Segovia, su Don Juan

Después de una destacadísima trayectoria como poeta y ensayita, Tomás Segovia revitaliza el mito donjuanesco con su primera novela. 
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Es excepcional que un poeta de 83 años publique a esa edad su primera novela. Tampoco es común que ésta sea una novela epistolar, género ya poco frecuentado ni es del todo corriente, además, que esta novela tenga por protagonista a Don Juan, personaje cuya jubilación del teatro del mundo ha sido una y otra vez anunciada, con estrépito y con melancolía, desde hace mucho tiempo. Todas estas condiciones, convirtieron mi lectura de Cartas de un jubilado (Ediciones Sin Nombre, 2010) en una experiencia donde a la curiosidad, se sumó la alegría de reencontrarme con Tomás Segovia, el gran lírico elegíaco de nuestra lengua quien a la vez es un iluminador de la poética  y un poeta que consuela y cura, pues algo tienen sus poderes de taumatúrgicos. No es extraño así, me digo, que Segovia haya escogido a Don Juan como personaje, pues más allá de la atmósfera autobiográfica que se respira en Cartas de un jubilado, la novela tiende a la ejemplaridad moral, a una prédica explícita que no se encuentra fácilmente en sus poemas. A diferencia de otros poetas –menos “escritores” que él– la prosa, de ficción o ensayística, de Segovia no es una continuación, por otros medios, de su poesía.

No sé si a la filosofía del amor de Segovia le hacía falta una demostración didáctica como la que le ofrece esta colección de cartas que un Don Juan, viejo traductor afincado en Sevilla, le dirige a Doña Elvira, de Florencia, su ex amante. Por more geométrico, no aparecen las respuestas de ella y al viejo, renacido, eterno Burlador sevillano, le da Segovia su libertad absoluta como héroe. En esta trasposición contemporánea del mito donjuanesco (a la historia, nos dice la heredera del manojo de cartas, le fueron cercenadas las fechas pero se sobrentiende que todo ocurrió antes del pasado fin de siglo), Segovia se sirve de la tradición entera, de Tirso de Molina, de Molière, de Kierkegaard, de Mozart (se recomienda –es obvio– leer la novela escuchando Don Giovanni). Abundan las disgresiones en que Don Juan comenta la mitología de la cual es protagonista y lo hace con ese rigor profesoral que es una de las virtudes de Segovia, el ensayista. Pero no se crea que ha escrito Cartas de un jubilado con la intención de ofrecer, en forma epistolar, una suerte de ensayo novelado. Ha querido Segovia, en cambio, convertir su novela en una secuela y en un anexo de sus anteriores ejercicios narrativos (reeditados como Otro invierno y Personario), la parte menos conocida y apreciada de su obra, compuesta de cuentos, evocaciones, fragmentos, novelas no escritas o apenas desarrollados.

Un Don Juan jubilado: la idea, pese a no ser original, es encantadora. A uno de los avatares de Don Juan, Casanova (para algunos una culminación del mito, para otros, su negación) esa jubilación le sirvió para escribir La historia de mi vida y narrar una última aventura de Casanova, con Mastroianni y Barrault, es el asunto de La noche de Varennes (1982), la película de Ettore Scola, y de no pocos cuentos y sucedidos. Ésa no fue la intención de Segovia: el suyo es un Don Juan que ha colgado los hábitos e invita a su antigua amante a otra aventura, la de la evocación del amor a través de la escritura. El Don Juan segoviano, además, es un moderno o un posromántico para el cual, como para el de Henry de Montherlant, ya no hay crimen que expiar; es un agradecido que ha gozado del placer sexual y  fundamenta su ética en compartirlo con sus mujeres, de ninguna de las cuales  se ha sentido indigno. Es un Don Juan, el de Cartas de un jubilado, que alcanzó ese final feliz y escasamente dramático que significó la victoria cultural del 68, igualación ecuménica de los placeres. Ni fulminado, ni vigilado ni castigado, a este Don Juan, ni siquiera incómodo para una sociedad que lo ignora, le queda una jubilación sabia, aburguesada, politicamente correcta. Segovia, nuestro gran romántico, detesta el espíritu libertino, nunca lo encandiló Sade y condena, por ignorante de la libertad, su materialismo mecánico (y para ello consulténse, publicada en 2009, El tiempo en los brazos, la magnífica colección de sus cuadernos escritos entre 1950 y 1983). En Segovia y ello se comprueba leyendo los retratos de mujeres que componen las Cartas de un jubilado, el sexo es una ascética (o una anagnórisis, para decirlo con el poeta) al alcance de cualquier mortal. Para el poeta moralista sólo en el amor (y en el amor sexual, en la nunca eterna vida con la mujer) se conoce la libertad.

Junto al asentimiento con el que sigo el arte de amar de Segovia, su manera opaca y a veces vaporosa de narrar, aparecen mis reparos como lector de novelas. Se niega al dramatismo y, nuevo comendador, Segovia condena a su Don Juan sólo al infierno de la memoria. Pero la novela, como género, siempre ha sido abierta y en ella, el lector  pide, impertinente, el concurso de lo novelesco. Asumiendo mi propia servidumbre, me habría encantado que Don Juan interrumpiera su jubilación y emprendiera la conquista de Cecilia, otro nombre emblemático, la joven amiga que Elvira le ha enviado a sus dominios con temeridad pedagógica. Quizá, me digo al censurar la puerilidad de mi deseo, lo que le pido al novelista ocurrió fuera del único escenario para el que los lectores de Cartas de un jubilado tenemos boleto y Don Juan –él, insisto, decide, que leemos Elvira y nosotros– reanudó el cumplimiento de su destino a nuestras espaldas.

Tras la máscara teatral de Don Juan, más que esconderse, Segovia se muestra como el maestro (y también el alcahuete) de sus lectores: un poeta que escucha, traduce e reinventa la confidencia amorosa. Es el expositor de un arte de amar cuya esencia, legible a través de toda su obra poética y de tantos de sus ensayos y narraciones, dimana de dos valores: la identidad primordial del sexo con el amor y el convencimiento de que la condición de amante es una libertad que  se acepta, no se elige.

(Fuente de la imagen.)

 

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