Salinger: juventud, extraño tesoro

AÑADIR A FAVORITOS

 

Holden Caulfield es más que un personaje. Es más que la conjunción de los apellidos de dos actores, William Holden y Joan Caulfield, vistos por J. D. Salinger en la marquesina de un cine donde se exhibía un filme que muchos señalan podría ser Dear Ruth (1947), de William D. Russell, aunque las fechas no empatan. Es más que el joven con “nervios de preguerra” que debuta en “Slight rebellion off Madison”, un cuento aceptado por The New Yorker en diciembre de 1941 pero pospuesto hasta diciembre de 1946 debido al clima bélico. Es más que el rebelde con causa de dieciséis años que protagoniza El guardián entre el centeno, la novela que desde su publicación en 1951 vende alrededor de doscientos cincuenta mil ejemplares anuales. Es más que el epítome del narrador poco confiable instituido entre otros por Henry James (“Soy el mentiroso más fantástico que puedan imaginarse”, confiesa en el capítulo tres del libro que le concedió la inmortalidad). Es más incluso que la voz del propio Salinger (1919-2010), que en un acto de insólita ventriloquia literaria transmite toda su visión del mundo a través de un tono adolescente. (“Identifico al instante la voz de la novela. Es Jerry [Salinger] el que habla”, asienta en sus memorias Joyce Maynard, la escritora y periodista con quien el autor de El guardián entre el centeno estableció una relación amorosa entre 1972 y 1973, cuando ella tenía dieciocho años y él cincuenta y tres.)

Holden Caulfield, hay que decirlo, es un virus altamente contagioso. Rastros de este contagio se evidencian en buena parte de los angry young men que pueblan ya medio siglo de cine y literatura estadounidenses. Allí están para demostrarlo dos ejemplos palmarios: Travis Bickle, el vengador no tan anónimo de Taxi driver (Scorsese, 1976), y Tyler Durden, el ello irrefrenable del narrador insomne e innominado de El club de la pelea, la novela de culto de Chuck Palahniuk aparecida en 1996. Allí está Green Day, la banda punk de origen californiano que en 1992 lanzó una canción llamada “Who wrote Holden Caulfield?”: “There’s a boy who fogs his world and now he’s getting lazy/ There’s no motivation and frustration makes him crazy…” Pero eso no es todo: la infección también ha conquistado la vida real, donde los resultados han sido destructivos antes que creativos. Allí está para constatarlo tristemente Mark David Chapman, que la noche del 8 de diciembre de 1980 –unos meses después de cumplir los veinticinco años– asesinó a John Lennon a la entrada del edificio Dakota en Manhattan, la zona donde Holden Caulfield efectúa su periplo desencantado de tres días. Chapman se hallaba no solo infectado sino poseído por Caulfield: la mañana del asesinato compró en una librería neoyorquina un ejemplar de El guardián entre el centeno, donde escribió “Esta es mi declaración” para luego firmar con el nombre del personaje; al cabo de disparar cinco veces contra Lennon permaneció en la escena leyendo el libro mientras llegaba la policía, a la que más tarde manifestó: “Estoy seguro de que la mayor parte de mí es Holden Caulfield. La parte más pequeña de mí debe ser el diablo.” Quizá, al apretar el gatillo del revólver Charter Arms .38 Special adquirido en Hawái, Chapman oía los seis balazos que Caulfield propina mentalmente a Maurice, el ascensorista vuelto proxeneta en El guardián entre el centeno. Quizá, al imaginar esas detonaciones, Caulfield oye a su vez el tiro salido de una semiautomática Ortgies 7.65 con que Seymour Glass se revienta la sien derecha en “Un día perfecto para el pez plátano”: un tiro que da trágico inicio a la carrera de una de las familias más entrañables de la narrativa contemporánea.

Curioso que el protagonista de una sola novela logre cobijar más que opacar, con su sombra larga y benéfica, a una estirpe entera cuya odisea abarca varios años y diversos textos. Se diría así que Holden Caulfield es el bosque que contiene a la familia Glass, ese árbol de ramificaciones múltiples que echa raíces en toda la obra salingeriana y está compuesto por los padres, Les y Bessie, y siete hijos: Seymour (nacido en 1917), Buddy (álter ego de Salinger, nacido también en 1919), Beatrice/Boo Boo (nacida en 1920), Waker y Walt (gemelos nacidos en 1921), Zooey (nacido en 1929) y Franny (nacida en 1934). El crecimiento de este árbol frondoso, que Salinger cultivó con ahínco a través del tiempo –Joyce Maynard describe lo que llama “los archivos de la familia Glass, tan real para [el autor] como la suya propia y a la que quiere mucho más […] montones de apuntes y cuadernos que hacen referencia a las costumbres y antecedentes de los Glass”–, responde a una cronología hábilmente fracturada que vale la pena reconstruir. En tres de los Nueve cuentos (1953), esas lecciones no solo de escritura sino de vida, se halla el germen de la saga consanguínea: en “Un día perfecto para el pez plátano”, ambientado en el año en que el texto se publicó en The New Yorker (1948), atestiguamos el suicidio de Seymour, el hijo mayor, especie de gurú devoto tanto del budismo zen como de la poesía china y japonesa cuya presencia se transforma en el eje sobre el que gira el grueso del ciclo de los Glass; en “El tío Wiggily en Connecticut” nos enteramos de la muerte de Walt, uno de los gemelos, ocurrida en Japón en el otoño de 1945; en “En el bote” vemos a Boo Boo en el papel de madre consagrada a su propia descendencia hacia 1949. Luego vienen los relatos que integran el díptico Franny y Zooey: ambos se ubican en noviembre de 1955, se centran en los personajes que los bautizan y se rigen en gran medida por los diálogos filosófico-religiosos que son una de las señas de identidad del corpus salingeriano. Después están Levantad, carpinteros, la viga del tejado, que se desarrolla el día de la boda de Seymour en junio de 1942, y Seymour: una introducción, texto deslumbrante situado en 1959 que se mueve con soltura de anfibio entre la nouvelle y el ensayo, la biografía y la filosofía, la ficción y la metaficción, y que termina con una nota zen que podría traducirse en máxima escritural: “Rápido y lentamente.” Cierra el ciclo Hapworth 16, 1924 (1965), último relato que Salinger daría a la imprenta y primer capítulo de la saga de los Glass: se trata de una extensa carta redactada por un Seymour de apenas siete años que predice su muerte y el éxito literario de su hermano Buddy. La madurez precoz que obsesionó al ermitaño de Cornish, New Hampshire, tiene siempre la palabra final.

Mucho se ha especulado sobre los probables vínculos entre Holden Caulfield y la familia Glass. Para muestra bastan dos botones: el amor imposible de Holden se llama Jane Gallagher y el apellido de soltera de Bessie, la madre del clan Glass, es Gallagher; en Seymour: una introducción se menciona a un tal Curtis Caulfield, “un chico excepcionalmente inteligente y agradable […] que murió durante uno de los desembarcos del Pacífico” y que trabajó con Seymour y Buddy en el programa de radio –Es un niño sabio: el título resume la obsesión salingeriana– en el que participaron todos los hermanos Glass. El nexo principal entre la estirpe neoyorquina y Holden Caulfield, el guardián dispuesto a proteger a la infancia arrojada al campo de centeno que es el mundo, es no obstante más intangible: la juventud, ese extraño tesoro que J. D. Salinger conservó en sus libros vueltos cofres que generaciones completas de lectores continuarán abriendo infatigablemente. ~

    ×  

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: