La lucha con el Ángel

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"…a veces me veo obligada a recordar la observación de Byron: I awoke one morning and found myself famous. (¡Claro que en mi caso no es para tanto!) Y aunque me hayan declarado la lírica judía más importante desde Else Lasker-Schüler, eso complace más a papá que a mí, que no me impresiona demasiado. Hubo un tiempo en el que la alabanza ajena podía honrarme y estimularme —sólo que entonces rara vez la provocaba y por eso casi nunca la obtenía—. Hoy día sé, incluso sin los críticos, lo que valgo como poeta, de lo que soy capaz y de lo que no…" Estas palabras, extraídas de una carta escrita el 16 de octubre de 1938, definen a la perfección el carácter valiente, orgulloso y a la vez modesto de Gertrud Kolmar, nacida en Berlín el 10 de diciembre de 1894. A los 22 años, al publicarse su primer volumen de poemas, Gertrud Käthe Chodziesner adoptó el seudónimo de Kolmar, nombre alemán de la ciudad polaca de la que procedían los antepasados de su padre, un prestigioso abogado. La madre de Gertrud, Elise Schoenflies, era hermana de la madre de Walter Benjamin, uno de los literatos más penetrantes del siglo xx. Ambos escritores rindieron homenaje a su común abuela Hedwig, una mujer singular que a la edad de sesenta años aún realizaba largos cruceros y expediciones al desierto. Es la abuela a la que Walter Benjamin alude en Infancia en Berlín hacia 1900. A ella estaba dedicado también el poema que Gertrud Kolmar tituló "Abuela". Se conserva una fotografía en la que Hedwig Schoenflies-Hirschfeld, presumiblemente hacia 1900, aparece con sus dos nietos mayores, Walter y Gertrud. Los dos niños, más bien retraídos y reservados, se criaron en un ambiente respetuoso con la tradición cultural —el de la alta burguesía judía asimilada, concentrada en las grandes ciudades alemanas de la época—, recibieron una esmerada educación y sintieron desde muy pronto una fuerte inclinación por la literatura. Gertrud Kolmar se interesó por la filosofía, la historia, en especial la de Francia, las lenguas y los acontecimientos del momento.
     Su creciente identificación con el judaísmo no debe calificarse, como tampoco en el caso de Benjamin, de estrictamente sionista. Se trataría más bien de una reacción, de una defensa de tipo íntimo, de la búsqueda de un refugio frente al aumento del antisemitismo en la sociedad alemana. Ya a finales de los años veinte reconoció que la esperanza de los judíos asimilados de alcanzar la igualdad de derechos y la protección social no había sido más que una ilusión. Y en 1933, año en que los nacionalsocialistas subieron al poder, escribió una declaración de amor a su pueblo, el poema titulado "Nosotros los judíos", incluido en el ciclo La palabra de los mudos. El 13 de mayo de 1934 Goebbels pronunció un discurso en el Palacio de los Deportes que debía ser "el último aviso a los judíos", prometiéndoles no hacerles nada "si se quedan pacíficamente en sus casas" y no pretenden "que se los considere y se los trate como iguales". Un año después, en septiembre de 1935, se dictaron las leyes raciales de Nüremberg para preservar la pureza de la sangre alemana. Como consecuencia, muchos judíos abandonaron Alemania, entre ellos los tres hermanos de la poeta y la mayoría de sus parientes y amigos. Así, tras la muerte de la madre, Gertrud y su padre se quedaron solos en Berlín. En noviembre de 1938, poco después de la Noche de los Cristales Rotos, se vieron obligados a vender la villa con jardín en la que vivían a las afueras de la ciudad y trasladarse al centro, a una casa de alquiler para judíos, lo que suponía vender a toda prisa las pertenencias que poco a poco se van acumulando en una vivienda y que no son tan sólo objetos, sino expresión del amor y los dolores experimentados por sus moradores a lo largo del tiempo. Ese mismo año, su libro La mujer y los animales, recién editado, fue destruido por orden del gobierno. Sería el último que publicara en vida. El 30 de enero de 1939 Hitler anunció en su discurso en el Reichstag la aniquilación de todos los judíos europeos. "No quiero y no puedo dejar a papá solo, a su edad y en su situación", repite Gertrud Kolmar en alguna de las muchas cartas que entre 1938 y 1943 envió a su hermana Hilde, que entretanto se había establecido en Suiza. La recopilación de todas esas cartas no es sólo un documento inestimable para conocer las condiciones en las que vivió la poeta durante sus últimos años, como tantos otros perseguidos por el régimen del nazismo. Proporcionan información sobre sus lecturas, sobre su personal concepción de la poesía y la vida, además de su propia interpretación de algunos de los poemas y obras que escribió. En ellas se expresa su intento por resistir mediante la palabra en una época en la que, conminada al silencio, llegó incluso a escribir versos en hebreo. Las cartas de su hermana, once años más joven, no se han conservado. Pero para ella, que, atrapada en Berlín, las releía una y otra vez, fueron "un tónico espiritual".
     En una de esas cartas, fechada en marzo de 1939, Gertrud, haciéndose eco de unas palabras de Hamlet, escribe: "Todo es estar preparado." Y añade:

