Lo falso

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La asombrosa repercusión alcanzada por el actual desarrollo de nuestros medios técnicos ha tenido multitud de efectos significativos en nuestras vidas cotidianas y en la forma en que nos representamos el mundo. No sólo ha cambiado la manera en que habitamos el medio sino además las relaciones que entablamos con nuestros semejantes. Algunos de estos efectos son definitivos y marcan un punto sin retorno en nuestra autoconciencia. Otros, sin embargo, han dado lugar a una imprevista paradoja. La técnica lleva a niveles inéditos, inimaginables hasta hace pocas décadas, nuestra capacidad de verificar las ideas acerca del mundo y sus procesos, es decir, nuestra capacidad de producir verdad. Nos ha hecho mucho más poderosos, pero también hace proliferar objetos nuevos y copias de objetos que son indistinguibles de sus originales, dobles perfectos, simulacros, cuya presencia habitual en el arte, en la comunicación, en el escenario de nuestras ciudades y en el imaginario social dan a lo falso un inusitado protagonismo, casi tan relevante o sugestivo como el conocimiento cierto y la verdad. Y, como si se tratase de acompañar este proceso, la comunicación social da pábulo a infinidad de teorías y consignas y opiniones rotundamente falsas que se repiten o se difunden con toda normalidad.

 

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    Entre los meses de noviembre de 2007 y enero de 2008 tuvo lugar en el Institut d’Humanitats de Barcelona, bajo mi dirección, un ciclo de conferencias sobre lo falso que recibió una muy generosa acogida por parte del público. Durante siete semanas consecutivas casi doscientas personas asistieron a las conferencias, que trataron acerca de la presencia y la función de lo falso en el pensamiento, la historia, la ciencia, los medios de comunicación, el cine, el arte y la literatura. La buena acogida del ciclo demostró dos cosas: por una parte, que la cuestión acerca de lo falso podía parecer frívola o intrascendente pero interpretaba una inquietud legítima de los ciudadanos, quizá preocupados por el número y la variedad de cosas falsas que nos rodean, de las que no obstante, ninguno de nosotros es capaz de prescindir: son muchas las iniciativas, programas, ideas, creencias, teorías, representaciones, etc. que por una razón u otra no se tienen por verdaderas o auténticas pero que, al mismo tiempo, cumplen una función decisiva en la organización de nuestras vidas.

    Y, por otra parte, que la inquietud por lo falso es un aspecto sugestivo del moderno interés (o del deseo) de la verdad. Es, por decirlo así, testimonio de una mayor y más madura toma de conciencia de la importancia de la verdad que ahora se aborda también desde su versión negativa y, no obstante, con la misma responsabilidad.

    He de añadir que haber promovido la discusión acerca de las muchas dimensiones de lo falso contemporáneo no implica –al menos desde mi perspectiva personal como organizador del ciclo– complicidad alguna con la falsedad en ninguna de sus manifestaciones. Ni yo mismo ni los conferenciantes que participaron del ciclo hemos pretendido hacer apología de la mentira o de la falsificación o del engaño. Se trató de abordar un aspecto fundamental de la existencia moderna, una dimensión de la experiencia que nos asalta a cada momento y que tiene tanta –o quizá más– importancia como la verdad.

    Con esta primera entrega de José Enrique Ruiz-Domènec, pues, iniciamos la serie de textos que, publicados mes a mes, versarán genéricamente sobre la falsedad en el arte (José Luis Brea), la ciencia (Jorge Wagensberg), el cine (Román Gubern) y la filosofía (yo mismo). ~

    – Enrique Lynch

     

     

     

     

     

     

    SOBRE LO FALSO EN LA HISTORIA

    Los historiadores contemporáneos libran una ardua batalla contra un poderoso enemigo: la invención del pasado. José Enrique Ruiz-Domènec reflexiona sobre un problema que ha llegado a ser más moral que técnico.

