La España que se fue

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El suyo es un nombre que suena: lo hemos leído al pie de crónicas, reportajes, artículos de opinión —en estas mismas páginas, o en las del New York Times, El País, Vogue… Quizá ha llegado a nuestras manos alguno de sus libros (haber visto sus películas —documentales sobre la generación beat y sobre Europa después de la guerra— es mucho más difícil), o tal vez la asociamos sobre todo con aquella deliciosa película de Fernando Colomo, Los años bárbaros (1998). Los años cuenta una historia rocambolesca, inverosímil, y sin embargo real: en 1948, Barbara Probst y su amiga Barbara Mailer (hermana de Norman) aceptaron la idea de su amigo Paco Benet, al que habían conocido en París, para liberar a dos presos españoles. Era, recuerda Probst en su vivaz autobiografía Los felices cuarenta (Seix Barral), “un coctel de películas de Humphrey Bogart, Don Quijote arremetiendo contra los molinos de viento y una cucharadita de Paul Nizan”: consistía en que las dos chicas alquilaran un coche con matrícula turística y lo usaran para rescatar a dos estudiantes españoles, Manuel Lamana y Nicolás Sánchez-Albornoz, que por pertenecer a la FUE y publicar un libro con poemas de Neruda habían sido condenados a trabajos forzados en el Valle de los Caídos; e increíblemente, funcionó…
     Pero en definitiva, ¿quién es Barbara Probst Solomon? En dos líneas, ésta es su historia: nacida en 1928 en el seno de una familia neoyorquina judía y liberal —padre abogado, madre pintora amateur, institutriz alemana—, su curiosidad y espíritu aventurero la empujaron a irse a vivir a Europa al terminar la Segunda Guerra Mundial. En París se hizo amiga de jóvenes exiliados españoles, y amante de uno de ellos, Paco Benet (antropólogo y hermano de Juan, el novelista); les ayudó en la sonada fuga del Valle de los Caídos y en la redacción de la revista Península; también pasó una temporada en Alemania. Tras su regreso a Estados Unidos, donde ejerce como escritora, periodista y profesora universitaria, Barbara Probst siguió y sigue sirviendo de puente, intelectual y personal, entre su país y el nuestro. Acaba de recibir el premio Antonio de Sancha, de la Asociación de Editores de Madrid, y de tomar bajo su cuidado una exposición en el Instituto Cervantes de Nueva York, titulada America Meet Modernism: Women of the Little Magazine Movement, sobre las pequeñas revistas fundadas o dirigidas por mujeres que introdujeron en Estados Unidos el arte, la literatura y el pensamiento de las vanguardias.
     Entrevisté a Barbara —a quien no conocía— en Nueva York, apenas dos semanas después de las elecciones, en un soleado y gélido sábado de noviembre. Así tuve oportunidad de entrar en uno de esos edificios que una cree que nunca verá más que por fuera o en el cine: una de esas elegantes casas de pisos en los East Sixties, cerca de Central Park, con un toldo verde del portal hasta el bordillo para que cuando llueve no se mojen los señores al cruzar la acera, con portero uniformado y hasta ascensorista —hispano, naturalmente— también con gorra y galones. El piso (que no es suyo sino de alquiler, de renta antigua, ocupado antes por sus padres) es acogedor, cálido y sin pretensiones, a imagen y semejanza de su dueña, que me prepara un té en la cocina y responde luego a mis preguntas sentada sobre su cama y jugando con el perro: la cordialidad en persona.

Laura Freixas.- Es inevitable empezar hablando de las elecciones. Dicen las encuestas, concretamente cito la que se publicó en la revista Time, que a Bush lo votaron la mayoría (61%) de los varones blancos, de las mujeres casadas (54%) y de los que van a la iglesia al menos una vez por semana (85%), y a Kerry los afroamericanos (89%), hispanos (59%) y solteros o divorciados (59%). En su discurso, al recibir el pasado mes de octubre el premio de la Asociación de Editores de Madrid, dijo usted que Estados Unidos estaba dividido como no lo había estado nunca desde la Guerra de Secesión. ¿Comparte usted ese análisis, tan difundido, según el cual la gente ha votado guiándose por criterios morales y religiosos (el llamado values-vote) y en contra, en muchos casos, de sus propios intereses?

