Nicolás tiene dos papás

La literatura infantil, las parejas homosexuales y los pedos de las princesas

Apuntes acerca de cómo algunos cuentos para niños se proponen contribuir con la aceptación e integración de las parejas homosexuales y las familias no tradicionales, y también combatir el sexismo.
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Cuando se habla de los beneficios de la lectura, uno de los que siempre aparece mencionado es la empatía. Es decir, la capacidad de ponerse en el lugar del otro e identificar las emociones ajenas. Supongo que ese es uno de los rasgos por los cuales los cuentos infantiles, además de entretenidos, son educativos para los niños. La moraleja de un relato que dice: “No te portes como Fulanito, a quien le fue mal, sino como Menganito, que hizo las cosas bien”, lo hace basada en la certidumbre de que el niño ha acompañado a esos personajes en sus decisiones y aventuras, ha podido sentirse en su lugar y puede haberse preguntado qué hubiera hecho él en esa situación.

Existen incontables cuentos infantiles para educar o ayudar a los niños en diversas situaciones: que dejen de usar pañales, que se cepillen los dientes, que pierdan el miedo a la oscuridad… En esta línea, en los últimos lustros se han publicado muchos cuentos cuyo objetivo es hacer visible la existencia de nuevos tipos de familia. Monoparentales (con un solo adulto a cargo de los hijos, casi siempre la madre), homoparentales (con dos adultos del mismo sexo), adoptivas, separadas, ensambladas, etc. El hecho de que los cambios en la sociedad sean retratados en la literatura, incluso en la infantil, parece lo más normal y lo más lógico. No sorprende saber, sin embargo, que estos cuentos han sido motivo de numerosas polémicas y controversias.

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Uno de los primeros cuentos infantiles que plasmó la realidad de una familia no tradicional fue Heather Has Two Mommies, escrito por la estadounidense Lesléa Newman y publicado en 1989. Según Google Books fue “el primer cuento infantil de temática lésbica”, y la American Library Association lo ubicó en el undécimo puesto entre los libros más reprochados y censurados en Estados Unidos en la década de los noventa. Le valió a su autora —según explica ella misma en el epílogo de la obra—“la consideración de escritora más peligrosa” de entre todas las que que viven en ese país en la actualidad.

En ese mismo epílogo, Newman cuenta que la idea del relato se le ocurrió mientras paseaba por Northampton, Massachusets, “una ciudad conocida por su liberalismo, su tolerancia con la diferencia y por poseer una numerosa población lésbica”. La escritora había visitado a una pareja de mujeres que acababa de adoptar a una niña. “No podremos leer a nuestra hija ningún libro que muestre familias como la nuestra —dijo una de las madres—. Alguien debería escribir alguno”. “Yo soy ese alguien”, decidió Newman después.

La edición en español se tituló Paula tiene dos mamás y fue publicada por la editorial barcelonesa Bellaterra, en 2003, con ilustraciones de Mabel Piérola. Puede leerse completa en la web Issuu (una suerte de YouTube de diarios, revistas y otras publicaciones impresas), la cual advierte, antes de permitir el acceso, que el enlace “puede incluir contenido inapropiado para algunos usuarios”.

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Un cuarto de siglo después de la primera edición de Heather Has Two Mommies, y tras el paso de muchísima agua bajo el puente del respeto hacia los derechos de los homosexuales, un libro parecido generó un revuelo similar en Chile. Sobre todo porque la publicación de Nicolás tiene dos papás —escrito por Leslie Nicholls y Ramón Gómez, ilustrado por Roberto Armijo e impulsado por el Movimiento de Integración y Liberación Homosexual—fue apoyada por la Junta Nacional de Jardines de Infantes, organismo que depende del Ministerio de Educación de ese país.

Agrupaciones religiosas locales organizaron acciones contra la difusión del libro (que también está disponible en Issuu, eso sí, sin sobre advertencias de contenido). Admiten que se trata de “un incentivo para que los niños no tengan reparos a las conductas homosexuales”, pero no ven en ello un rasgo positivo por su contribución con el respeto y la tolerancia, sino “una deformación moral de los niños en su más tierna infancia”.

Más allá de la resistencia de estos grupos, que son cada vez más minoritarios (al menos eso quiero creer), la batalla por la aceptación y la integración de todas las orientaciones sexuales parece estar siendo ganada. Poco a poco y con mucho esfuerzo, pero así parece ser. Aunque hay muchos pasos todavía por dar.

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Leyendo cosas sobre Paula tiene dos mamás, llegué a un blog que critica de forma negativa el cuento y, sobre todo, las ilustraciones de la edición en castellano. “Paula tiene dos mamás: Julia y Catalina —explica la bloguera, Carola Martínez Arroyo—. Catalina es médica, Julia es carpintera. Y acá me empieza a caer mal. ¿Carpintera? Y de pelo corto, muy corto ¿No es un poco estereotipado?”. Tiene razón. Yo había leído el cuento, pero no había reparado en absoluto en aquel detalle.

La historia de Lesléa Newman cuenta que Paula, que tiene unos cuatro años de edad, va un día a la ludoteca y allí se entera de que ella, a diferencia de sus compañeritos, no tiene papá. El texto dice que la niña “nunca lo había pensado” y entonces se pone a llorar, y la maestra le explica que “no todos tienen un papá”. Ante lo cual la bloguera se pregunta: “¿Esas mamás nunca pensaron en explicarle? ¿La nena se crió sin tele, ni radio, ni libros infantiles?”. Y esta observación, me parece, también tiene mucho sentido, y tampoco la había advertido yo antes.

Si no darme cuenta de estas cuestiones me pareció malo, hubo algo todavía peor. Mientras buscaba leía cosas sobre literatura infantil, me enteré de la existencia de un libro titulado Las princesas también se tiran pedos, del brasileño Ilan Brenman, ilustrado por Ionit Zilberman. Me pareció una estupenda forma de socavar la imagen de las “princesas”, esas que imponen toda su carga de sexismo entre tantas niñas. Entonces compartí la foto de la portada en mi perfil de Facebook, acompañada de la frase: “Si tengo una hija, sin duda este será uno de los primeros cuentos que le voy a leer”. Hubo unos cuantos me gusta, algunos comentarios de adhesión… y una sugerencia: “Si tenés un hijo, leéselo también”. Quien me lo dijo es una amiga de larga militancia en el feminismo y otros ámbitos, y me hizo advertir (una vez más) lo difícil que es sacarse de encima la mochila de cargas culturales que cargamos con nosotros. Yo, que compartía un mensaje contra el sexismo, al hablar de lo que haría si tuviera una hija y no un hijo, también reproducía, sin darme cuenta, un mensaje sexista.

Al igual que en el caso de la aceptación e integración de las familias no tradicionales, la batalla en contra del machismo y el sexismo es larga y difícil. Y exige estar muy atentos.

 

 

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