Considero el estar preparado para realizar una obra por lo menos tan importante como la obra misma, y la obra a su vez mucho más importante que el éxito que traiga consigo… El hecho de que lo que escribo aporte algo a otros seres humanos, con todo lo halagüeño que es, no me satisface tanto como el crear en sí. Me ocurre con mis pequeñas obras como a una madre con su hijo recién nacido. Claro que se alegra con el entusiasmo del padre, de los abuelos, con las felicitaciones de los parientes, pero lo principal sigue siendo, su mayor alegría consiste en haberlo traído al mundo.
     Así es como Gertrud Kolmar consideraba sus dos últimas obras, para ella las mejores: Mundos, un ciclo de 35 poemas, y el drama titulado Noche, una leyenda dramática sobre el emperador romano Tiberio. Junto con esa carta envió una copia de ambos libros a su hermana: "En cierto modo habrás de tenerlos en 'depósito', bajo custodia, porque no sé lo que me depara el destino, a dónde me llevará." Por entonces Gertrud Kolmar ya estaba prestando el servicio de trabajo obligatorio en una cadena de fabricación de cartonaje para embalar municiones. Las duras condiciones del horario y del ambiente en la fábrica, así como las de la convivencia en la casa de judíos, hicieron que su dedicación a la poesía resultara cada vez más difícil. Apenas disponía de un espacio para estar sola. Compartía habitación con su padre, del que únicamente la separaba una cortina. Por eso se acostaba temprano y se despertaba en mitad de la noche, con el ruido que hacían otros habitantes de la casa cuando se iban a dormir. Entonces se dedicaba a realizar el esfuerzo intelectual de crear una nueva obra, esfuerzo que, como Kafka, comparó con un parto: "¡los dolores a veces son atroces!" Al alba —"cuando ya he empujado al niño unos cuantos centímetros"— podía volver a dormitar un poco. Por la mañana temprano escribía el resto, mientras se vestía para dirigirse a la fábrica, a pesar de sentirse agotada y de que casi siempre le dolía la cabeza. El cansancio tras una de esas sesiones de "resaca" o de parto poético era tal, que impedía que la noche siguiente nada ni nadie la despertaran.
     Todos sus parientes y amigos insistieron para que tanto Gertrud como su padre, Ludwig Chodziesner, abandonaran Alemania cuanto antes. Las propuestas que hicieron y las gestiones que llevaron a cabo fueron muy variadas. Entre otros destinos se barajaron Inglaterra y Chile. Los muchos idiomas que la poeta dominaba le habrían resultado sin duda muy útiles en el exilio. Pensando en la posibilidad de emigrar, escribe a su hermana en diciembre de 1940: "Sólo que, si es posible, no sea a América. Mi rostro mira hacia el este, hacia el sureste…" Uno de sus versos (del poema "La inexplorada") dice: "Yo soy un continente que, mudo, un día se hundirá en el mar." Siempre observó el entorno con unos ojos llenos de visiones que delataban un conocimiento inquietante: "…me gustaría sentarme alguna vez durante horas en algún lugar al sol, en la playa, con la vista sobre el mar bajo las luces de la mañana, o contemplando una llanura amplia, silenciosa, sólo cercada muy a lo lejos por suaves y azuladas colinas. Tal vez sean imágenes de Tierra Santa las que entonces me vienen a la mente…" Pero su padre se negó a salir del país y ella no quiso abandonarle, de modo que aceptó su sino con entereza: "Créeme si te digo que, venga lo que venga, no me sentiré desdichada, no desesperaré, porque sé que sigo el camino que desde dentro me está destinado…" El 23 de octubre de 1941 entró en vigor la prohibición definitiva de emigrar para los judíos. Sin embargo esta mujer introvertida, que apenas hablaba con nadie, a excepción de su padre, su hermana Hilde y su primo Walter Benjamin, uno de los pocos a los que enseñaba sus poemas, siguió esforzándose de una manera titánica por dar sentido a lo que aparentemente no tenía ninguno. En julio de 1942 escribe a su hermana:

Las primeras décadas, en las que nos iba "muy bien", no fueron nada para mí, requerían cualidades, la mayoría de tipo social y mundano, de las que en gran parte carecía; pero lo que el momento actual me exige, eso lo tengo, estoy a la altura del presente. Ya de niña me hubiera gustado ser una espartana. Después quise convertirme a toda costa en una heroína. Instaba a mamá para que preparara la sopa negra espartana y me comía nuestra sopa de lentejas con tanto gusto, porque papá había dicho que se trataba de aquella sopa. Un día en la cocina mantuve la mano en el fogón para imitar a Mucio Escévola. Hoy ya no necesito recurrir a ninguna imitación. Puedo —lo que no estaba bien visto en mi juventud— ser un "auténtico héroe", sin que a nadie le llame la atención.

