La ficción y la poesía como herramientas para hacer mejores médicos

Especialistas en medicina destacan la importancia de la ficción y la poesía para que los profesionales empaticen más con los pacientes, afronten mejor las situaciones dolorosas y, en consecuencia, mejoren sus tratamientos.
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Entendemos ideas, pero recordamos historias. Eso explica el médico y académico Daniel Flichtentrei ante el auditorio. Luego cita a John Berger, quien ha señalado que los datos, en sí mismos, no son historias: las historias organizan los datos, uniéndolos con lazos que son imaginarios, no reales. Y recuerda también una frase del filósofo surcoreano —afincado en Berlín—Byung-Chul Han: “La información y los datos están siempre desnudos. Convierten la interacción en pura transacción. Cuentan (computan) pero no cuentan (no narran)”.

Flichtentrei —autor de varios libros, el más reciente: La verdad y otras mentiras, una colección de “historias de hospital”— ha comenzado su intervención afirmando que, a diferencia de lo que la mayoría de las personas creemos, la medicina no es una ciencia, sino una práctica que utiliza la ciencia. La medicina, dijo, traspasa el conocimiento general de la ciencia a cada caso individual, a cada paciente que a un médico le toca tratar. Es decir, a cada historia.

Por eso, después de hablar de la diferencia entre los datos, la información, las ideas y las historias, señala que, más allá del desarrollo de los más sofisticados equipos y maquinarias, la mejor tecnología de la medicina sigue siendo la misma desde el principio de los tiempos: la palabra.

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La charla de Daniel Flichtentrei se da en el marco del seminario “La ética médica y la bioética desde la ficción”, desarrollado la semana pasada en el edificio de la Academia Nacional de Medicina, en Buenos Aires. Otro de los expositores es el médico cardiólogo Carlos Tajer, quien se refiere a la importancia de la ficción en la educación médica.

Uno de los mayores beneficios del uso de las historias de ficción en la formación de los especialistas radica en la posibilidad de pensar situaciones y experimentos que plantean conflictos éticos y morales de un modo más distante y menos apasionado que ante los hechos de la realidad. Está comprobado que el consumo de narraciones (literatura, cine, series, etcétera) ayuda a mejorar la teoría de la mente, es decir, la capacidad de comprender y reflexionar acerca del estado mental de otra persona y, en consecuencia, poder prever en cierta medida su comportamiento futuro. La empatía, ese poder ponerse en el lugar del otro, es uno de los rasgos que más se benefician con las historias de ficción.

El médico que afronta una muerte, plantea Tajer, ¿dónde y con quién habla de esto? Contar las historias que uno vive constituye una manera de procesarlas, de hacer catarsis, incluso de librarse de ellas. Aparece entonces, de nuevo, la palabra como una tecnología poderosa. Si bien los médicos desarrollan “mecanismos antiempáticos” para tolerar estas situaciones, hablar sobre ellas los puede ayudar a comprenderlas (y comprenderse a sí mismos) de otra manera. Por eso, diferentes instituciones organizan talleres de narrativa para que los médicos puedan contar sus historias.

Y también los relatos de los pacientes son fundamentales. Tajer cuenta, precisamente, una historia. Un médico recibe a una paciente que reúne las condiciones típicas de quien “se ha buscado” los problemas de salud: mala alimentación, estrés y poca atención a las señales de su cuerpo. Sin embargo, la percepción del profesional cambia cuando conoce los sacrificios de su vida, es decir, cuando conoce su historia: un trabajo duro, un marido y un hijo alcohólicos, de cuyo cuidado se ocupa ella… “Y está claro —afirma Tajer—que no se trata igual a un paciente que se desvaloriza que a uno que se admira”. El auditorio, compuesto casi en su totalidad por médicos y otros profesionales de la salud, asiente con la cabeza.

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Durante su presentación Carlos Tajer cita a Iona Heath, una médica inglesa que, tras una larga trayectoria de atención a enfermos terminales, publicó en 2007 un libro traducido al castellano como Ayudar a morir, poco más de cien extraordinarias páginas en las cuales la autora reflexiona sobre los modos de morir, las visiones de la muerte y el papel de los médicos en las etapas finales de la vida de una persona. Es difícil intentar resumir un libro tan conciso, tan claro, tan exacto. Me contentaré con citar algunas de sus primeras y últimas palabras.

“Escribo para encontrar mi camino. Me guío por palabras; las de mis pacientes y las mis amigos, así como las de escritores cuyo talento extraordinario nos enseña cómo funcionan las palabras y la capacidad que tienen de contener y comunicar significado y de hacernos sentir menos solos”.

En el último capítulo, titulado “Ciencia y poesía”, escribe la autora:

“Morir es difícil, y también lo es ser médico: presenciar cada día el sufrimiento y la finitud, y tomar conciencia una y otra vez de los límites de la ciencia y de la propia habilidad […] Para asumir esa ardua responsabilidad los médicos necesitan ayuda. En mi caso, como espero haber demostrado, la principal ayuda procede de los escritores en general y de los poetas en particular”.

Y luego:

“Los poetas hacen el mismo trabajo de unir lo personal y lo universal […] Aclarar sin simplificar. Es casi exactamente lo opuesto al don de la ciencia, que es buscar comprender mediante la simplificación. La complementariedad de poesía y ciencia es asombrosa: ambas tienen la capacidad de enriquecer a la otra”.

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Todavía en numerosas ocasiones la narrativa y la poesía son criticadas por su supuesto carácter inútil. Alguien que escribe día tras día en la soledad de una habitación páginas cuyo destino desconoce es alguien que, para mucha gente, se dedica a algo improductivo, alguien que pierde el tiempo. Los médicos, sin embargo, que se dedican a la que quizá nos parezca la más productiva de las tareas —salvar vidas—, destacan la importancia de las palabras. Las de las escritores, las de los poetas, y también las de los propios médicos y las de sus pacientes. Somos palabras y somos historias.

En el seminario en Buenos Aires, los especialistas han destacado también un elemento negativo de la influencia de las ficciones sobre la medicina. La más terrible de las preguntas: “¿Cuánto tiempo de vida me queda, doctor?”. La mayoría de las personas que la formulan, aseguran los médicos, lo hace a partir de haberla escuchado en una película o leído en una novela. Se busca una precisión o una certidumbre que, en la vida real, casi nunca existe.

En realidad, como afirma Iona Heath en las consideraciones finales de su libro, para los enfermos terminales “la profundidad del tiempo [es decir, cómo se lo vive] es más importante que su duración”. Lo saben todos los que están o han estado en esas circunstancias; y lo sabemos también los demás, gracias a los relatos de la vida real y los de la ficción.

“La esperanza se relaciona con el futuro —añade Heath—, pero existe en el presente y puede ser dirigida hacia pequeños placeres sensoriales: la música, el contacto físico, la visión de un rostro querido, la luz del sol”. Disfrutar de esas cosas, y no solo, me atrevo a agregar, en esas últimas instancias de la vida: ese debería ser nuestro objetivo mayor.

 

 

 

 

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