La peregrinación

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Los indios clackama, oriundos del estado de Oregon, que es a su vez oriundo de los Estados Unidos, protagonizan periódicamente una peregrinación en fila, desde luego india, con rumbo hacía alguno de los museos de historia natural que tiene su país. Siempre y cuando se conceda que aquel territorio, donde “el mejor indio es el indio muerto”, siga siendo su país. Esta frase horrible del “indio muerto” la dijo el general Custer, o algún otro militar rubio y bocazas de la caballería, que al final terminó perdiendo la cabellera, la bocaza y en general la cabeza, por obra de los filos del tomahawk de, digamos, el jefe sioux Caballo Loco.
     Las peregrinaciones periódicas de los clackama de Oregon avanzan preferentemente por praderas y bosques aunque, llegado el momento, sus integrantes no tengan empacho en interrumpir el tráfico de freeways, carreteras y avenidas si se cruzan en su trayectoria, con el atenuante de que utilizan un solo carril, por ir uno detrás de otro en fila india.
     Para desentrañar el motivo de estas misteriosas peregrinaciones a los museos de historia natural es necesario remontarse diez mil años, hasta el momento en que cayó a la Tierra un meteorito de quince toneladas, forma irregular y materia indiscutiblemente espacial. Por uno de esos caprichos de la naturaleza, la piedra, que había caído en un valle cerca de donde hoy se asienta la ciudad de Portland, capital del mencionado estado de Oregon, fue subida a la cima de una colina por obra y generosidad de un glaciar. La piedra quedó en una posición divina, tanto que los ancestros de estos clackama que hoy peregrinan la bautizaron Tomanowos y la designaron, merced a sus talentos que a continuación revelaremos, enlace entre los dioses y sus hijos. Tomanowos es una piedra oráculo que, según Ryan Heavy Head (Raymundo Cabeza Pesada), jefe actual de la tribu, comunicaba cantando, con una voz ronca y desde luego pedregosa, sus consejos y vaticinios.
     Los clackama decidieron establecer su pueblo alrededor de Tomanowos y, como suele sucederle a todos los pueblos indios del mundo, tuvieron el mal tino de asentar sus tipis sobre un yacimiento de hierro de importancia estratégica, inaplazable y vital para el gobierno. En 1855, con el pretexto de que su asentamiento se interponía entre el país y su hierro, los clackama fueron trasladados lejos de su oráculo y confinados a una reservación india. Fue entonces cuando empezaron a hacer peregrinaciones, cruzando bosques, tundras y carreteras, desde su reservación hasta la colina donde Tomanowos aconsejaba y pronosticaba con sus canciones. Pero la desgracia del pueblo clackama se agudizó cuando un contrabandista de licor que cabalgaba por la colina presenció uno de los vaticinios que la piedra cantaba. Unos días más tarde, ya que los indios habían resuelto sus dudas y regresado a su reservación, el contrabandista, bien provisto de poleas, caballos y media docena de cómplices, se robó la piedra, la encerró en una choza a su medida y fijó una tarifa de entrada para quien quisiera gozar de las canciones. El éxito del contrabandista fue rotundo. La afluencia de curiosos a aquella choza terminó transformándola en un saloon, donde —y aquí es donde la cosa se pone truculenta— se servía bebida y varios grupos de vaqueros, con banjo y pandereta, acompañaban las canciones de la piedra. El gobierno, alertado por las historias que se contaban de aquel saloon, decidió expropiar la piedra, que era una fuente de escándalo y dinero, y la puso a la venta en una subasta pública. Varios empresarios, fascinados por el inexplicable talento de la piedra, pujaron por ella, pero fue el ganadero William Dodge, dueño de la mitad de las reses del mencionado estado, quien se la llevó por 20.600 dólares de la época. Según declaraciones del alcalde de Portland, aquella suma se utilizó en las maniobras de extracción de hierro del yacimiento estratégico, inaplazable y vital: una especie de círculo, tembloroso y algo chueco, que se cerraba: los indios habían sido expulsados a causa de ese hierro que iba a ser extraído con el dinero de la venta de su piedra oracular. Dat venias corvis, vexat censura columbas (“La censura da su venia a los cuervos y atormenta a las palomas”), anotaría aquí algún sabio dado a desmontar en latín las injusticias del mundo.
     Durante varios años Tomanowos desapareció del mapa. Lo último que se había sabido era que en la década de los sesenta la piedra había fungido como doble de Liza Minnelli: cuando la cantante llegaba afónica o indispuesta, o traspuesta y borracha, la piedra era colocada detrás del escenario para que entonara el repertorio de canciones mientras Liza movía la boca y hacía la mímica correspondiente.
     Desde el año 1996, comandados por su líder Ryan Heavy Head, los clackama han vivido entregados a la feroz pesquisa de su piedra oracular, siguiendo un único indicio: un decreto gubernamental expropió en 1995 todos los meteoritos que habían caído en territorio nacional, y los confinó, para su estudio y exhibición, en una veintena de museos de historia natural. Desde entonces los clackama peregrinan, cruzan en fila india bosques y freeways, ciénagas y pantanos, hasta que alcanzan el siguiente museo de historia natural, sea en San francisco, en Tupelo o en Washington dc, y ahí, en la sección de materia espacial, ante el asombro de turistas y estudiosos, ejecutan su ritual con la esperanza de que Tomanowos despierte y cante y les enseñe por fin el camino. –

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