La pasión turca

50 millones de ciudadanos turcos están llamados a votar este domingo. Desgraciadamente, parece que a Europa ya no le interesa Turquía y parece que a Turquía ya no le interesa Europa.
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Desgraciadamente, parece que a Europa ya no le interesa Turquía y desgraciadamente parece que a Turquía ya no le interesa Europa. El idilio de baja intensidad que llevaban desde hace años, y que coincidió con la llegada al poder de Erdogan, quien aspira a convertirse, tras las elecciones que con casi total seguridad ganará el domingo por mayoría absoluta, en una especie de bondadoso tirano electo, languidece. Europa y Turquía son dos novios que han perdido el fuego de la pasión y están empezando a hartarse de planchar calcetines.

Europa está en medio de una enorme crisis identitaria y Turquía es un país que sigue a la búsqueda de su identidad, incluso rebuscando en la basura del etnicismo más atroz, como explica Antonine Vitkine en Mein Kampf. Historia de un libro (Anagrama). Europa, o al menos una parte importante de Europa, vive una crisis económica de difícil solución y Turquía sigue creciendo, viento en popa a toda vela, ayudada de su geografía intercontinental.

Europa es incapaz de hacerse fuerte en la defensa de los valores democráticos, y más bien desbarra hacia el populismo racista, y Turquía ha descubierto que puede convertirse en líder de los países musulmanes, mientras tiemblan las dictaduras de su entorno, gracias al clamor de una población hastiada. Los méritos que enseña Turquía son: su enfrentamiento a Israel, tras años de buenas relaciones, y su antiamericanismo creciente, el más alto del mundo según las encuestas, pese a su condición de miembro de la OTAN.

Jorge Semprún, firme partidario del ingreso de Turquía en la Unión Europea y vehemente activista frente al rechazo francés (y alemán), decía: “siendo un país europeo de verdad progresará hacia la democracia todavía más y hará más factible la democracia en Próximo Oriente”. La muerte de Jorge Semprún hace que esa relación fracturada entre Europa y Turquía sea más difícil de arreglar: no sobran, precisamente, los interlocutores. Incluso Orhan Pamuk, uno de esos escasos interlocutores, defensor ferviente de una Turquía europea, suele explicar en sus textos cómo los desplantes europeos hieren a una población que tiene tan a flor de piel el orgullo nacional, tan jaleado por los líderes políticos.

Ayaan Hirsi Ali, como cuenta en su entrevista en Letras Libres, es muy pesimista respecto a Erdogan y afirma que su gobierno está llevando a cabo un adoctrinamiento islamista, sin prisa pero sin pausa. Espero que esta vez se equivoque, porque yo también creo, como Jorge Semprún, que Turquía puede ser una verdadera democracia europea.

 

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