La guerra en directo

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Baudrillard se hizo célebre con La guerra del Golfo no ha tenido lugar. Las cámaras de televisión en el año 91 sólo emitieron luces cruzando el cielo. En España estaba recién autorizada la televisión privada. Sólo la CNN emitía globalmente. Vázquez Montalbán, junto a otros intelectuales de izquierda, criticaba la colonización informativa de la CNN. Los cien mil muertos de esa guerra brutal fueron la excusa para plantear un debate sobre los medios de comunicación: manipulación, libertad, monopolio… Quizá por ello, Estados Unidos decidió que esta nueva contienda (agresión unilateral, para no herir a Agustín García Calvo) se hiciera con luz y fotógrafos. Un contingente de periodistas se formó en instalaciones militares para saber qué hacer y cómo comportarse en los lugares de la acción: salvo en el Hotel Palestina.
     Estados Unidos montó su oficina de prensa en Qatar, y allí vimos hablar científicamente y responder las preguntas serias de los periodistas a sus portavoces, vestidos con uniformes verdes de camuflaje, aprovechando el tirón de la moda verde camuflaje, a la que se apunta incluso Madonna. Una guerra preparada para ser rodada por Hollywood.
     La guerra contra Irak ha contado, por primera vez, con las emisiones de una cadena árabe, Al Yazira, que se destapó durante la intervención de Estados Unidos en Afganistán contra el régimen talibán y contra Bin Laden (¿Se acuerda alguien de Bin Laden? No se pierde el tiempo si se le echa un vistazo al ensayo de Norman Mailer “¿Por qué estamos en guerra?”, donde habla sobre el “enemigo” que necesita Bush.) Y con infinidad de cadenas europeas que ofrecían, o trataban de ofrecer, una visión diferente y dura del conflicto: muertos, heridos, bombardeos, incendios, brutalidad, miseria… Y se contaba con Internet, medio emergente: no sólo por la rapidez de la información, sino porque vertebraba la resistencia a la intervención. Por la Red han circulado manifiestos, proclamas, actos, testimonios… Internet ha sido fundamental para coordinar las acciones contra la violencia, y para mostrarla en toda su crudeza. No extraña que gobiernos de medio mundo estén dispuestos a sujetar Internet a leyes abstrusas (también el español, pero de forma más enérgica China, Cuba, Corea del Norte o Irán): es difícil de soportar ese canal de libertad. No hay manera de recordar cómo era el mundo sin Internet, pero es aún más inimaginable pensar que Internet pueda desaparecer.
     En la visita del Papa no hay doble contabilidad de manifestantes: las cifras oficiales son buenas para la organización. Pero en las manifestaciones contra la guerra, no: la policía ofrece datos miserables respecto a los de la organización. Hemos visto cientos de manifestaciones, de concentraciones, de caceroladas… siempre con una duda final: ¿cuántos estábamos? Esa necesidad de cifrar la participación, algo absurda, ya que el número ni da ni quita legitimidad, acaba siendo el único argumento informativo. El marcador simultáneo contabiliza los muertos, tarea nada fácil: todavía se anda rescatando por las cunetas a los muertos de la Guerra Civil española. Y la tensión que debería centrarse en la guerra acaba centrándose en la fuerza de las manifestaciones. Quizá por eso, el rápido control, contra todo pronóstico, de EE.UU. sobre Irak ha pillado a la gente con el spray en la mano, y no se ha sabido salir de los eslóganes: “No a la guerra” y “No en nuestro nombre” (surgidos de una plataforma estadounidense de gente de la cultura).
     Nadie se había preparado realmente para protestar en una posguerra. Quizá todos estábamos pensando (¿o deseando?) otro Vietnam. Y esa incapacidad de pensamiento ha llevado a pensar de la peor manera: Vargas Llosa, en un estupendo artículo en El País, se negaba a creer que Irak no pueda convertirse en una democracia. Parece que sólo estemos preparados para oponernos a algo, y no para construir algo.
     El acto inaugural de negativa a la guerra en España fue la gala de los Goya (TVE): los actores se convirtieron en la vanguardia antimilitar. (Días más tarde, Fernando Savater, en El País, recriminó a los actores que no hubieran utilizado el mismo empeño en enfrentarse a ETA: aunque José Luis Borau lo había hecho mostrando sus manos blancas.) Hemos visto a muchos actores en los informativos, manifestándose contra la invasión de Irak. Hemos visto cómo se demonizaba a los actores; y cómo el gobierno gallego dejaba de participar en la gala de los premios Max de teatro por miedo a que se convirtiera en otra noche negra. Así sucedió: “No a la guerra”, “Nunca Mais”, “No al PHN” (cadenas locales).
     El fantasma del senador McCarthy recorre el mundo. En EE. UU., algunos actores significados en la protesta contra Bush ven segar la hierba bajo sus pies. O con nosotros o con nadie, es el lema de la temporada en la Casa Blanca (no está en los billetes, donde se sigue confiando en el In God We Trust). ¿Dónde guardaron la lata de galletas? Que alguien la vuelva a poner en la sala del televisor del presidente Jr. –

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