La magia (negra) de la navidad

Un poema para todos los antinavideños. 
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Desde Virgilio —que profetizó el nacimiento de Cristo en la cuarta de sus Bucólicas— hasta Joseph Brodsky —autor de magníficos poemas de ocasión durante décadas—, pasando por Carlos Pellicer y sus Cosillas para el nacimiento, algunos poetas han dejado por escrito sus mejores deseos en una época que, como la navideña, une filantropía y consumismo, fiestas y depresiones, nevadas y recalentados. Se dice que la dicha es muda; buena parte de los poemas con espíritu navideño, feliz y elocuente por definición, así lo demuestra. Donde se ha cantado la presencia humana de Cristo suele, vaya colmo, no haber epifanía. Ni el propio Redentor podría salvar el alma incorregiblemente piadosa de esos poemas.

El estadounidense Charles Harper Webb (1952) quizá sea, junto con el mexicano Gerardo Deniz, el único Grinch o Scrooge de la poesía contemporánea. En “Navidades”, publicado en Grosso modo (1988), Deniz cuenta la divertida historia de un “santiclós” o “papanoel” atorado en la chimenea de su edificio de departamentos. Después de que los vecinos intentan rescatarlo sin éxito, llega el fatal desenlace: “al parecer era imposible extraer el cadáver / y en los pisos inferiores no sabían por dónde comenzar, / pues se les llenaría la casa de humo si encendieran / para amojamarlo / ¾y al mes siguiente hace, aquí en México, gran frío. / Cómo explicarles, además, a los pequeños”. El poema de Deniz, con la mala y deliciosa conciencia que lo caracteriza, nos obliga a pensar si la muerte de Santa Claus es un asunto menos serio que la de Dios o de la Historia.

Hace una docena de años, Webb publicó el poema “La muerte de Santa Claus” en el volumen Leyendo el agua (2001) —y que ahora presento en una versión mía al español. Webb parece partir de la pregunta retórica de Deniz (“Cómo explicarle, además, a los pequeños”) para entonar una canción antinavideña en tercetos dantescos, donde se narra la muerte de Santa Claus y, hacia el final, el momento en que una madre debe comunicar a su hijo de ocho años la penosa noticia.

Queda el consuelo de la poesía, su magia negra rompiendo el hechizo de una Navidad demasiado blanca. No es necesario explicar eso a los pequeños y grandes lectores, ¿o sí?

 

La muerte de santa claus

Charles Webb

 

Ha tenido dolores de pecho por semanas,

pero los médicos no dan consulta

a domicilio allá en el Polo Norte.

 

Dejó que se venciera su seguro

y las pruebas de sangre le provocan desmayos,

su bata de hospital siempre se abre

 

y las salas de espera le revuelven

el estómago, de cualquier manera

piensa que sólo es una indigestión

 

hasta que, dando de comer al reno,

siente como si el puño de un monstruo le agarrara

el corazón y no dejase ya

 

de apretarlo. No puede

respirar, y ese mundo hermoso y blanco

que ama se hace oscuro,

 

y se deja caer con su gelatinosa

panza en la nieve, la Sra. Claus

sale dando alaridos de la fábrica

 

de juguetes, los elfos se frotan sus manitas,

la nariz de Rodolfo parpadea

como la triste luz de una ambulancia,

 

mientras en una casa de interés

social en Houston, Texas, yo, de 8,

le digo a mi mamá que unos tarados

 

en la escuela aseguran que lo de Santa Claus

es mentira, se sienta junto a mí

en el sofá de flores color púrpura

 

me toma de la mano, se le llena

la garganta de lágrimas y en sus ojos asoma

la terrible noticia.

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