Barbara Probst Solomon.- Ante todo, y ponlo por favor en la entrevista, quiero decir que no es cierto, como publicó El Mundo cuando me entrevistaron a raíz del premio, que yo afirmara que este país se estaba volviendo fascista. Al contrario, siempre he dicho que aunque ganara Bush —y yo me lo esperaba—, este país, que es muy cíclico, terminaría por tener una reacción progresista. Dividido, sí lo está, y mucho más politizado de lo que ha estado en mucho tiempo; pero no es sólo una cuestión de valores, en el sentido religioso, sino de otras cosas: por ejemplo, las ciudades han votado demócrata y las áreas rurales, republicano. Es cierto, desgraciadamente, que por el momento los demócratas no tienen ideas. Ni tampoco una organización de base; tradicionalmente tenían los sindicatos, pero los sindicatos ya no pintan nada. Entonces, se han fiado demasiado de las estrellas: de los intelectuales, los periodistas famosos, los actores de Hollywood… Los republicanos, en cambio, van por los pueblos, los barrios, visitando a la gente, se coordinan con las iglesias, y se ocupan de cosas como asfaltar una calle, reparar el tejado de una escuela, comprar libros nuevos para el colegio… Ahora, la gente sofisticada, urbana, se pregunta: ¿por qué tantos votantes han ido en contra de sus intereses, por qué han apoyado a un partido que los perjudica en temas como la seguridad social, el empleo, la educación? Pero no se dan cuenta de que hay otros intereses en juego, más inmediatos, locales, y de esos sí que se ocupan las iglesias y los republicanos.

LF. ¿Cree usted que la victoria de Bush va a atizar el antiamericanismo europeo?

BPS. ¿Más? Si el antiamericanismo no es de ahora: viene desde la Segunda Guerra Mundial. Quizá ahora no lo recuerden, pero los europeos ya eran muy antiamericanos cuando gobernaba Clinton. En España, además, mucha gente cree que a Franco lo colocó Estados Unidos, o poco menos. Cuando lo cierto —acabo de dar una conferencia sobre eso, precisamente, en la Universidad de Nueva York— es que Estados Unidos fue, con Rusia, el último país en reconocer a Franco. Los británicos y los franceses lo hicieron en febrero del 39, antes de que acabara la guerra; Estados Unidos esperó hasta abril. En los primeros años de la posguerra, la embajada estadounidense era muy antifranquista: se preocupaban por la situación en las cárceles, tenían ciertas relaciones con la clandestinidad… Eso da un giro hacia 1953, ya sabes: las bases… Pero volviendo a lo que te decía: estamos hartos de tópicos. El de la ignorancia, por ejemplo. Cuando los intelectuales estadounidenses van a Europa, no esperan que un camionero o una secretaria sean expertos en Derrida. Pero cuando los europeos vienen a Estados Unidos y conocen, digamos, a un tendero que cree que México está en España o algo así, concluyen que “los americanos” son estúpidos. Estamos cansados de la condescendencia de los intelectuales europeos.

LF. Noté algo de esa irritación en lo que dice de Simone de Beauvoir en Los felices cuarenta… Precisamente estoy leyendo el diario que llevó Beauvoir cuando visitó por primera vez Estados Unidos, en 1947 (América día a día, ed. Mondadori), la misma época, año más o menos, en que usted se fue a vivir a Europa.

