acabó haciendo maravillosamente el autor de As de oros. Es cierto, como dijo Gabriel Zaid, cuando apareció Siete de espadas (1966), que algo había de milagrosa en la anacrónica originalidad de Bonifaz Nuño, en su persona poética de “abate neoclásico metido a filósofo”.

Pero no fue un poeta anticuado. Al contrario, su obra demostró algo no muy visible en aquellos años de sus primeros libros: cuando es una verdadera investigación lírica, el  clasicismo siempre es actual. Aquellos decimonónicos nuestros, y antes que ellos los vilipendiados clasiquinos del XVIII a los que sometieron, se habrían quedado maravillados si una máquina del tiempo les hubiese distribuido, para su lectura y comentario, ejemplares del As de oros. Pero esos mismos poetas no habrían entendido nada de Fuego de pobres (1961), libro notabilísimo cuya escritura sólo podía ser el resultado del desciframiento de varios acertijos modernistas y modernos (de Díaz Mirón a Gorostiza, pasando por Rilke) una circunvalación donde Ulises es un mexicano oficinesco, desgastado por el tiempo y trazado, gracias a la capacidad del poeta para absorber tradiciones, por la poesía náhuatl.  Bonifaz Nuño fue un devorador de clasicismos a quien Menéndez Pelayo le habría profesado rendida admiración.

Bonifaz Nuño fue también virtuoso a la hora de ofrecerle al enamorado, con frecuencia, adolescente, esos espejos líricos sin los cuales la poesía pierde una de sus fuentes vivificantes, cuyas aguas también son las que, fatales, obnibulan a los poetas jóvenes. Mucho menos que Piedra de sol pero algo más que Sabines, varios poemas de Los demonios y los días (1956) o de El manto y la corona (1958) fueron leídos, imitados y recitados casi compulsivamente por los lectores de poesía de mi generación y de la anterior, sobre todo, a quienes Bonifaz Nuño inició en los rigores métricos lo mismo que en un sentimentalismo a la vez azotado y docto, combinación que le arrimó, gajes del oficio de maestro, malas compañias.

Importa mucho decir que varios de los más memorables poemas de amor contrariado y de desesperanza erótica que se han escrito en México, los escribió Bonifaz Nuño: “¿Y qué, si regresaras? Como agua irreparable huyen los días/de nuestra vida. Múdanse los años/ y tú con ellos; fuiste, ya no eres.” Y agrego un último apunte: en La poesía como destino, prólogo a la Poesía completa, Luis García Montero (es inusual que un poeta español sea curioso y humilde con la obra de un maestro de la otra orilla) desarrolla bien otro de los méritos perdurables de Bonifaz Nuño, lo solemne (en la mejor acepción de la palabra) que fue como poeta viejo, lo bien que registró la decadencia del cuerpo masculino, testigo y sujeto de la extinción de la virilidad, devoto de la mujer que se despide dando guerra, honorable y patética guerra. Así dijo en Albur de amor (1987): “En tu lección de despedidas,/aprendo cuanto soy. Decrépito, cabizbajo y sin llorar, me miro en los agujeros del zapato. De agujeros es mi espejo ahora.”

Igual que pareció cerrar con llave propia el jardín de los antiguos, Bonifaz Nuño dejó su propia constancia del fin del amor, del agotamiento fastidioso de Eros, del juego con la muerte. Que este clasicista mexicano déjase un último libro, de 2003, titulado Calacas y que completa la caja ofrecida por el FCE, resultó ser un gesto predecible y feliz. La calaca posadiana, elevada a la categoría de emblema nacional, no podía faltar en el repertorio de este formalista, acaso el más estricto en la historia de la poesía mexicana. El popularismo de este barroquizante, tensión subrayada por Octavio Paz cuando habló de él en Poesía en movimiento (1965), ensayó su humor en el epigrama funerario, costumbre griega. Rubén Bonifaz Nuño dejó inscrito lo siguiente en el poema noveno de Calacas: “Qué ganas de ponerte freno,/ de estarse un día sin tu abuso;/de mandarte, y de que hicieras caso: Engarróteseme áhi, Pelona. Pero como el heno, a la mañana, verde, seco a la tarde, es este/ camino en tranvía sin paradas.”