Medio mensaje de Monsiváis

El rescate del fragmento de una carta de Carlos Monsiváis a Rafael Giménez Siles.
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Para JEP en sus 74 años

Encuentro gran deleite en las correspondencias literarias, esos escritos ancilares, crónicas íntimas de obras y gustos, ideas y creencias, furias y fervores. Tal afición me ha llevado a editar epistolarios importantes (como los de Ramón López Velarde y José Gorostiza); a publicar en la revista Vuelta una pequeña sección mensual que se llamaba “Buzón de fantasmas”, dedicada a reenviar cartas vivas; a promover –me temo que en vano– la conveniencia de un instituto que resguarde archivos literarios en México.

Me encontré en mi archivo con un viejo paquete lleno de cartas de escritores y, entre ellas, con una de Carlos Monsiváis a Rafael Giménez Siles, lamentablemente incompleta.  

Está fechada en agosto de 1965. Monsiváis pasó unos meses de ese año en el Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Harvard, con una beca. Linda Egan dice en Carlos Monsiváis: Culture and Chronicle in Contemporary Mexico (en línea) que fueron meses cruciales, que aprendió “nuevo periodismo” leyendo a Norman Mailer y a Tom Wolfe y que se acercó a organizaciones estudiantiles defensoras de derechos humanos y opuestas a la guerra (como Students for a Democratic Society, SDS, que más tarde se radicalizaría hasta la clandestinidad).

El madrileño Giménez Siles (1900-1991) llegó con el exilio en 1939 y se nacionalizó un año después. Dirigía sus Librerías de Cristal (incluyendo “La Pérgola” en la Alameda) y EDIAPSA que, entre otras cosas, manejaba las malogradas Empresas Editoriales. Monsiváis se cartea con el editor y librero porque le ha pedido que se sume al grupo de jóvenes que traman su Autobiografía precoz y le ha encargado la Antología de la poesía mexicana del siglo XX (José Emilio Pacheco hizo la del XIX que sigue siendo la mejor).

Cuando escribe la carta, Monsiváis tiene veintisiete años. Dice así:

…en el contacto con los jóvenes radicales, con lo que vienen haciendo y con lo que significan, descubrí mi necesidad implacable de militancia. Lo que estos muchachos vienen haciendo es prácticamente milagroso (término que censurarían). No se detienen en los mítines, ni en las firmas, ni en las discusiones de café. Tienen comunidades donde trabajan con los pobres y organizan artesanías, van al sur a enseñar y a leer a los negros pobres, queman sus boletas de conscripción y prefieren ir a la cárcel que pelear en Viet-Nam, analizan, se niegan a servir a los dogmas, rechazan al Sistema.

Los burócratas son los mismos que en cualquier lugar del mundo (tómese al señor [Agustín] Yáñez, oblíguesele a aprender un idioma, cualquier idioma, vístasele con propiedad, organícensele fines de semana y se tendrá un burócrata internacional), pero estos jóvenes son, por fin, los radicales de Norteamérica. Quizá me precipito, pero el trato con ellos desmiente mis inquietudes. Esto me obliga a la muy inevitable pregunta: ¿a qué regreso a México? ¿A continuar entreteniendo y entreteniéndome? ¿O a iniciar mi carrerita burocrática, cívica y responsable? Para eso prefiero dedicarme a la zapatería y o a la publicidad. Si he de ser franco, ignoro lo que voy a hacer, pero pienso que será trabajo, y un trabajo enfocado desde el punto de vista radical (paréntesis: el vano tono autobiográfico debe permitírseme porque responde a una necesidad de explicación).

Los pleitos provincianos que vive nuestra cultura me parecen más necios que nunca. Carlos Fuentes debía mandarse hacer una estatua y vivir en sus entrañas, ya sin problemas. Pero en fin, no quiero caer en el tono de indignación profética a que por herencia y educación me veo destinado. Pienso en Henrique [González Casanova] y Gastón [García Cantú] que me piden que no juzgue la política desde el punto de vista moral, pero veo que ya es tiempo que en México se deje de juzgar la moral desde el punto de vista político…”

Hasta ahí el medio mensaje de Monsiváis. ¿Dónde estará lo demás?  

 

(Publicado previamente en el periódico El Universal)