BPS. No es un libro muy bueno… Aquí ella conoció a la crème de la crème, a gente como Elizabeth Hardwick o Mary McCarthy, y las describe como si fueran idiotas. Aparte de eso, El segundo sexo es un libro importante, no cabe duda. Suscitó el tema de la condición femenina, y tiene toda la razón en algunas cosas, como que la libertad empieza con lo económico. Yo vivía en Francia cuando salió su libro, y se la criticó mucho, pero eso era en parte porque en Francia había mucho pensamiento tradicional, católico; yo creo que en Estados Unidos se la entendió antes. En lo que no estoy de acuerdo con ella es en el tema de la maternidad. Parecía pensar que tener hijos era, para una mujer, un acto de masoquismo. Claro, no todas las mujeres quieren ser madres, pero si estás creando un movimiento a escala mundial, tienes que incluir a las que sí lo son, y tomar en cuenta sus circunstancias. Marguerite Duras, a quien llegué a conocer bien, también criticaba a Beauvoir en este punto. Y además, creo que Beauvoir utilizó demasiado, para hacerse escuchar, su historia con Sartre, o lo que ella quería creer de su historia con Sartre. Que en realidad no funcionó y terminó por convertirse en algo hipócrita. Nadie es tan perfecto: no somos dioses, y es mejor pensárselo dos veces antes de ponerse uno mismo como ejemplo de cualquier cosa.

LF. ¿No cree que lo que ocurre es que las mujeres intelectuales, ambiciosas, en esa época eran demasiado vulnerables para poder prescindir de un hombre a su lado? ¿No cree que lo necesitaban para que él les diera autoridad, respetabilidad, las protegiese contra la agresividad que suscita una mujer con poder o éxito, y que eso es lo que explica que muchas de ellas, como Simone de Beauvoir, se aferrasen a un hombre y no pudieran soportarla idea de quedarse sin él?…

BPS. A riesgo de generalizar demasiado, yo diría que esa necesidad es más propia de las francesas que de las estadounidenses. Claro que aquí hay también sectores muy tradicionalistas, pero hay más variedad. Ya en la generación de Beauvoir había en Estados Unidos mujeres muy independientes, por ejemplo las de los little magazines, que introdujeron las vanguardias en Estados Unidos… Quizá porque a las mujeres se las valora cuando se las necesita, y en Estados Unidos, en el Oeste, las mujeres eran escasas, y las que había eran muy fuertes.

LF. Usted ha escrito que “ni la verdadera moral ni la verdadera rebelión residen en la zona genital”; que le parece ingenuo creer que la liberación sexual basta para la emancipación femenina. Pero ahora que tenemos, además de libertad sexual, todo lo demás: el voto, la igualdad jurídica, la educación… ¿por qué la igualdad real sigue estando tan lejos?

BPS. Permíteme que te conteste con una pregunta: ¿qué piensas de la famosa foto de las ministras en Vogue?

LF. Pues pienso que cayeron en la tentación de utilizar la feminidad, la seducción, para conseguir poder y fama. Es una tentación que siempre ha existido y que se acentúa en una sociedad basada en la imagen: las mujeres resultan doblemente llamativas por su escasez en ciertos campos, como la política, y porque su imagen es más colorista. Pero es un arma de doble filo: parece un camino muy fácil, un atajo, y muchas mujeres lo usan, pero la fama que les da es efímera, poco sólida, con un barniz de frivolidad. En el campo de la literatura también pasa: para una mujer, sobre todo si es joven, fotogénica, escandalosa… es relativamente fácil publicar, ganar premios, aparecer en televisión. Lo malo, para ellas, es que obtienen presencia en los medios, pero no prestigio, y sus nombres se borran enseguida. Y lo malo para las demás es que se crea una visión de las escritoras como puro fenómeno comercial y mediático, sin calidad ni seriedad, y esa imagen termina afectándonos a todas.

