La hora feliz

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El arco de poco más de tres décadas que va de Angels (1977), fabuloso debut novelístico recién rescatado por Anagrama con el título de Ángeles derrotados, a Nobody Move (2009), gran homenaje chandleriano publicado originalmente por entregas en Playboy, es en realidad la bóveda que Denis Johnson (1949) se ha dedicado a construir para proteger a los prófugos del american dream de las inclemencias editoriales de nuestro tiempo. Tránsfuga él mismo del establishment cultural, que empieza a otorgarle el reconocimiento que merece –en 2007 obtuvo el National Book Award y fue finalista del Premio Pulitzer gracias a Árbol de humo, alucinante retor-no a la locura de Vietnam–, Johnson vivió una niñez y una juventud signadas por la errancia. Nacido en Múnich, residió en diversas ciudades de Asia –Manila y Tokio entre ellas– merced a la labor diplomática de su padre antes de establecerse en Estados Unidos, donde su mudanza continuó: se educó en Virginia pero se licenció en la Universidad de Iowa; se desempeñó brevemente como profesor en el Lake Forest College de Chicago para luego realizar trabajos esporádicos en el área de Seattle; fue maestro en la Prisión Estatal de Arizona –una experiencia que le proporcionó el background necesario para Angels– y al ganar una beca del Fine Arts Work Center de Provincetown se reubicó en Massachusetts, donde ocurre la trama de bordes filosóficos de Resuscitation of a Hanged Man (2001); posteriormente se trasladó a California, el espacio físico y anímico en que se desarrollan Already Dead: A California Gothic (1997) y Nobody Move, y por fin se avecindó en Idaho, donde a la fecha radica con su tercera esposa. Marcada por una adicción al alcohol y la heroína que fue tratada un año antes de la aparición de Angels, la existencia trashumante de Johnson ha permeado un corpus que abarca ocho novelas, un extraordinario libro de cuentos (Hijo de Jesús, 1992) llevado al cine por Alison Maclean, cuatro volúmenes de poesía reunidos en un tomo de título apocalíptico (The Throne of the Third Heaven of the Nations Millennium General Assembly, 1995), una inquietante compilación de artículos y ensayos (Seek: Reports from the Edges of America & Beyond, 2001) y varias obras de teatro (Shoppers, 2002). Todo este trasiego entre distintos géneros y geografías, sin embargo, no ha podido cambiar la voz de Johnson, que resuena diáfana en el paisaje de la literatura estadounidense actual para edificar una de las filiales más expresionistas del realismo sucio, un albergue donde los desterrados del american way of life encuentran una acústica inmejorable para transmitir sus sueños rotos, sus pesadillas sembradas de epifanías que les permiten alcanzar al menos una redención utópica.

El impulso epifánico, fruto de un lirismo casi religioso que alimenta el flujo narrativo como una luminosa corriente subterránea, es lo que distingue a Johnson de tantos otros autores empeñados en hurgar en el extrarradio de la sociedad para localizar historias. En medio de las tinieblas que rodean al yonqui anónimo que vaga por los once relatos de Hijo de Jesús destella un pueblo conquistado por la blancura al cabo de una granizada feroz, la puerta al fondo de un pasillo de hospital bajo la que se filtra un fulgor que remite a diamantes incinerados, la certidumbre de hallarse en este planeta porque no se puede tolerar ningún otro sitio. En la Florida posterior a la guerra nuclear de Fiskadoro (1985), habitada por seres que cargan con su extraterritorialidad a cuestas, el mar “hacía lo que siempre parecía hacer, que era desplegar sus innumerables dedos sobre la tierra para quitarle un pequeño trozo cada vez. Y los hombres estaban allá, peinando el mar en busca de peces. Y el mar se quedaba con algunos de los hombres”. Carl Van Ness, el psicópata devoto de Nietzsche que en Already Dead es contratado para asesinar a la mujer de un rico cultivador de mariguana, llega al condado de Mendocino –una de las escalas en el periplo vital de Johnson– para toparse con una sábana de nubes que esconde el Pacífico y lo obliga a pensar que California se reduce al cielo. Michael Reed, el profesor que naufraga en un campus del Medio Oeste en El nombre del mundo (2000), descubre a pesar del luto por su esposa y su hija la “capacidad del universo para provocar nuestro deleite mostrándose, como una caracola en una playa larga y vacía”. En el portentoso arranque de Árbol de humo, el aprendiz de marino William Houston Jr. se interna en la jungla filipina y dispara contra un mono que suelta un llanto mudo e insólito antes de morir, desatando en el joven una angustia cósmica: “Sintió que todo era su culpa, y sin nadie alrededor que lo viera, se echó a llorar como un niño. Tenía dieciocho años.”

Ese joven crecerá para convertirse en el drifter alcohólico que en Angels emprende una odisea rumbo al cadalso acompañado por Jamie Mays, una mujer que decide huir de la infidelidad conyugal arrastrando a sus dos hijas. De Oakland a Pittsburgh y de ahí a Chicago, donde Jamie es violada en un pasaje perturbador, estos losers irredentos intentan en vano curarse las heridas que los conducen hasta Phoenix, donde sus caminos se bifurcan: luego de un malogrado asalto bancario en el que participa James, su medio hermano que también protagoniza Árbol de humo, William Houston Jr. acaba en el corredor de la muerte de la Prisión Estatal de Arizona mientras Jamie recala en un psiquiátrico por su adicción a las anfetaminas. Fugitivos de la sociedad y aun de sí mismos son igualmente Jimmy Luntz y Anita Desilvera, la pareja que encabeza el peregrinaje de Nobody Move, que junto con Already Dead integra una suerte de díptico californiano (las novelas transcurren en el sur y en el norte del estado, respectivamente). Acosado por deudas de juego que generarán una escalada de violencia no exenta de un filón irónico, Luntz empata su ruta con la de Anita en el bar de un hotel aeroportuario en el que ella, rendida al devaneo etílico detonado por su divorcio, se pregunta al cabo de enterarse que la hora feliz implica activar el karaoke: “¿Por qué dicen que es feliz y que dura una hora? La hora feliz dura dos desdichadas horas.” Lo que no puede saber, por supuesto, es que la hora infeliz padecida por ella y toda la familia de descastados fundada por Denis Johnson se traduce en una sucesión de momentos de gran literatura para júbilo del lector. ~

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