     

     

    En For Fake, Orson Welles se colocaba delante de la fachada de la catedral de Chartres con capa y sombrero para disertar sobre lo falso. Una atmósfera espectral invitaba al espectador a seguirle. No hay edificio gótico más hermoso y más enigmático que ése que el célebre director de cine había situado a sus espaldas: su significado histórico y su tristeza se consumaron en las bodas de la piedra, las vidrieras y la niebla que a menudo presiden el paisaje durante el invierno. Como el gran estudioso de la naturaleza del siglo XII, Bernardo Silvestre, Chartres se ganó la fama que se merece. Es difícil olvidar Chartres, sobre todo si uno consigue entender el laberinto que está en la entrada de la nave central; es imposible no salir afectado de su impresión. Es cierto lo que decía Welles: en esa catedral está la clave para entender el idilio sobre lo falso en la historia. Lo que me gustaría señalar antes que nada es que para muchos historiadores actuales, cuyos rostros definen con nitidez las formas de abordar el pasado que quiere el siglo XXI, el problema se ha desplazado de la pregunta “¿qué es lo falso?” a la pregunta “¿por qué lo falso es un emisor de significados?” Este desplazamiento obliga, según A. Grafton, a un examen en profundidad de los métodos utilizados en las investigaciones.

    Pues en toda circunstancia, por más certezas que se tengan sobre un acontecimiento del pasado, siempre son mucho más las incertidumbres. Le toca al historiador distinguir lo verdadero de las invenciones realizadas para justificar el presente. Lo falso es el resultado de esas invenciones, a veces hechas con conocimiento de causa. Esto debe inquietarnos a todos y muy particularmente a los que se interesan por las obras de arte de otras épocas. De hecho, el concepto de lo falso procede del mundo del arte, donde resulta fácil encontrar “falsificadores” que tratan de engañar al público haciendo creer que una obra pertenece a una época o a un autor cuando en realidad es un producto espurio, realizado con fines lucrativos o por mero dolo. Los expertos de los museos y de las salas de subasta revisan con minuciosidad las obras que llegan a sus manos para detectar justamente esos procesos de falsificación, vale decir, de convertir un falso en una pieza auténtica por la certificación de un experto o por el precio alcanzado. Por supuesto, los nuevos análisis científicos por medio de la pigmentación o la datación por radio carbono y otros procedimientos evitan que se valoren como auténticas obras de célebres falsificadores, como fue el caso de Louis Marcy, conocido como Luigi Parmiggiani, que inundó Europa de espadas medievales falsas, algunas de las cuales llegaron a los museos.

    La obra de arte falsa añade algo a la realidad que antes no estaba allí, y al hacerlo, la manipula, a veces incluso hasta el extremo de distorsionar un acontecimiento, un personaje, una corriente intelectual. Responde al deseo de mistificar un pasado del que no se está absolutamente convencido, que se pretende cambiar en beneficio de una creencia o una idea política. Otras veces también obedece al deseo de sublimar los restos del pasado que han llegado hasta nosotros, de darle vida a las ruinas conforme a un esquema predeterminado. En este punto se inscribe el debate sobre los límites de la restauración de las obras de arte del pasado. ¿Deben restaurarse los monumentos o deben quedar tal como el paso del tiempo los ha dejado? La respuesta siempre es difícil pues en este plano de la actuación técnica sobre una obra de arte de tiempos pretéritos aparece el difícil equilibrio entre la subjetividad del experto y los valores de su época que él mismo encarna.

    La invención del pasado fascina; es el objetivo de decenas de reputados arquitectos del siglo XIX, E. E. Viollet le Duc o Augusto Reichensperger entre los principales, dedicados a la restauración de las catedrales góticas o de barrios enteros de las viejas ciudades europeas. El visitante actual acude a ellas indefenso creyendo que la muralla de Carcasonne o el barrio gótico de Barcelona son medievales, sin percatarse de que son un falso producto de la imaginación de sus restauradores; esos mismos visitantes quizás no caen en la cuenta de que decenas de iglesias románicas, catedrales, palacios y lonjas góticas responden a un deseo de recuperar el pasado a toda costa, al servicio de los intereses nacionalistas del siglo XX que no encontraron nunca su arte en el presente y lo fueron a buscar en un pasado inventado, vale decir, falso. Entre los espectaculares pináculos de la catedral de Milán y el no menos magnífico de la catedral de Colonia, entre las mansiones de los canales de Brujas y las torres de San Giminiano el idilio por lo falso se apodera de nuestra imaginación, fomentando lo que nos queda de espíritu romántico, como si al mover la esquina nos apareciera Lord Byron para enseñarnos el camino a seguir.