BPS. Sí, estoy de acuerdo. La cuestión que está detrás de todo eso es la dependencia respecto de los hombres: toda esa coquetería, esa apariencia de “Barbies”, esa forma de vestir, que es mucho más convencionalmente femenina ahora que cuando empezó el movimiento feminista, hace treinta años… Claro que el feminismo de los años 70 cometió muchos errores. Se centró demasiado en la sexualidad, en la vida privada. Y también se fijó demasiado en las mujeres víctimas: en los suicidios de Virginia Woolf y de Sylvia Plath, los trastornos mentales de Zelda Fitzgerald… Se confundió un estilo pasajero, la contracultura de los 60 y 70, con un verdadero progreso. Y cuando la contracultura se desvaneció, los hombres seguían estando donde estaban, porque ellos tenían los empleos, pero muchas mujeres que habían creído en esa emancipación a través de la vida privada se encontraron con las manos vacías. Tenían que haber hecho más hincapié en la políticas públicas: una educación gratuita de calidad, políticas sociales, de empleo… Y ahora lo que vemos en muchos terrenos es un retroceso. En el periodismo cultural, por ejemplo, nos encontramos con que la presencia de mujeres en las revistas culturales, como The New Yorker, Harper’s, The New York Review of Books… es más reducida ahora que cuando yo empecé.
     LF. En España también. Yo siempre cuento el número de mujeres en los índices de las publicaciones culturales y me quedo helada: suelen ser un 10 % o incluso menos. Lo más paradójico es que eso ocurre cuando la gran mayoría de las estudiantes de Letras son mujeres.

BPS. Es una barbaridad, y nadie parece estar prestando ninguna atención a este tema. En la primera mitad de siglo, en Estados Unidos, las mujeres eran muy activas en el mundo cultural: los tres museos más importantes de Nueva York, el Moma, el Whitney y el Guggenheim, fueron fundados por mujeres, y dos mujeres fundaron la revista en que se publicaron las primeras entregas del Ulises, The Little Review… Tal vez porque en esa época no se daba demasiada importancia a la cultura. Ahora en cambio se ha convertido en una mercancía valiosa, se forman pequeñas mafias y a las mujeres se las ve como competidoras y son expulsadas. Sobre todo en las revistas, que emplean a periodistas free-lance; en los periódicos es distinto, porque allí actúan los sindicatos. Yo creo que he tenido suerte porque, por azares biográficos, me relacioné mucho con España. Buena parte de mi carrera ha consistido en escribir sobre España. Y los periódicos para los que trabajaba no tenían a nadie más que conociera el país a fondo, que estuviera en contacto con la clandestinidad. En cierto modo, no tenía competencia. Si hubiera escrito sobre otros países europeos no habría tenido tanto reconocimiento.

LF. En su autobiografía explica usted que el principal motivo por el que, después de la guerra, quiso ir a Europa fue el descubrir qué significa ser judía…

BPS. Bueno, en realidad, no fue exactamente eso. Para los europeos es distinto, pero nosotros, los judíos estadounidenses, no nos sentimos minoría, no nos sentimos amenazados. En Nueva York, sobre todo, ser judío es muy fácil. Además mi familia no era nada religiosa, y estaba muy mezclada: había católicos, protestantes… Acabo de leer la nueva novela de Philip Roth, The Plot against America, en la que imagina que el aviador Lindbergh se hubiera convertido en presidente y hubiera instaurado el nazismo… pues bien, a mí me cuesta mucho creer en esa posibilidad, no me crié con una mentalidad paranoica. Nunca experimenté el antisemitismo. Me siento más bien identificada con el mundo de Proust: por una parte, estaba el caso Dreyfus, pero al mismo tiempo, él y su familia vivían muy bien, perfectamente integrados en la sociedad francsa…. Entonces, para contestar a tu pregunta, creo que mi búsqueda era más emocional, más primitiva. Como sabes, a mí me crió una niñera alemana, que fue como mi segunda madre, y que era además novia de un oficial nazi, y yo creo que fui a Europa para intentar entender qué habría hecho ella conmigo si hubiéramos vivido en Alemania: ¿me habría protegido, o me habría entregado a los nazis?…

LF. Y una vez en Europa, cuando se estableció en París, se encontró frecuentando sobre todo, no por haberlo buscado sino como dice usted en sus memorias “por estar en el café adecuado en el momento adecuado”, a los estudiantes e intelectuales españoles exiliados, y trabajando para su revista, Península. El lema de Península era “ni Franco ni Stalin”. Viendo la evolución política que ha seguido España, una evolución que responde a ese lema, ¿se siente usted satisfecha o decepcionada de algún modo?

