Pintores sin verde

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Leyendo el ensayo que Juan Villoro dedica a Valle-Inclán en Efectos personales, me encuentro con esta frase memorable: "El espejo de Valle cautiva al destruir, con el virtuosismo de un pintor de jardines que se niega a usar el verde". La revelación de esta negativa me llena de asombro y me invita a urdir desde mi sofá nuevas y previsibles variantes. Advierto, por ejemplo, que el color menos necesario para un pintor de marinas —me refiero tal vez a las atlánticas, las que conozco mejor— es el azul. O que un desierto puede ser ocre o amarillento, pero resulta más convincente si está recorrido por estrías grises y negras, sin las cuales la impresión de aridez es menor y el adjetivo "lunar" se nos antoja exagerado.
     La rapidez con que he convertido la frase de Villoro en fórmula me convence de su poder. La referencia a Valle-Inclán es sólo una excusa para deslizar una descripción fulgurante del talento poético, esa habilidad para decir negando que es un rasgo común de nuestras admiraciones. No hay que confundirla con esa tendencia muy extendida entre el gremio (y que Villoro, creo, también contempla, siquiera al sesgo) que consiste en ponerse trabas a uno mismo. Esta mezcla de afán penitente y deseo de emulación es saludable siempre que no se extreme la dosis: los Ejercicios de estilo de Queneau son divertidos pero resisten mal una relectura, y es difícil ver el atractivo de un público de bocas abiertas. No, me refiero más bien a la costumbre de tirar la flecha mirando hacia otro lado, como una variante domesticada del azar o del gesto inconsciente con que encestamos una bola de papel desde la posición de alero. Es una forma de decir por la tangente, una estrategia de la oblicuidad cuya imagen primera son las sombras alongadas de ciertos óleos tempranos de De Chirico (La torre roja, La angustia de la partida). Sus arcos y torres, sus estatuas truncadas y sus plazas sin nadie son bodegones del vacío, emblemas de la tristeza humana donde el hombre es una ausencia palpable. El futurismo anacrónico de la escena (semejante a ciertas ensoñaciones de la ciencia-ficción) comprende pasado y futuro: el reloj se ha parado, nadie lo mira, la raza que habitó este lugar se fue de un día para otro y queda tan sólo un bosque geométrico, una impresión de penuria existencial que no sería más intensa si la rubricara una cohorte de desahuciados.
     Entre los muchos placeres del libro de Villoro están sus citas. Me alegró hallar, al frente de su ensayo sobre Pedro Páramo, dos versos de Eugenio Montejo, el mismo que para hablar "del sudoroso sol de la canícula" y sus efectos narcóticos prefiere echar por el camino del invierno:
      
     Tal vez sea todo culpa de la nieve
     que prefiere otras tierras más polares…
     Culpa de la nieve, de su falta,
     —la falta que nos hace
     cuando oculta sus copos y no cae,
     cuando pospone, sin abrirlas,
           nuestras cartas…
      
     Este poema es un hermoso ejemplo de la estrategia oblicua, una torre de nieve y negaciones que arde como el sol más exasperante del trópico. Abro Partitura de la cigarra por cualquiera de sus páginas y descubro a un heredero de Phileas Fogg, alguien capaz de recorrer el mundo para levantar la hoja que yace ante sus pies. "Canto sin gallo que no requiere plumas/ ni terrestre alimento para su forma,/ que no necesita estrellas para expandirse", dice el poeta, y uno se olvida pronto del canto y su ingravidez, sólo tiene ojos para el gallo, para sus plumas terrestres y sin vuelo, para el espacio con estrellas que ha surcado antes de posarse sobre la página. Montejo es un maestro del afirmar negando: la belleza de la hoja que recoge del suelo es más bella si antes sabemos del mundo y vislumbramos, tal vez, una relación de necesidad. En la espera la hoja ha sido arrumbada, desdeñada incluso, pero todo conduce a ella. Ya lo explica Pound al anotar su versión de "La queja de los peldaños enjoyados" de Rihaku, cuatro versos de escueto lamento: "El poema es particularmente apreciado porque no se expresa queja alguna". El lamento, lo dice la palabra, es un aire que lame cada elemento, la chispa que se desprende de su contacto. Rihaku retrata el ansia de la espera insatisfecha (el encuentro fallido de los amantes) con sólo dos imágenes: la humedad del rocío en las medias de ella, señal de que ha venido temprano, y la claridad lunar del otoño, imagen de buen tiempo que hace más inexplicable la ausencia de él. El amanecer pintado por Rihaku y Pound está antes y después de la queja: la envuelve sin decirla, es la montura vacía en cuyo centro vemos brillar el diamante de la sugestión.
     El pintor de Villoro se niega a utilizar el verde para su jardín, pero sabe que la conjugación certera de los demás colores despierta la conciencia del verde en el ojo que contempla. Es una forma de dar en la diana que implica al espectador y despierta una sonrisa de reconocimiento, como el niño que descubre en el hueco de la cartulina una silueta conocida. La tijera traza la silueta y el niño pone el resto —el volumen, el color, la ropa y el semblante. Se trata de dar rodeos, de perderse en las esquinas, de suscitar la emergencia de la forma con un par de dentelladas felices. Y, sobre todo, se trata de borrar las propias huellas, de mirar hacia otro lado, para engañar tanto como para engañarse, porque la sorpresa es también —o debiera ser— la de uno.
     Las palabras tienen una desmedida afición a multiplicarse y esconder lo que nombran. Por su bien, conviene refrenarlas. Más de una vez he figurado su combinación ideal como la boca que dibuja una sílaba con los labios y la retiene, invitando a quien escucha a pronunciarla. La imagen no está completa sin un cuerpo que se inclina para oír mejor y se tambalea hacia adelante, como si caer en la cuenta tuviera también una dimensión física. Entre nosotros la sugerencia y la invitación al diálogo se han dado raramente, tal vez porque venimos de una cultura de sermones y gritos marciales. Ceder el paso fue siempre un signo de refinamiento insólito y poco viril, y lo propio es apretar los clavos y remachar lo escrito, en la certeza de que el vecino es sordo. Así las cosas, un consejo como "escriban sin" tiene pocos visos de prosperar. Pero la lectura de Villoro y Montejo, entre un puñado de escritores que nos siguen refundando desde el otro lado del Atlántico, es un motivo sobrado para la esperanza. Cruzando sus páginas, me he sentido tropezar con frecuencia, cayendo en una cuenta que cuenta conmigo y me obliga a afinar mis pasos, mis palabras. Pintores sin verde del jardín de la literatura, otorgan al lector el raro privilegio de la inteligencia, propia y ajena. –