Mariella Köhn, cantante

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(Foto: Milagros Checarelli)

“Soy carne de escenario”

Mariella Köhn lleva más de la mitad de su vida en Europa. Lejos de haber olvidado sus raíces, hizo de las mismas su forma de vida y su modo de expresión. Nació en Perú, donde vivió su infancia y adolescencia. Es afroperuana y se considera medio boliviana, también. Canta repertorios folclóricos de Argentina como si se hubiera criado allí. Pero Alemania también se ha colado en su árbol genealógico, estudió educación en Lovaina, Bélgica, y filología inglesa en Cambridge, hasta que en España, donde vive hace casi dos décadas, comprendió que el mundo académico, las traducciones y las oficinas no eran lo suyo: ella es “carne de escenario”.

¿Por qué te fuiste de Perú?

Mi mamá no quería que estuviéramos metidos en esto. Somos dos hermanos, yo soy la única mujer, y ella se preocupaba por la droga, la prostitución, el ambiente, la nocturnidad y no sé qué… Todo eso la llenaba de miedos. Ella quería que estudiara y fuera una niña estupenda metida en una oficina, pero la hija no fue cómoda. En cuanto pude, salí de Perú, me gané una beca, estuve estudiando en Bélgica, me fui a Cambridge, después me vine a España… y ya hice mi vida afuera.

¿Cómo han sido tus comienzos?

No empecé haciendo música criolla peruana ni nada por el estilo, yo empecé desde el folklore, haciendo Horacio Guaraní, Facundo Cabral, Los Chalchaleros… música que me es muy cercana.

¿Qué hacías antes de dedicarte a la música?

Hice traducciones, trabajé con productoras de televisión, como redactora y documentalista. Hasta que en el año 92, mientras trabajaba en la Exposición Universal de Sevilla, dije: “¡Hasta aquí nomás!”. Ya no quería traducir, quería cantar, e intenté vincularlo con la enseñanza, que también me gusta. Ese año falleció uno de los grandes musicólogos peruanos, Nicomedes Santa Cruz, que fue quien me formó en la raíz negra de América Latina. Son etapas, ¿no? Cuando yo salí de Perú fue porque no quería que mi mamá me estuviera persiguiendo para ver dónde me metía a cantar. Me salió la beca y dije: “¡Esta es la mía!”. Agarré la mochila y me largué. Y llegué a un sitio que no es el mío, a países en los que lo único que tienes es frío, donde la gente te pregunta en qué casa trabajas porque piensan que lo único que puede hacer una negra en Europa es trabajar en una casa y creen que no tienes formación… La época de no tener dinero para un café y dar clases de inglés a niños aunque lo que yo quería era cantar… Ya esa fase pasó. También pasó el cantar en las orquestas (conocí España cantando por los pueblos), y la fase del “Mariella cuenta y canta” que es el espectáculo que yo llevo. Estoy en otra fase. Es más sencillo ser profesora en un instituto y saber que te levantas a las siete, que llegas a las ocho, que comes a las doce, que tienes tiempo para tomarte cuatro cafés, evaluar a los muchachos y luego que tienes vacaciones tres meses. De músico nunca sabes cuándo tienes vacaciones, ni si tienes, pero no me quejo.

Siendo peruana y con raíces negras, ¿tuviste algún problema de discriminación?

En 1998 se me había acabado el visado de estudiante y quedé ilegal, y una persona que no me quería, una música canaria, me puso una denuncia para expulsarme del país, en Las Palmas de Gran Canaria, donde vivía entonces. Un día me dijo la vecina que había ido la policía preguntando por mí, y al poco tiempo me llegó una carta de expulsión, que todavía guardo. Pero luego aparecen los angelitos que te resuelven las cosas. Conocí a un empresario de Marruecos con una cara de mafioso que te mueres… ¡pero fue la persona que me hizo el contrato de trabajo y fue correctísimo! También me acuerdo que cuando empecé a buscar trabajo para conseguir un contrato, encontré en el Segundamano [diario de avisos clasificados] que buscaban bailarinas y cantantes, y yo fui. Al final me escapé de una historia que era un negocio de trata de blancas, que hasta salió en los noticieros, que se llevaban a las muchachas.

¿En tu época de enseñanza qué hacías?

Decidí hacer las conferencias, que siempre son aburridas, divertidas. Llevamos una guitarra y un cajón y cantamos la conferencia. Voy pasando a través de la historia, desde la época de la conquista hasta la actualidad, buscando todos los paralelismos existentes con España y con las culturas negras en América Latina. Aquí me tocó muy de cerca el tema del cajón afroperuano, que se toca en el flamenco. A partir de ahí meto la historia, hablo de la comida, muy cercana a la española, llevada por las cocineras moriscas que tenían los españoles, que a su vez ellas habían aprendido de la gente negra que vivía en Andalucía por el siglo XVII, pero que también aprendieron con la gente negra que había en Perú en esas épocas. La gente no sale con una clase magistral, sino con una pincelada histórica. A partir de ahí, quien tenga curiosidad que se meta y busque.

¿Vas a dejar la enseñanza definitivamente y dedicarte a sólo a cantar?

Yo soy carne de escenario, y creo que la fase pedagógica ha pasado. Me gustan las luces, los ensayos, y vamos por el Grammy [risas]. Estamos preparando material para poder trabajar y lanzarnos porque creo que tenemos las cualidades y las capacidades para poder conseguirlo, se están dando una serie de posibilidades para poder llegar a determinada gente y vamos por ello.

¿Cómo compones?

No soy de sentarme a hacer una partitura completa, yo hago una cifra con el piano, se la paso al músico y le digo: “¡Lánzala para ahí!”. Y cuando estoy en un estudio, me gusta decir lo que quiero según cómo lo siento. En general, la letra y la música me vienen juntas. En cambio, me cuesta cuando escribo poesía y a eso le quiero poner música.

¿Cómo crees que estarías si hubieras desarrollado tu carrera en tu país?

Si hubiera hecho vida musical en Perú, posiblemente no estaría aquí. Es más, ni siquiera estaría si mi padre hubiese estado vivo. Mi padre falleció y la vida cambió por completo para mi familia. Mi hermano vive en Curaçao, sus dos hijos están en Venezuela, mi madre ahora esta aquí… Cuando voy a Perú, llego a Lima y no reconozco muchas calles, yo salí de allí con diecinueve años, y quieras o no, te desarraigas, pierdes cosas. Cuando me dicen “¿Cómo no hiciste carrera en Perú?”, digo que es porque mi madre no me dejaba.

¿Vuelves a menudo a Perú?

He ido muy poco, si sumo los tiempos que he estado en Perú desde que salí, puede ser un mes y medio. Quiero ir a Perú para conocerlo, porque no lo conozco. Cuando iba de visita me daba cosa cuando me decían: “Váyase por la calle no sé qué… y yo decía ¿dónde está la calle no sé qué?”. Y me quedaba callada porque dirían: “Esta idiota se ha ido y ahora está de fina y no se acuerda ni dónde vive”. ¡Y yo te juro que no me acordaba dónde vivía!

– Feliciano Tisera

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