BPS. A veces siento una punzada de nostalgia… Sí, a veces siento que lo mejor de España, esa España que conocí siendo muy joven y en la que había personas extraordinarias… esa España ha desaparecido, ahogada bajo la cultura moderna, la prosperidad, una modernidad anónima… Pero, como decía siempre mi padre —que fue una gran influencia para mí—, el mundo es mediocre. Los españoles habían esperado tanto tiempo que esperaban el paraíso, y en lugar de eso lo que llegó fue la normalidad, la vida cotidiana.

LF. Y de un día para otro quisimos olvidarlo todo, como si intentáramos dar la espalda al pasado y a nuestra propia identidad. En literatura, por ejemplo, yo veo que mi generación empezó acogiéndose a modelos extranjeros, europeos o latinoamericanos —de ahí el auge del cuento y de la fantasía en los años 70 y 80—, renegando de todo lo que sonara a español, situando incluso nuestras ficciones en el extranjero o en ninguna parte… hasta que en estos últimos años estamos volviendo la mirada atrás y empezamos a escribir sobre la guerra, el franquismo, la transición…

BPS. Porque os pasa como a los judíos con el Holocausto: se necesita tiempo, años, antes de poder empezar esa labor de recuperación.

LF. Volviendo a España y sus relaciones con Estados Unidos: dada la enorme comunidad latinoamericana que hay aquí (un 13 % de la población), y dado que es una comunidad que, a diferencia de casi todas las demás, no se disuelve en el melting-pot sino que conserva sus señas de identidad, empezando por la lengua, ¿qué papel puede desempeñar España en todo esto?

BPS. A España le ha tocado, de una forma totalmente accidental, un puesto clave: está en la confluencia entre Estados Unidos, Europa y América Latina. España ha adquirido aquí un peso enorme, súbito, inesperado. Lo español ahora forma parte de nuestra cultura: el bilingüismo se ha instalado en la vida cotidiana, ya sabes, “si desea ser atendido en inglés pulse uno, para español, pulse dos”, y nadie lo discute. No se trata sólo de que los hispanos hablen español, sino que para los estadounidenses educados el español ha sustituido al francés y al alemán. Pero España aún no ha encontrado su lugar en todo esto.

LF. Entre otras cosas, a causa de los malentendidos, a los que usted se refiere a menudo, provocados por las diferencias culturales entre España y Estados Unidos.
     BPS. Sí, lo noto cuando nos visitan intelectuales españoles, o en general, europeos. Muchas veces, esperan ser recibidos como vedettes, se preguntan dónde está la prensa, y se creen que les hacemos poco caso por ser europeos, cuando en realidad, lo que ocurre es que aquí los intelectuales, incluidos los nuestros, los estadounidenses, no tienen el protagonismo del que gozan en Europa. Otra cosa que no entienden es que aquí la cultura es privada: ni siquiera el Metropolitan pertenece al gobierno. En Europa está patrocinada por el Estado, hay Ministerios de Cultura, pero aquí la responsabilidad es de los individuos: hay una conciencia cívica, una tradición de iniciativa cultural privada… De los intelectuales europeos —no digo sólo los españoles— se espera que tiendan puentes, que actúen como representantes de su país, y en vez de eso, consideran sus visitas como éxitos personales: “He triunfado en Nueva York”, y luego vuelven a su país y no hacen nada.

LF. Ya para terminar, ¿cuáles son sus proyectos inmediatos?

BPS. Mis proyectos inmediatos son preparar unos espaguetis con parmesano para mis estudiantes, a los que he invitado a cenar. Ya son muchas las desgracias, personales o colectivas, que he sufrido en mis setenta y tantos años, y no voy a dejar que la victoria de Bush me amargue la vida. –