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Corren tiempos dichosos para los hipocondriacos. Mientras calculamos, con el termómetro a la mano —los termómetros, en plural: lo nuestro es la precisión, y por eso nunca hay que subestimar las discrepancias entre el sobaco, la cavidad bucal y la otra cavidad—, para cuánto alcanzarán las provisiones de antivirales que tenemos el buen sentido de incluir en cada lista del súper, vemos con sorna la proliferación de cubrebocas con que la nación entera se ha ataviado dócilmente. ¡Cubrebocas! Aunque hay que celebrarlos: podrán cumplir, para quienes los portan, una función parecida a la de los escapularios —insignias de fe que los hacen creerse a salvo—, pero en realidad el beneficio es para los descreídos que no hemos condescendido a esa medida pueril: no seremos rociados cuando estornuden cerca de nosotros (pero, más bien, porque no llegaremos a ponernos a su alcance). Además, a los cubrebocas hay que agradecerles que, por una vez, estemos liberados de ver en la televisión los rostros completos de los funcionarios y políticos que así cubiertos salen a cuadro —si bien, por otro lado, no haya modo de distinguir a Gamboa Patrón de un asaltabancos.

Lo más feo de la epidemia en curso es el adjetivo que lleva. Que la influenza sea «porcina» conduce a pensar, naturalmente, que en su origen debió haber, entre una persona y un chancho, un comercio más bien íntimo que facilitó el salto del virus impredecible. ¿Llegará a saberse quién besó al puerco? La pregunta parece frívola, pero acaso no lo sea tanto si la enristramos con las incontables que surte la situación: en toda crisis, mientras van sucediéndose las incógnitas más acuciantes (qué hago si sigue cerrada la guardería, ya habrán vacunado a Obama, qué quiere decir la china de la OMS con los niveles de alerta que canta), otras muchas van rezagándose y lo más seguro es que jamás lleguen a ser contestadas: ¿las autoridades mexicanas en materia de salud actuaron a tiempo? ¿Las disposiciones que regulan la vida práctica —cierres, suspensiones, cancelaciones— tienen sentido y surtirán efecto, o son insuficientes o excesivas?

En Guadalajara, donde la epidemia ha tardado en llegar, el parecer del Gobernador de Jalisco es que aún no es tiempo de tomar decisiones drásticas, y por ello alguien más las ha tomado por él: «el Gobierno del Estado no ha ido lento, no había razón para suspender las clases en virtud de que no hay un solo caso positivo o confirmado», dijo cuando ya habían regresado a todos los estudiantes a sus casas y estaba por anunciarse que había 23 pacientes «sospechosos» en los hospitales. Al mediodía de este martes, la ciudad lucía como en Viernes Santo, desierta y como tomando una prolongada siesta, de la que se despereza sólo para rumiar sus suspicacias: firme en su tradición de culpar de todo lo malo a los chilangos, abundan los tapatíos (con cubrebocas) listos para revivir su animadversión más odiosa.

Por cuanto tiene de excepcional, la circunstancia presente es pasto seco para que prendan las llamas de las imaginaciones más tenebrosas. Habrá que abrirles veredas en algún momento, como hacen los bomberos forestales: el dólar está subiendo, se piensa que Osama Bin Laden está muerto, a Carla Bruni le robaron un álbum con fotos atrevidas, el Chapo Guzmán sigue tan campante… ¿No tendrá todo que ver? Lo que sea, mientras todo esto no cese, los hipocondriacos seguimos atentos. Listos para lucirnos en cualquier momento.

José Israel Carranza

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