    ¿Y qué decir al respecto de la Gran Muralla de China, cuyos mitos fueron ganando extravagancia a medida que avanzaba el siglo XX? La idea popularizada en 1932 por el millonario Robert Ripley de que era la única edificación humana visible desde la Luna (¿cómo lo podía saber en su época?) provocó la sugestión del astronauta Neil Armstrong, que confirmó tan peregrina tesis cuando en realidad más tarde confesó ante las pruebas que lo que había visto era en realidad una acumulación de nubes. Poco importa la verdad en este caso, pues el idilio con esa falsedad construye el imaginario y facilita el acuerdo entre la China de Mao Zedong y la administración americana de Richard Nixon, hasta el punto de que Joseph Needham afirmó sin ambages que la muralla “esta considerada la única edificación humana que podrían detectar los astrónomos marcianos”. Hablar de 6.000 kilómetros de longitud, de que sus ladrillos darían varias vueltas a la Tierra y algunas hipérboles parecidas sólo muestra la ceguera ante el tremendo equívoco que significa pensar que la Gran Muralla siempre fue grande, desde los primeros momentos de su construcción, atribuyendo a la fábrica actual, obra de los manchués y de la restauración maoísta, una edad milenaria. Ante estos monumentales iconos de la memoria social, exaltados por las agencias de turismo masivo y las guías azules, la historia muestra su debilidad. No puede hacer nada ante el poder de lo falso. A veces se resigna; en otras, combate con una clamorosa desigualdad de medios. Mirar el pasado a través de lo falso es aceptar la imposible recuperación de aquello que el viento se llevó.

    Lo falso es el centro de la actual mirada sobre el pasado en más de un sentido: restauraciones imaginativas contra el poder seductor de las ruinas, selección de materiales que permiten cualquier ejercicio manipulador sobre un hecho concreto, predominio de la memoria social sobre el método histórico, debates apresurados sin rigor en los detalles ni conocimiento preciso de las fuentes de la época, brillantes juegos dialécticos que a menudo esconden un parsimonioso deseo de limitar el uso de la historia en la educación de los ciudadanos. En el caso europeo todos estos elementos se concretan en las tres grandes falsificaciones que configuran nuestra modernidad: la donación de Constantino, los plomos del Sacromonte y los Protocolos de los Sabios de Sión.

    Estos tres falsos han otorgado un contenido al estudio de la historia: al desvelar su significado se muestra madura para pasar del reino del à peu-pres al universo de la precisión, por utilizar la expresión de Alexandre Koyré. Muchos burócratas de la historia, con su inmenso poder apoyado en millonarios proyectos de investigación costeados por las administraciones públicas, no se dieron cuenta de que el verdadero tono del saber histórico residía en fijar las líneas que permitieran entender los caminos de la creación de un falso y su sostenimiento durante siglos. Por ignorarlo, por servilismo ante la dificultad de detectar lo falso, la investigación histórica se ha visto atada a menudo a mantener viva la ilusión romántica de que el pasado es tal como se nos presenta a nuestros ojos por los restauradores que confundieron su voluntad artística con el arte del pasado.

    Si la historia tiene un sentido, el desvelar lo falso en los territorios antes señalados no hará más que otorgárselo. Empezaré por la Donación de Constantino, un decreto imperial atribuido a Constantino el Grande, donde se reconocía al Papa Silvestre i soberano de Roma; a partir de las observaciones sobre la lengua del documento realizadas por Lorenzo Valla con el método del saber humanístico, este hombre dio el paso de más que, irónicamente, pondría fin a una época de gran credulidad sobre las manipulaciones documentales. Si era cierto (y lo era, y lo es) que la Donación de Constantino fue un falso creado por la Curia romana entre los siglos vii al ix para legitimar una propiedad que incluso hoy da sentido a un Estado soberano de Europa (el Estado Vaticano), entonces también era cierto (y lo es, y probablemente lo será) que el siguiente paso es admitir lo falso como elemento constitutivo de la memoria social, pese al interés de la historia por descifrarlo. En ese núcleo de problemas tuvieron que vérselas primero los españoles y más tarde los europeos cuando se encontraron en la montaña de Valparaíso en Granada (hoy Sacromonte) veinte planchas de plomo grabadas en árabe antiguo conteniendo el Evangelio de Bernabé, un apócrifo donde se certificaba la presencia de la comunidad árabe en España antes del 711, fecha de la famosa invasión. Se hicieron con la intención de mostrar la legitimidad de los moriscos de permanecer en sus tierras, en los años que se discutía la posibilidad de expulsión, que al final se produjo. Al mezclarse en el debate político e intelectual, ese falso obligó a tomar una medida que sin embargo tardaría siglos en resolverse, y quizás no está del todo resuelta, cuando el efecto que buscaba, que el rey Felipe II y el duque de Lerma reconsideraran la expulsión, ya no tiene ningún sentido. La planificación de un falso tiene en ocasiones unos intentos agresivos, no defensivos, como en el anterior caso.