Y aquí Gertrud Kolmar cita de manera aproximada unas palabras de Poesía y verdad, la particular autobiografía de Goethe: "Lo que uno desea para sí en la juventud, la vejez lo concede con creces." Lo que ella siempre deseó, estar a la altura de las circunstancias, lo consiguió en la madurez, cuando su capacidad para crear, para prestar servicio a los demás, para afrontar un destino que no merecía, creció frente a las dificultades.
     En otra carta de 1942 confiesa que nunca hubiera imaginado que podría soportar el hecho de levantarse tan temprano, como tampoco las fatigas a las que se veía sometida cada día. Sin embargo, las relaciones con su padre, por el que siempre sintió admiración y respeto, se deterioraron. Gertrud observó cómo su padre se iba distanciando a medida que se mezclaba en las charlas, para ella insustanciales, de los demás inquilinos, pero se dijo a sí misma que tenía que verle tal y como había sido en otro tiempo, que lo aceptaría tranquilamente, con un poco más de indiferencia, valorando el consuelo que para él representaban aquellas conversaciones: "tiene ahora más de ochenta años, y entonces se obstruyen muchas cosas, no sólo las arterias…" La poeta no se encontraba a gusto en compañía de aquella gente, como tampoco de las mujeres con las que trabajaba en la fábrica. De ellas afirmó que, aunque simpáticas, se podía decir que eran de esa clase de personas que "no han aprendido ni olvidado nada". Gertrud Kolmar no aspiraba a una comunicación cualquiera, para ella lo esencial era otra cosa, aquello de lo que habla con toda franqueza en las cartas a su hermana: el amor, la poesía, la comprensión de su propio destino y la relación con Dios. Buscaba, como Benjamin, encuentros que no tuvieran lugar simplemente "en la vida", sino más allá, en el terreno de la poesía.
     Pese a esta aparente intransigencia, poco a poco, conforme se acerca a su final, un final que presintió, los encabezamientos de sus cartas se van volviendo más cariñosos: "querida, pequeña hermana", "mi muy querida hermana", en lugar de simplemente "querida Hilde". A su vez, a raíz de la deportación de Ludwig Chodziesner al gueto de Theresienstadt en septiembre de 1942, Gertrud habla cada vez más de sí misma en tercera persona, como si se refiriera a una conocida, y de su padre como si fuera el marido de esa otra: "él no le escribe —probablemente para no hacer que la separación le resulte aún más penosa—". Trataba de crear pistas falsas, para burlar en la medida de lo posible la rigurosa vigilancia a la que los nacionalsocialistas sometieron el correo. Desde 1940 todas y cada una de las cartas que recibió su hermana llevaban el sello de la censura. Sin embargo, Gertrud comunicó siempre los hechos con una reserva que no sólo se explica por la situación política, sino también por su temperamento como persona y como poeta. Ya en diciembre de 1941 escribe a su hermana una carta en la que, refiriéndose a sí misma como Käthe, su segundo nombre, como si se tratara de una amiga a la que ha ido a ver, le advierte que no debería admirar su capacidad para aguantar, ni siquiera atribuirle semejante virtud: "Porque aguantar es algo pasivo —está en la palabra misma—, en ella en cambio hay algo absolutamente activo: la creencia en que el ser humano, aun cuando no siempre y no en todas partes, es capaz de, desde dentro de sí mismo, transformar un destino exterior, adverso; en que puede luchar con él, como Jacob luchó con el ángel: 'No te suelto hasta que no me hayas bendecido'."
     Gertrud Kolmar no sólo no se permitió expresar ninguna queja, sino que incluso procuró dar ánimos a los demás, a los que se habían marchado de Alemania huyendo de las constantes vejaciones, del peligro de una muerte segura. En una carta de noviembre de 1942 se despide de su hermana con estas palabras: "¡Sé feliz, a pesar de todo!" En otra le expone el consejo que hacía tiempo le había dado un hombre y que ella siguió siempre a pies juntillas: que había que ser previsor y acumular experiencias para el futuro, crearse hermosos recuerdos para la vejez, para cuando uno no estuviera ya en condiciones de desarrollar nuevas vivencias: "la mayor parte de las personas no son capaces de almacenar un gran acopio de alegría, de felicidad, del que podrían alimentarse en épocas de escasez, de sequía." Fidelidad a la felicidad que, según Adorno, también era una característica de Walter Benjamin. Y Gertrud Kolmar, en esa misma carta, se pregunta: "¿Es que un tesoro adquirido a los veinte años no puede alcanzar hasta los cuarenta?" Puede, y prueba de ello son su correspondencia, sus poemas, narraciones y ensayos, de los que más de medio siglo después de su muerte los lectores aún podemos extraer tanta riqueza.
     Gracias a una carta escrita por su cuñado, el librero Peter Wenzel, sabemos que, con la ayuda de una pariente "aria" —cuyo marido había sido asesinado pocos días antes en un campo de concentración— y de él mismo, Gertrud preparó el pequeño hatillo que su padre, un anciano de 81 años, se llevó a Theresienstadt, donde murió el 13 de febrero de 1943. En una de las más conmovedoras entre todas las cartas que la poeta envió a su hermana Hilde, tras una enfermedad que la había tenido varios días en cama, reconoce que espera poder acudir a la mañana siguiente al trabajo:

