La otra cara de la posguerra

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A finales de noviembre fui invitado a Austria por la excelente revista literaria Lichtunaen (Iluminaciones), que se publica en la ciudad de Graz. Allí conocí a Markus, el editor, y a Adolfo, profesor de literatura española y latinoamericana en la universidad local.
     Markus tiene una fina barba entrecana; Adolfo, el pelo blanco. Ambos poseen una sólida cultura literaria, como corresponde a intelectuales centroeuropeos; tienen, además, una clara actitud antifascista, una extraordinaria energía física y una contagiosa alegría de vivir que, sin embargo, no oculta del todo el tenue velo de tristeza que late en el fondo de sus miradas respectivas.
     Ambos nacieron a principios de la década del cuarenta del siglo XX, en plena Segunda Guerra Mundial, en una Austria anexada voluntariamente a Alemania, cuyo ejército, por tanto, formaba parte del de Hitler. Y en el almuerzo de bienvenida los dos me hablaron, quizá porque vino a cuento, tal vez porque no pudieron evitarlo, de sus infancias respectivas durante la posguerra.
     La familia de Adolfo había emigrado a Australia; eran pobres, y el niño, pese a sus protestas, tenía que ir a la escuela ataviado con los pantaloncitos de cuero típicos del Tirol. "Recuerda que venía de Austria", dijo, "que mi lengua natal es el alemán, que para los niños australianos vestía como un alemán y sobre todo que me llamo Adolfo", suspiró con una triste sonrisa antes de añadir: "lo demás, las patadas y escupitajos que recibí durante años, cualquiera puede imaginarlos".
     El padre de Markus fue llamado a filas por el ejército alemán y murió en combate a los 21 años sin haberse casado con su novia. De modo que Markus nació de madre soltera y sin recursos en una Austria católica y en guerra, dominada por la ideología fascista.
     En los inicios de la posguerra la mujer encontró trabajo como sirvienta en una casa católica que le prohibió tener consigo al niño. Markus fue enviado a Bélgica, a cargo de una familia de mineros que, comprensiblemente, no querían a aquel bastardo austriaco, hijo de un soldado del ejército alemán que los había invadido y de una mujer soltera. Pero un día hubo una fiesta en el pueblo. Para su sorpresa, Markus fue invitado. Iba feliz, me dijo; nunca había estado en una fiesta. Al llegar lo subieron a una mesa situada en el centro de la plaza repleta de gente, pusieron un plato a sus pies, y le ordenaron que gritara obscenidades contra Hitler para que la multitud se riera y echara dinero en el plato.
     El niño se pasó la mañana gritando "¡Hitler hijoeputa!" y cosas así, y peores. Las gentes se rieron muchísimo. El plato se llenó de dinero, pero a Markus no le tocó ni un céntimo. Le dijeron que no lo merecía. –