    Esto último es lo que ocurrió cuando la policía secreta zarista informó sobre la existencia de unos documentos de la comunidad judía donde se hablaba del dominio del mundo, Los Protocolos de Sión. El argumento exacto de ese falso nos descubre los avatares de una conjura dentro de la conjura, un sistema de espionaje doblado en manipulación de los documentos. Un texto dentro de la novela Biarritz de Herman Goedsche, donde se narra la reunión de trece personajes en el cementerio judío de Praga durante la fiesta del Tabernáculo; texto que unos años más tarde, en 1872, se publicó de forma separada, insinuándose que se trata de un documento filtrado de aquella reunión; luego en 1876 apareció en forma de folleto hasta que en 1881 el diario parisino Le Contemporain lo publicó concediéndole los honores de ser un documento verdadero. Aún habría que esperar unos años para la confirmación definitiva. Entre el 26 de agosto y el 7 de septiembre de 1903 el periódico Znamya (La Bandera) de San Petersburgo, publicó el texto con el título de “Programa para la conquista del mundo para los judíos”; luego en forma de apéndice en el folleto La razón de nuestros problemas hasta que, convencidos de la autenticidad del falso, se editó por fin en 1906 con el título Protocolos extrañados de los archivos secretos de la chancillería central de Sión (donde se halla la raíz del actual desorden de la sociedad en Europa en general y en Rusia en particular). Ese texto se inserta más tarde en una obra de gran éxito de Serguei Nilos, Lo grande en lo pequeño. El Anticristo considerado como una posibilidad política inminente. A través de este laberíntico proceso textual, que responde sin duda a la situación política internacional, un falso se ofrece como un documento auténtico, como la filtración de una reunión secreta de los líderes de la comunidad judía: el falso, creador de realidad.

    Seguramente esta dimensión de lo falso es lo que más irrita a muchos historiadores, preocupados por el aspecto moral de la falsificación más que por los aspectos de orden técnico. Nada fue reclamado con mayor acrimonia al Zar que su apoyo a este miserable intento de manipular la historia fomentando el antisemitismo, pues de algún modo colaboró en la solución final que el nazismo creyó encontrar para evitar ese tipo de conjuras. Así una invención se convierte en la coartada de un genocidio sistemático e intencionado, en uno de los fundamentos ideológicos del Holocausto. Presa de las mentiras, a veces un falso se convierte por tanto en objeto de delito, y de ese modo enseña el peligro de no tener un método adecuado para precisar lo verdadero de lo falso. Un método que permita, en analogía de quienes primero se interesaron por el asunto –los anticuarios que buscan determinar la veracidad de las piezas que compraban–, fijar la naturaleza de un texto, una situación, una ambiente o incluso una época. Aquí lo falso trasciende lo meramente objetual, se convierte en un discurso sobre la historia misma. El anacronismo y el presentismo son dos armas que introducen lo falso en la historia. Cuántas veces pensamos que los ejércitos romanos del emperador Adriano son los que conquistaron la Galia en nombre de Julio César, casi doscientos años antes, como si la cronología y el tiempo histórico carecieran de importancia; por lo mismo vestimos a los guerreros del siglo XIII que llevaron a cabo las grandes conquistas en Valencia o el valle del Guadalquivir con las armas de los caballeros del siglo XV, sin atender que en esos documentos los arneses cambian con la misma intensidad como si quisiéramos convertir a los soldados de Napoleón en marines americanos de la guerra del Golfo. El anacronismo aplicado al pasado remoto fomenta el idilio por lo falso, presente sobre todo en las novelas históricas, las series de televisión, las películas que no sólo se refieren a aspectos materiales, fácilmente detectables por la arqueología, sino a actitudes mentales, sentimientos o emociones, imposibles de existir en la época en que se sitúan. Se habla de la sensibilidad de Cleopatra usando un sistema de valores y de conducta elaborado en el siglo XVIII europeo, y por lo tanto difícilmente ostentable por una mujer de formación helenística del siglo i a. C. Los ejemplos se podrían multiplicar, pero lo importante es que el idilio de lo falso muestra sus poderes y sus placeres dentro de la cultura de masas, y sin igualdad de medios los historiadores profesionales están condenados a no ser escuchados. Y esto es lo que los años venideros no deben estar dispuestos a aceptar. No habrá futuro verdadero si descansa sobre un pasado falso. ~

     

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