Digo "espero", y no es una frase hecha que se me ha escurrido sin querer de la pluma. Por increíble que parezca, ese camino al amanecer, esa monotonía cotidiana, ese esfuerzo —porque eso es lo que es— por algo que nunca aprendo del todo, ese estar rendida cuando cae la noche, todo eso debería tomarlo como algo impuesto, como una servidumbre, como algo a lo que me resisto, y en mi interior arremeter contra ello como contra un muro, hasta que me brotara la sangre de la frente. En lugar de ello, cada vez que cruzo los dos patios y me cuelo por la estrecha rendija de la puerta de tablones en la sala de la gran máquina, con su escasa luz, envuelta en vapores, los recortes de cartón apilados y un coche que corta el paso, pienso: Otra vez en casa.

El ruido de las máquinas, confiesa, la agotaba menos que la cháchara constante de todas las personas que vivían con ella. Y añade:

Un conocido mío, Herr Dr. H., estudioso de la obra de Spinoza, me habló un día de la doctrina de la libertad de la voluntad humana en medio de su falta de libertad. Pensé que comprendía aquello muy bien por experiencia propia, pues no estaba dentro de mis posibilidades el aceptar o rechazar el trabajo que me habían obligado a prestar en la fábrica; tendría que conformarme y cumplirlo. Claro que interiormente era libre de aceptarlo o de negarlo, de abordarlo de mala gana o con buena voluntad. Desde el momento en que lo acepté en mi corazón, desapareció la presión que pesaba sobre mí. Estaba decidida a considerarlo como una enseñanza y a aprender tanto como fuera posible. De ese modo soy libre en medio de mi falta de libertad. Así quiero presentarme también ante mi destino, aunque sea alto como una torre, aunque sea negro como una nube amenazadora.

Y tal fue la fuerza con la que esta mujer de 47 años asumió su destino —alto, negro y amenazador como el de la gran mayoría de los judíos en la Alemania nazi—, que en la fábrica llegó a entablar amistad con un estudiante de medicina de 21 años y a mantener con él una intensa relación, algo para ella mucho más extraordinario que un primer amor. Ella misma habla en una de sus cartas del otoño tardío de la vida y dice: "El mío ha sido tan rico como lo fue en otro tiempo mi primavera, y me ha dado más felicidad." Gertrud Kolmar pudo quedarse hasta marzo de 1943 en Berlín porque el jefe de la fábrica en la que trabajaba la reclamó como trabajadora cualificada. Esa reclamación para la industria de armamento suponía en aquellos momentos y desde octubre de 1941, fecha en la que comenzaron los gaseamientos masivos, la única garantía frente a la evacuación. La última carta dirigida a su "querida y pequeña hermana" es del 21 de febrero de 1943. El 2 de marzo Gertrud Kolmar fue deportada a Auschwitz, en lo que eufemísticamente se denominaba "transporte al este". No se sabe si murió de frío en el convoy, como tantos judíos a los que se llevaban en camisa a temperaturas de hasta veinte grados bajo cero, o si fue asesinada en el campo de exterminio. Su primo Walter Benjamin se había quitado la vida el 26 de septiembre de 1940 al no poder cruzar la frontera franco-española. Echando un vistazo al árbol genealógico de la familia, se puede comprobar que la mayor parte de los miembros de su generación murieron en campos de concentración o en el exilio.
     En una carta al crítico literario y también poeta Jacob Picard, fechada en noviembre de 1937 y en la que Gertrud Kolmar cuenta que al ver su nombre en una reseña junto al de Mombert y el de Dostoyevski se sintió como el patito feo cuando se convierte en cisne, declara: "no he conocido el combate artístico de otros poetas —lo reconozco abiertamente—, he luchado siempre por ser una mujer fuerte y bondadosa…" Su obra, sus cartas demuestran que venció en la lucha, como lo hizo Jacob con el ángel a su regreso a la tierra de Canaán. –

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