La última canción de Radiohead o el amor verdadero espera

Una historia personal de la última canción del último disco de Radiohead.
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I

"True Love Waits" es una canción vieja. Si fuera una persona, recién podría tomar alcohol en Estados Unidos sin necesidad de una identificación falsa. Radiohead la tocó por primera vez en Bruselas en 1995, después la grabaron para el Ok Computer pero no entró a la edición final; le hicieron arreglos y la volvieron a grabar en las sesiones de lo que más tarde tomaría forma en los álbumes Kid A y Amnesiac, pero no terminaba de gustarles ni a ellos ni a Nigel Godrich, su productor. La segunda vez que la tocaron en vivo fue en un concierto en Tel Aviv en el 2000, y a partir de ahí entró a su setlist: en el 2001 la tocaron 7 veces, una de ellas en Oslo. Luego la siguieron tocando: 6 veces en el 2003 (cerraba el último encore de sus conciertos), en el 2006 desapareció la guitarra acústica y, tras unos arreglos en el teclado y modificaciones en el tempo, la canción empezó a funcionar como una introducción ambient para "Everything in Its Right Place". Esa es la versión que escuché al final del primer encore en su concierto del Foro Sol del 18 de abril de 2012, una semana antes de mi cumpleaños número veintiséis. A partir de 2009 la banda siguió tocándola de manera esporádica alternando versiones.

 

II

El tracklist de A Moon Shaped Pool –el noveno LP de la banda, que salió hace apenas un par de semanas– está organizado por orden alfabético. No se trata de una arbitrariedad, los títulos obedecen a una secuencia deliberada, como es evidente en el modo en que se encabalgan y comunican entre ellos al escucharlos uno tras otro. La pista que cierra el disco es precisamente "True Love Waits", por fin en una versión de estudio.

Thom Yorke le sigue cantando a la misma vacuidad de la existencia: la desilusión total en el porvenir, la disolución de los vínculos y la desolación de siempre, pero ahora lo hace desde un lugar distinto, más sosegado, sin levantar la voz. Un vuelo al ras del suelo que permite ver las cosas en su justa dimensión. Y esto, que en realidad son juicios positivos que hablan de un crecimiento musical —la angustia de otrora tornó en una tristeza resignada, desprovista de distancia irónica, pirotecnia y reacciones químicas histéricas e inútiles—, me hace preguntarme, ahora que ya no soy un adolescente, si no estaba precisamente ahí, en lo que se ha perdido, lo que más disfrutaba de Radiohead en la adolescencia.

No es baladí que la primera y la última pieza del disco, los umbrales que contienen estos sonidos que resultan a un tiempo familiares e inéditos, contengan versiones reelaboradas de temas ya bastante conocidos. (Hay que recordar que siete de las once pistas del disco ya habían sido tocadas previamente en más de una ocasión, con modificaciones en las melodías y en los títulos.) Este aire de familia produce un efecto equivalente al de avanzar por la autopista hacia un paisaje nuevo poniendo de vez en cuando la mirada en el retrovisor. Una sensación de intimidad diferida: los objetos en el espejo pueden estar más cerca de lo que aparentan.

De cualquier modo resulta evidente cierta voluntad de la banda por hacer tabla rasa del pasado con esta nueva entrega. El simbolismo de eliminar el historial de sus cuentas de Facebook y Twitter justo antes del lanzamiento es quizá la prueba más nítida de lo anterior. O acaso este álbum también funcione, de acuerdo a la voz de Yorke en "Present Tense", como un arma de autodefensa contra el presente.

 

III

Si las canciones de Radiohead solían ser invitaciones a la catársis, en este álbum hay apenas una insinuación a eso debido al uso desmedido de secuencias de cuerdas y pianos in crescendo que jamás llegan a su clímax y se pierden en distorsiones y reverberaciones. Donde se percibe esto con mayor claridad es en "Ful Stop", pero aplica para la totalidad del LP. Aunque acaso esto también sea un valor agregado, y es precisamente ahí donde ocurre el hecho estético, en la inminencia de una revelación que no se produce, como escribió Borges.

En ese aspecto llama la atención el protagonismo, y casi dependencia, del oído orquestal y la maestría compositiva de Jonny Greenwood como hilo conductor del disco. Los arreglos de cuerdas suenan inquietantemente parecidos a los usados en sus soundtracksA Moon Shaped Pool retoma los elementos líricos y musicales ya clásicos de la banda, pero en un tono distinto que lo convierte en una colección de temas en voz baja donde el quintento alcanza un registro nuevo en el que la música flota ligera. El resultado: un racimo de canciones de cuna para insomnes, o, con mayor precisión, canciones que te invitan no tanto a dormir, sino a soñar despierto.

 

IV

"Daydreaming" es precisamente el título de la segunda canción del disco, cuya letra dice "esto va más alla de ti y de mí", "los soñadores nunca aprenden", "es demasiado tarde, el daño ya está hecho". La canción termina con la repetición de una voz que, al reproducirla al revés, dice "la mitad de mi vida". El año pasado, cuando la banda estaba en el estudio, Thom Yorke tenía cuarenta y seis años y se separó de Rachel Owen, la madre de sus hijos, con quien compartió veintirés años, exactamente la mitad de su vida. Poco después de conocerla escribió "True Love Waits".

El amor espera tanto que la última vez que Radiohead había compilado esta canción fue en aquella versión acústica, con la voz deliberadamente descompuesta de Thom Yorke en el concierto noruego. Hace quince años; la mitad de mi vida. Estoy hablando de una época en que la gente todavía compraba discos —y los escuchaba de lado a lado— con regularidad, y no por un arranque de nostalgia juvenil. Eran tiempos anteriores a la dictadura del mp3 y el single que se escucha sin parar, borrando el resto del álbum de nuestra memoria auditiva. "True Love Waits" es el tema final de I Might Be Wrong, un disco que compré después de ahorrar dinero que no era mío durante algunas semanas. Esa fue la primera vez que la escuché. Y aún hoy sigo prefiriendo esa versión —austera, medio desnuda y torpe— a todas las otras.

"True love waits; just don't leave", me descubro pensando a veces a propósito de nada. He perdido casi todo lo que alguna vez fue mío en descuidos, préstamos y mudanzas. Pero ese disco que compré a mis quince ha sobrevivido conmigo y está ahora mismo en la guantera de mi coche. Esperando, como el amor verdadero, supongo, a que lo reproduzca. La mitad de la vida de Thom Yorke, veintiún años de una canción y quince años de mi vida. ¿A dónde se fue todo ese tiempo? Si me distraigo un poco del mundo, me da la impresión de que no ha pasado gran cosa en ese lapso. "No vivo, sólo estoy matando el tiempo", canta Yorke otra vez, esperando que el amor espere. Dudo que lo haga, pero lo que definitivamente no nos espera es el tiempo. Sin embargo, algo ocurre cuando escucho esa canción: al ser presente puro, la música funciona como cápsula de tiempo, guarda en ella algo de esa primera vez, algo que reaparece cada vez que se vuelve a tocar. Como un fantasma que vuelve al mismo sitio. La inclusión de este tema en una versión completamente distinta en el nuevo disco deber ser la indicación subliminal de que es hora de generar nuevos recuerdos, de que algo de nosotros puede ser salvado y reaparecer en una versión futura, media vida después.

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